Algunos hombres huecos

Alfons Salmerón

Soy de combustión y procesamiento lentos. Empecé a pensar en este artículo justo cuando estallaba el caso Errejón, y cuando ya casi todo estaba dicho y me había podido crear una opinión propia al respecto, ocurrió la tragedia de la DANA en la Comunidad Valenciana. Sigo en estado de shock con todo lo que ha ocurrido, veo las imágenes y no me lo acabo de creer, siento tristeza, rabia e impotencia y no puedo dejar de pensar en el dolor de todas esas personas que han perdido a sus seres queridos, su casa o su negocio y pienso en el sentimiento de abandono que deben experimentar en mitad de todo ese terrible caos. Mientras tanto, siguen vertiendo opiniones perfectamente claras al respecto, opinadores por doquier que tienen perfectamente claro lo que ha ocurrido y señalan sin ambages a los culpables. Yo sigo estupefacto, incapaz apenas de reaccionar cuando se cierra el escrutinio en Estados Unidos con la contundente victoria de Donald Trump y el mayor fracaso demócrata en 35 años con Michael Dukakis. Pienso, medio aturdido, que mi mundo se derrumba y no consigo salir de mi estupor.

No, éste no va a ser un artículo con demasiadas respuestas. Ocurre que mi andamiaje ético y moral, se resiente ante demasiadas situaciones que lo violentan. Mi gestión de las expectativas es nefasta porque he sido programado para esperar una respuesta determinada y lo que sucede es justamente lo contrario.

Mentiría si dijera que no me extrañaron para nada las denuncias contra Errejón. Los testimonios de las mujeres que han denunciado en redes o ante un juzgado no pueden dejarnos indiferentes. Se trata de violencia, sin eufemismos. Sus consecuencias penales las determinará un juez pero desde el punto de vista de la razón ética, como sujeto humano, y moral, al tratarse de un responsable político, su comportamiento es completamente inaceptable. Celebro su dimisión pero no es suficiente. Su carta me repugna. Es la justificación de un perverso. Detesto a su vez la cultura de la cancelación porque en mi imaginario de lo que deben ser una comunidad humana y la justicia bien administrada todo el mundo ha de tener derecho al perdón, a una segunda oportunidad. Lo que ocurre es que no puede haber perdón sin reparación. Y su carta lejos de reparar nada, y asumir como un adulto las consecuencias de sus actos, se escuda de manera torticera en una construcción intelectual. Primera decepción respecto a mis expectativas.

Quienes nos dedicamos a esta profesión de intentar comprender el alma humana que es la psicoterapia, no podemos sorprendernos de estos hechos. Los escuchamos a diario de nuestras pacientes. Detrás de la inmensa mayoría de sus síntomas hay una historia de violencia ejercida sobre ellas por los hombres. En realidad, no hemos cambiado tanto desde que Freud comenzara a escribir la historia del psicoanálisis a partir del relato de sus pacientes, quienes habían sufrido abusos durante la infancia a manos de señores totalmente respetables. Él le llamó histeria a ese trastorno hace más de un siglo. El machismo llama así a las feministas. Los hombres seguimos teniendo un problema con la sexualidad desde los orígenes de nuestra cultura. Podemos repasar todas y cada una de las grandes tragedias clásicas o la historia universal de nuestra literatura para comprobarlo. Lo que sí ha cambiado afortunadamente es el marco moral y cultural que reprueba esas conductas y la consiguiente jurisdicción que de él emana y eso se lo debemos a la lucha de las feministas a lo largo de los años. Errejón hablaba de la insostenible contradicción entre la persona y el personaje y esa es la clave para entender lo ocurrido, la naturaleza psicopatológica de una personalidad que es capaz de disociarse para aparentar lo que no se es con el fin de seducirnos hasta que un día se le cae la máscara.

A mediados del siglo pasado, otro psicoanalista y pediatra de la escuela de Londres, Donald Winnicott, desarrolló un concepto muy interesante para comprender las estructuras narcisistas de la personalidad. Lo llamó el falso self. Con él intentaba describir que el narcisista trata de llenar la ansiedad que le produce el sentimiento de vacío de su self verdadero recubriéndolo de una artificiosa personalidad diseñada para agradar, seducir y conquistar al otro con el objetivo de adueñarse de él, de la substancia que él carece. Creo que ese concepto nos sirve para comprender la naturaleza de buena parte la clase dirigente que nos ha gobernado siempre y además, una de las principales características de nuestra sociedad. Y no me refiero solo a nuestros políticos o empresarios de éxito, porque también lo podemos comprobar en otras celebridades del mundo de la cultura, directores de cine o de teatro, estrellas del rock, instagrammers, influencers o periodistas. El narcisismo es la otra pandemia de nuestra época.

A propósito de ello, la escritora y psicoanalista, Lola López Mondéjar ha ganado el último premio anagrama de ensayo con el libro Sin relato, una obra que aborda precisamente la creciente dificultad que observa en sus pacientes para elaborar un relato sobre sí mismos. En la era digital y de la imagen, la apariencia ha sustituido por completo el contenido. Aparentar lo que no somos cuando no se sabe quién se es. Personas huecas tras la máscara a merced del algoritmo (mercado).

Vamos a Valencia. Tengo la sensación de que todavía no somos del todo conscientes de la dimensión de lo que ha ocurrido. A mí, al menos, me ocurre, por más que siga con atención las noticias. Llevamos demasiado tiempo asistiendo al horror como espectadores, con esa mezcla de incredulidad e impotencia. En Palestina sigue muriendo gente inocente aunque que haya desaparecido de la actualidad, por cierto. No nos hemos convertido en insensibles, es que no podemos soportar tanto dolor. El Estado ha fallado, sin duda. El Estado entendido como el conjunto de administraciones que lo vertebran y a medida que pasan los días parece asomar una verdad muy dolorosa e inaceptable: ha habido centenares de muertes que pudieron haberse evitado. ¿Cuántas? No se sabe, y probablemente nunca lo sabremos, pero parece meridianamente claro que se falló en la prevención, en la gestión de las alertas y que una vez constatadas las peores consecuencias, se llegó tarde. ¿Por qué se niega esa realidad prácticamente irrefutable?

Para hallar una respuesta a eso hemos de remitirnos de nuevo a la psicopatología de sus protagonistas. De nuevo, la gestión de mis expectativas. El Estado, al igual que la cacareada Comunidad internacional en el genocidio palestino, se nos revela como un conjunto vacío. Entidades ontológicas en nuestro imaginario que nos proveen de la sensación de protección necesaria para tirar adelante nuestras vidas con un mínimo de dignidad. La confianza epistémica de la que habla Peter Fonagy, otro psicoanalista, contemporáneo en este caso. Como el niño abusado, cuya personalidad resulta devastada al comprobar cómo los adultos que deben protegerlo, callan o miran hacia otro lado, las víctimas de la DANA apelaban a quienes se supone que debían velar por su seguridad. ¿Acaso no es esa la esencia de la función pública?

No me indigna tanto el error como su negación, o lo que es todavía peor, el politiqueo de acusarse mutuamente, pendientes del foco perverso de las cámaras y las redes sociales. Lejos de blindar el drama humano del combate político, se utiliza en beneficio propio, lo cuál acaba derivando en una revicitimización de los afectados, que a su vez nos convierte a todos en víctimas cómplices de su juego perverso. Lo han vuelto a conseguir. También en esto. Nos han dividido de nuevo, una parte del país acusa a Mazón y la otra a Sánchez mientras crece la indignación y los oportunistas se aprovechan de ello.

¿Cómo debería sentirse una persona “normal” que ostenta la máxima responsabilidad de una administración pública en una tragedia como esta? Me hago esa pregunta a menudo estos días. Como cuando a un cirujano se le muere un paciente en el quirófano por negligencia médica o error humano. Uno esperaría que apareciera roto, genuinamente roto, sin imposturas, que pudiera sentir realmente el dolor causado, asumiera sus responsabilidades y automáticamente después se pusiera a liderar la respuesta, no importa de quién sea la competencia, aunque tenga la sospecha de que Mazón ni siquiera sabía cuáles eran las suyas como presidente autonómico. Que Mazón y Sánchez hubieran salido juntos, auténticamente afectados, y dijeran algo así como “nos hemos equivocado, hemos subestimado el alcance de la DANA y hemos reaccionado tarde; asumiremos todas nuestras responsabilidades, ahora toca trabajar para levantar esto”, hubiera tenido un efecto reparador, hubiera conectado emocionalmente con las víctimas y con el resto del país. Hubiera reactivado un cierto sentimiento de confianza colectiva. Pero no lo han hecho y es probable que no puedan hacerlo porque tal vez ellos también sean unos hombres huecos. Y eso es aún mucho peor que el error porque nos ha sumado en el desconcierto. Es imperdonable. Y sin reparación no puede haber perdón. De nuevo, como esos niños negligidos que no encuentran a sus adultos cuando los necesitan, los ciudadanos nos hemos sentido abandonados estos días. Abandonados y utilizados. Tal vez eso explique la persistente estupefacción de estos días. Su expresión en el lema “Solo el pueblo salva al pueblo” no puede ser más clara.

La imagen de los hombres huecos de los que habla López Mondéjar en su ensayo nos ayuda a comprender la reacción de buena parte de la clase política de nuestros días. Hombres incapaces de experimentar el dolor, la indignación, la desolación, la empatía, en definitiva, ni de conectar consigo mismos para sentir cómo les golpea la responsabilidad y la culpa. Porque solo puede orientarse hacia la reparación quién siente el verdadero golpe de la culpa. El narcisista no puede sentirla, solo siente vergüenza, como el rey desnudo de la fábula. Y entonces, cuando se cae el disfraz, se activa el todo vale para tratar de tapar lo que ya todos hemos visto. Desde borrar un tuit a escupir hacia arriba. Todo sirve para tapar sus vergüenzas. Me viene a la memoria otro hombre hueco, el personaje de Match Point interpretado por Jonathan Rhys-Meyer, quien decide matar a su amante para no comprometer su estatus económico como consorte de una millonaria heredera.

Y llegamos a Estados Unidos. Donald Trump arrasa en las elecciones y ya casi parece que no me importe demasiado, y me sumo de nuevo en el estupor mientras miro de reojo el cuarto gol del Barça en la Champions. No sé qué pensar, pero ya saben, soy de combustión lenta, así que lo dejaremos para otro día.

 

4 comentarios en “Algunos hombres huecos

  1. Los acontecimiento se amontonan como los libros en casa de un adicto a la lectura y todos apuntan en direcciones inquietantes. Hemos vivido envueltos en espejismos y las ilusiones empiezan a caer, pero también los demás viven en ella, aunque no en las mismas. La ilusión errejonista, la ilusion de «todo esta controlado» o la ilusión de «es imposible que Trump gane» no es menos ni más ilusioria que «Trump es de los míos». La realidad se aparecerá de la misma manera a todo el mundo, sobre todo cuando las decisiones -de voto, de todo- se toman de manera tan impulsiva y con tan pocos elementos de juicio.

    Las narrativas… Quien iba a decir que las redes eran literalmente redes para atraparnos en pensamientos de otros…

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