Alfons Salmerón
Esta mañana, una amiga me enviaba una foto desde la ventana de su despacho en el 22@, el moderno distrito económico de Barcelona en el que se instalaron algunas de las empresas tecnológicas internacionales más punteras. En la foto se observa un campamento de chabolas que ha ido creciendo en los últimos meses que contrasta con la modernidad cool de trabajadores precarizados del sector tecnológico que van a la oficina en bicicleta eléctrica y almuerzan en diez minutos la comida basura envoltorio que ofrecen los establecimientos gastro vegan que han ido sustituyendo a los restaurantes de menú que daban de comer a los obreros de las naves del Poblenou. Ya no hay donde comer unas buenas lentejas en la ciudad, pero ese es otro tema, aunque no del todo.
Hace unos días, una pareja de amigos me planteaban su dilema ético. Ambos son propietarios de sendas viviendas en la ciudad vecina, L’Hospitalet, que pusieron en alquiler cuando decidieron irse a vivir juntos a una casa con jardín en las afueras. Si nos pasamos al alquiler turístico, me decían, podríamos multiplicar por cinco nuestros ingresos, hecho que nos permitiría plantearnos, incluso, que uno de los dos dejara de trabajar. No lo harán por principios, por suerte, algo queda de la vieja cultura militante, aunque la tentación del sálvase quien pueda está ahí.
Semanas atrás en una cena con colegas de profesión, llegado el momento de apurar la útlima copa de vino con los postres, uno de ellos exponía con indignación cómo la gentrificación había empezado a golpear la ciudad en la que resido, en la segunda corona metropolitana de Barcelona. El precio de la vivienda ha crecido en casi un 20 %, estimaba, debido al incremento de demanda auspiciada por los expulsados de la gran Barcelona. Algunas horas antes, la misma persona explicaba su perfecta escapada a Roma, vuelo low cost e impecable airbnb mediante, junto a la plaza Nabona. En todo grupo, siempre hay un impertinente, que al recordarlo, hizo estallar las carcajadas de los comensales, incluido el protagonista de la contradicción. Todos somos víctimas y todos somos también algo culpables en esta espiral tóxica de la especulación en cuanto tenemos ocasión de entrar en el juego.
Recientemente, la vida me ha reencontrado con un viejo amigo de la facultad. Nunca compartimos las mismas ideas políticas, pero siempre hubo una amistad a prueba de discusiones ideológicas. Y así sigue siendo, a pesar de que este reencuentro me ha enfrentado a alguien desconocido, completamente entregado a la causa de las fake news de la derecha populista. Sin embargo, cuando conseguí aguantar el primer y el segundo asalto, en el tercero empezó a aflorar un malestar que me resultó reconocible. La desesperanza por los sueños rotos, ni la carrera, ni los másters, ni las horas de trabajo extras no remuneradas en una multinacional de los servicios le han conducido al edén prometido, y cumplidos largamente los cincuenta cuando todos los duelos se hacen ya insoslayables, la vida duele todavía más a la intemperie en una sociedad que golpea y trocea los lazos comunitarios.
La violencia es la útlima gran burbuja que ha explotado en nuestras narices. Mi profesión me pone en contacto con ella a diario. Ya no existen velos ni voces que puedan tapar y silenciar la violencia machista. La punta de un iceberg. Hay violencia por dóquier, una violencia sistémica, taponada eficazmente por el control social de la pantalla y la industria del entretenimiento. Hay violencia cuando unos padres se ven obligados a dejar a su pequeño bebé de cuatro meses en una guardería durante todo el día. Hay violencia cuando un niño de apenas 12 años calienta su plato de macarrones en la soledad de su domicilio familiar con la única compañia de los videos en bucle de tiktok. Y hay violencia en la soledad con la que condenamos a nuestros mayores. Cuando una sociedad es incapaz de garantizar los derechos reflejados en su carta magna ni de cuidar a los que más lo necesitan, las políticas progresistas se convierten en puro marqueting.
Hace apenas un mes, Trump arrasó en las elecciones americanas. Todos los medios progres reaccionaron con estupor e incredulidad. El mal se había impuesto al bien y nos esperaba el mayor de los horrores a los europeos. De eso hablaban en el último capítulo de su podcast Antes del Derrumbe, mi amigo Óscar Guardingo, Alejandro Pérez Polo y Mariano Pinós. El relato sustituye a la realidad. Se nos ha querido hacer creer que los democrátas americanos representan a la izquierda. Se nos quiere hacer olvidar que ha sido la adminsitración Biden la que nos ha puesto en el abismo de la tercera guerra mundial con Rusia, y financia con sus armas el genocidio palestino.
Un columnista de la Ser, cuyo nombre no recuerdo, decía la mañana siguiente de las elecciones americanas que a Trump le habían votado los repartidores que trabajan con su furgoneta y a Harris, los directivos que programan cursos de coaching sobre inclusión y diversidad a sus ejecutivos en Silicon Valley. Trump no ha ganado porque los obreros se hayan hechos de derechas, Trump ha ganado porque los demócratas no han resuelto sus problemas. Las políticas woke no dan de comer. Los valores democráticos se convierten en puro humo sin políticas públicas que los sostengan.
Como decían en ese episodio de Antes del derrumbe, que nadie se engañe, la disputa entre Harris y Trump no es una expresión de la lucha de clases, si no de la lucha entre las élites. A la pérdida notoria de hegemonía mundial de los EEUU a favor de los BRICS, Trump responde con la apelación a las emociones más primarias, la patria, instando a un nosotros frente a la amenaza de un enemigo exterior con medidas proteccionistas. Es una mirada hacia dentro. Primero, nosotros, dice en voz alta, ofreciendo un embestimiento de identidad a quienes han perdido la esperanza en el futuro. El capital que apostó por la globalización y la liberalización de los mercados, apuesta ahora por los aranceles. Ahora que China fabrica coches mejores que los nuestros y a mitad de precio, toca romper la baraja. Hay un intento de recomposición de las clases dirigentes americanas en ese sentido.
Es permitente recordar la clásica sentencia gramsciana, el viejo mundo no acabe de morir y el nuevo no termina de nacer. Trump no gana por la derechización de las clases populares, es la falta de respuestas de las democracias liberales las que lo llevaron en volandas de nuevo a la Casa Blanca. Y ese es un fenómeno emergente también en Europa. Por supuesto, que, en tiempos de zozobra, nunca es mal asunto defender las instituciones democráticas y sus valores universales de igualdad, fraternidad y libertad. Además, la izquierda no puede menospreciar ningún espacio de poder político por pequeño que sea, pero si una vez conquistado el mismo, no responde al mandato de subordinar al capital económico y financiero al interés general, si dimite de su responsabilidad, eludiendo el conflicto sin poner límites a las élites financieras y económicas, se instala la desesperanza entre las clases populares que se quedan a la intemperie, atenazadas por el temor al derrumbe de su propio mundo, y en ese contexto, la oferta populista de Trump aparece como la única opción posible para evitar el abismo.
La izquierda necesita volver a rearmarse sin complejos. En estos días prenavideños, en el que celebramos el nacimiento de algo pequeño y vulnerable en el que reside la esperanza de un mundo nuevo, un viejo amigo publicaba en los estados de sus redes sociales, no sin cierta ironía, un manifesto prepolítico para ello. De esta manera, nos recordaba las bienaventuranzas del evangelio. La cuarta bienaventuranza dice así:” Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”. No parece un mal principio. Feliz Navidad y próspero año nuevo.