Juanjo Cáceres
Tras un verano repleto de incendios, de realidades bélicas, de pugnas partidistas, de salseo futbolístico, de fallecimientos de artistas, ¿qué es lo primero? ¿Por dónde debemos empezar? Es difícil de decir.
Consideramos la última semana de agosto y a la primera de septiembre como las de inicio del curso político, pero en realidad el curso que estamos evocando no es el político, sino el educativo. Buen ejemplo este, por cierto, de apropiación desde lo político y lo mediático de nociones que no son suyas, pero es algo que sucede muy a menudo. El caso es que, además, el curso educativo no comenzará hasta unos días más tarde, y preveo, por cierto, que se dejarán sentir en él alguno de los titulares notables que también ha dejado este verano: por un lado, el escándalo de las asignaciones de plazas a funcionarios e interinos en Catalunya, para las que el Departament d’Educació se saltó a la torera las disposiciones más elementales de nuestro derecho administrativo y hubo que echar al ruedo deprisa y corriendo a un cabeza de turco; por otro, el fracaso de las oposiciones docentes en varias comunidades autónomas, donde numerosas plazas convocadas se quedan vacantes por los abundantes suspensos y por la falta efectiva de gente que participe en un buen número de materias.
¿Puede ser que estas escenas de la administración y el profesorado guarden alguna relación con los decrecientes rendimientos académicos del alumnado en todos los niveles educativos? ¿O nos limitaremos a echarle la culpa a las pantallas, que como el cabeza de turco catalán mencionado acaban siendo siempre la excusa socorrida? En todo caso, cuando oigan a alguien decir que si los jóvenes de ahora esto, que si los jóvenes aquello, interpélenle sobre cómo son sus padres y sus profes y sobre cómo ejercen sus funciones.
Esto es lo primero que ha salido, pero no sé si es lo primero en importancia. Por momentos se diría que lo único importante en el mundo está protagonizado por Trump. El hombre que todo lo puede, pero que nada consigue, no deja de ocupar páginas y más páginas de nuestros diarios digitales, pero eso de acabar con la guerra en Europa parece que se está complicando. De hecho, si algo nos indica el bueno de Trump es que no tiene demasiados problemas para facilitar que un estado agresor maltrate sin piedad un territorio, como demuestra ampliamente su relación con el genocidio de Gaza. No en vano es Netanyahu quién lo ha propuesto para el Premio Nóbel de la Paz, en una de esas bromas macabras que nuestra civilización nos gasta de vez en cuando.
Pero hay que ser francos y aprovechando que no me lee nadie, comentaré que Trump y Netanyahu pueden ser malos, pero la Unión Europea, en su conjunto y en un sentido distinto, es mucho peor. Respecto a Israel nuestros líderes europeos actúan con una prudencia diplomática tan extrema, que cualquier cosa que digan o hagan se produce con la boca pequeña y de forma muy pasajera. La semana pasada Almodóvar y compañía requerían la ruptura de relaciones diplomáticas, comerciales y de todo tipo con Israel, pero hemos visto y seguimos viendo que los líderes europeos prefieren una posición “chamberleinesca” en la materia.
Menos “chamberleinescos” son cuando hablan de Rusia y Ucrania, pero aparte de estorbar, no hacen mucho más. La premisa esa de que, si cae Ucrania, después invadirán Lituania y después Andorra, tan manoseada ella, no es que les impulse tampoco a aportar gran cosa verdaderamente útil para frenar el desastre ucraniano, pero es ideal para alargar la agonía de una población que vive bajo la amenaza permanente de unos drones que cada vez más a menudo se usan de forma inclemente por parte del agresor. Al estilo de Gaza, donde los europeos saben perfectamente cómo va a acabar el asunto y allí sí que está claro que no mueven un dedo para evitarlo.
Pero donde realmente se aprecia su verdadera talla de estadistas es mediante las visitas a la Casablanca. La última de todas, la de la foto sentados alrededor del sheriff, se ha traducido en algunos logros -ninguno más allá de mantener ese statu quo bélico ucraniano en su forma actual- y mucha sensación de vasallaje. Esto último es lo que más les ha recriminado la prensa internacional a los europeísimos líderes, especialmente porque todo esto tuvo lugar tras una Cumbre con Putin en la que el tipo se hizo las mejores fotos de los últimos años y recibió un reconocimiento diplomático que Europa solo ofrece a Zelenski. Yo, francamente, he de decir que no veo el problema a que vayan de aduladores y a tragarse después el sapo de los centinelas de los medios que condenen la escenita, si eso es lo mejor para el mundo. El problema es que no está claro que nada de lo que hace la Unión Europea, inmersa en una gigantesca crisis de proyecto, sea lo mejor para nadie.
Entretanto en España no han hecho falta drones para que la gente se quede sin casa. Lo de los incendios del noroeste es un drama en el que no se ha insistido lo bastante, sobre todo en comparación con la DANA, porque todo el mundo estaba de vacaciones y porque allí vive mucha menos gente que en la costa. En efecto, porque no decirlo, los incendios han remarcado que las dos Españas de hoy son la España radial-litoral y la España vaciada, y lo que ocurra en la España vaciada, siempre va a tener un impacto menor que lo que ocurre en Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Málaga o Bilbao. Hay menos altavoces, menos masa crítica y, no nos engañemos, menos capacidad de sus comunidades autónomas para ejercer con eficacia las mismas competencias que las comunidades de mayor población y poder económico. Y sí, le podemos echar la culpa a los políticos fachas de por ahí. Y sí, podemos preguntarle a Feijóo qué tiene que ver su labor gubernamental con el estado en que ha quedado la zona de Ourense. Pero no menos cierto es que nuestras administraciones, autonómicas o estatales, hacen aguas porque los problemas les sobrepasan y porque en ellas, las ganas de trabajar y de arremangarse tampoco son muy grandes.
Es un momento un poco desestructurante. Las estructuras de que disponemos no funcionan con la eficacia que sería necesario. Las estructuras que necesitamos no se desarrollan. Y, además, aquellas cosas nuevas que consiguen ver la luz, sufren de precariedad sistémica. Nos hacemos viejos. No nos preocupamos de nosotros, aun menos de las generaciones que vienen detrás y damos por bueno nuestro decadente ciclo demográfico, condenando a los más jóvenes a la imposibilidad de tener un techo en edad de procrear y de cobijarse en él. Entretanto les ofrecemos un dispositivo electrónico, varios streamings y un Tik Tok para que no se den cuenta de los que les pasa, ni de lo que pasa en el mundo, facilitando así que cualquier iluminado de las redes les explique la vida a su manera. Pero esa vida es lo que les hemos dejado nosotros, por incomparecencia.
Bien mirado, tal vez los jóvenes deberían de ser lo primero así que, por favor, hagamos al menos una cosa: ya que además les toca pagarnos las pensiones, ¡dejemos de confiscarles todos sus ingresos mediante las rentas inmobiliarias!
Ayer me quedé con las palabras de Puigdemont. No sé desde cuàndo cree que habla en nombre de todos, pero entre eso, y la realidad de necesitar a Junts, no compro el discursonde Illa.