Arthur Mulligan
Así se titula en español el importante y valiente manifiesto del historiador Tony Judt en defensa de la socialdemocracia europea y su contribución a la creación de esa extraordinaria forma de vida colectiva cuya sostenibilidad según algunos de sus partidarios solo puede ser cuestionada por sus críticos mediante una dosis de mala fe.
El valor que tuvo al escribir este texto político, expresión concentrada de las preocupaciones de toda una vida en medio de las condiciones dramáticas que le imponía su enfermedad, merece nuestro respeto y admiración por su coraje cívico sin que ningún tipo de condescendencia por los estragos que la esclerosis lateral amiotrófica, «una suerte de condena sin redención posible» en sus propias palabras, afectara a la alta calidad de una narrativa alrededor del Estado de bienestar.
No obstante, como en toda obra humana, por mucho que se admire ésta, las ideas tienen que pasar por el tamiz de la crítica una vez que la biografía de su autor y nuestras simpatías tomen acomodo en la sombra. No hay contradicción en ello.
Y lo primero que destacaría en este libro singular es un poderoso sentimiento de nostalgia que refrenda, en mi opinión, alguno de los títulos de los seis capítulos en que se divide la obra: El mundo que hemos perdido; La insoportable levedad de la política; ¿Adiós a todo esto?; ¿Qué nos reserva el porvenir?
Existe una disonancia primigenia entre los valores predicados en su momento dulce, aquel en que se hace realidad por primera vez el Estado de bienestar surgido en Europa después de la II Guerra Mundial basado en un ideal de vida austera, honestidad, pedagogía del esfuerzo, meritocracia o el trabajo bien hecho, y la evolución real del Estado de bienestar.
Judt documenta extraordinariamente bien la corrosión que produce la desigualdad en las sociedades; la corrupción de éstas desde dentro.
«El impacto de las diferencias materiales tarda un tiempo en hacerse visible, pero con el tiempo, aumenta la competencia por el estatus y los bienes, las personas tienen un creciente sentido de superioridad (o de inferioridad) basado en sus posesiones, se consolidan los prejuicios hacia los que están más abajo en la escala social, la delincuencia aumenta y las patologías debidas a las desventajas sociales se hacen cada vez más marcadas. El legado de la creación de riqueza no regulada es en efecto amargo».
O responde muy bien a preguntas como ¿Por qué no hay socialismo en Estados Unidos?
«Hay muchas respuestas a esa pregunta. Algunas se refieren al tamaño del país: es difícil organizar y mantener metas comunes a escala imperial y, a todos los efectos prácticos, Estados Unidos es un imperio nacional. También están los factores culturales, en particular la notoria desconfianza estadounidense hacia el gobierno central. Estados Unidos, es inconfundiblemente una criatura del pensamiento anglo-escocés del siglo XVIII, se construyó sobre la premisa de que el poder de la autoridad central debía estar delimitado por todas partes. A lo largo de los siglos, generaciones de colonos e inmigrantes han internalizado el supuesto de la declaración de derechos de Estados Unidos como una licencia para mantener a Washington fuera de sus vidas.
De ahí que en Estados Unidos los impuestos se suelen considerar una pérdida de renta sin compensación. Rara vez se considera la idea de que (también) podrían ser una aportación a la provisión de bienes colectivos que los individuos aislados no podrían permitirse nunca (carreteras, bomberos, policías, colegios, farolas, oficinas de correos, por no mencionar soldados, barcos de guerra y armas).
Sin embargo, en Europa continental, como en gran parte del mundo desarrollado, la idea de que una persona puede «hacerse a sí misma» enteramente se evaporó con las ilusiones del individualismo del siglo XIX. Todos somos beneficiarios de los que nos precedieron, así como de aquellos que cuidarán de nosotros en la vejez o la enfermedad. Todos necesitamos servicios cuyos costes compartimos con nuestros ciudadanos, por muy egoístas que seamos en nuestra vida económica. Pero en Estados Unidos el ideal del individuo emprendedor autónomo sigue siendo tan atractivo como siempre.
Después de los desastres de la Primera Guerra Mundial, Keynes centró sus trabajos económicos en el problema de la incertidumbre; el mundo de ayer se había desmoronado, llevándose consigo no solo países, vidas y riqueza material, sino también todas las tranquilizadoras certezas de la clase y la cultura de Keynes. Desde luego, se podían extraer muchas lecciones de la depresión económica, la represión fascista y las guerras de exterminio. Pero más que nada, le parecía que era la recién descubierta inseguridad en la que se veían obligados a vivir hombres y mujeres -la incertidumbre elevada a paroxismos de miedo colectivo- lo que había corroído la confianza y las instituciones del liberalismo.
Keynes murió en 1946 pero ya había demostrado hacía mucho que ni el capitalismo ni el liberalismo sobrevivirían durante largo tiempo el uno sin el otro. Y como la experiencia de los años de entreguerras había revelado con toda claridad la incapacidad de los capitalistas para proteger sus propios intereses, el Estado liberal tendría que hacerlo por ellos, tanto si querían como si no. Por tanto, es una intrigante paradoja que el capitalismo fuera salvado gracias a transformaciones que en su momento, y desde entonces, se identificaron con el socialismo. Los conservadores inteligentes -como muchos demócratas cristianos que se hallaron por primera vez en el poder después de 1945- presentaron pocas objeciones al control de los puestos de mando de la economía por parte del Estado; de hecho, lo recibieron con entusiasmo, lo mismo que ocurrió con la tributación fuertemente progresiva.
Luego vendrían las inversiones al estilo del New Deal, el milagro alemán y les trente glorieuses en Francia.
La brecha que separaba a los ricos de los pobres, tanto si se mide por el patrimonio como por la renta anual, se redujo espectacularmente después de 1945. La socialdemocracia y el estado del bienestar fueron los que vincularon a las clases medias profesionales y comerciales con las instituciones liberales tras la Segunda Guerra Mundial.
Esta cuestión era de gran trascendencia: fue el temor y la desafección de la clase media lo que había dado lugar al fascismo. Volver a atraerla a las democracias fue, con mucho, la tarea más importante de los políticos de la posguerra, y en absoluto fácil.
Sin que nadie se lo propusiera del todo, Europa occidental y Estados Unidos entraron en una nueva era. El síntoma más obvio del cambio adoptó la forma de la planificación.
Entonces, si todo iba razonablemente bien ¿por qué diablos se empezó a torcer?
El propio Judt es crítico al reconocer que el consenso socialdemócrata y las instituciones del bienestar de las décadas de la posguerra coincidieron con algunos de los peores proyectos de urbanismo y viviendas públicas de los tiempos modernos. Y podemos leer en sus páginas párrafos como los que siguen:
De la Polonia comunista a la socialdemócrata Suecia y la laborista Gran Bretaña, pasando por la Francia gaullista y el South Bronx, unos planificadores presuntuosos e insensibles saturaron ciudades y suburbios de casas feas e invisibles.
La indiferencia de las autoridades nacionales y locales ante un daño causado por sus decisiones es sintomática de un aspecto preocupante de la planificación y la renovación de la posguerra.
A finales de los años 60, la idea de que «sabemos lo que es mejor para ti» estaba empezando a producir una reacción.
Si las prácticas de eugenesia de algunos gobiernos escandinavos de la posguerra, que fomentaron e incluso impusieron la esterilización selectiva apelando al bien común, hubieran sido conocidas por más personas, la sensación opresiva de depender de un Estado panóptico podría haber sido incluso mayor.
Organizaciones voluntarias de clase media comenzaron a protestar por la demolición abusiva y a gran escala no solo de feas zonas degradadas, sino también de edificios y paisajes urbanos de valor: la caprichosa demolición de las estaciones de Pennsylvania en Nueva York y de Euston en Londres, la construcción de un monstruoso bloque de oficinas en el corazón del antiguo quartier parisino de Montparnasse, empezaron a parecer síntomas de un poder sin control ni sensibilidad.
Irónicamente, eran precisamente las clases medias las que estaban más contentas con su suerte, en buena medida porque cuando entraban en contacto con el estado de bienestar era más para beneficiarse de prestaciones populares que para sufrir restricciones a su autonomía e iniciativa.
A finales de los 60, la brecha cultural que separaba a los jóvenes de sus padres quizás era mayor que en cualquier otro momento desde comienzos del siglo XIX.
Desde hacía mucho la izquierda estaba asociada al proletariado urbano, del que dependía en gran medida.
El trabajo duro en las fábricas, las minas y los transportes tradicionales estaba siendo sustituido por la automatización, el auge de los servicios y una mano de obra cada vez más feminizada. Ni siquiera en Suecia podían esperar los socialdemócratas ganar las elecciones simplemente con la mayoría del voto obrero tradicional. La izquierda, con sus raíces en las comunidades de la clase trabajadora y en las organizaciones sindicales, podía contar con el colectivismo instintivo y la disciplina de una mano de obra industrial cautiva, pero ésta representaba un porcentaje cada vez menor de la población.
Lo que unió a la generación de la década de 1960 no fue el interés de todos, sino las necesidades y los derechos de cada uno.
No es de extrañar que condujeran a la afirmación general de que «lo privado es político».
Con independencia de lo legítimas que sean las reivindicaciones de los individuos y de lo importantes que sean sus derechos, darles prioridad tiene un precio inevitable: se debilita el sentido de un propósito común.
Es cierto que muchos radicales de la década de 1960 eran partidarios entusiastas de las imposiciones pero solo cuando afectaban a pueblos distantes de los que sabían poco.
En aquellos años, ser de izquierda, ser radical, significaba estar centrado en uno mismo y en sus preocupaciones y ser curiosamente estrecho de miras en sus intereses.
Cuando el ex exprimer ministro Gordon Brown respondió a un informe de enero de 2010 sobre la desigualdad económica en el Reino Unido que confirmaba la escandalosa brecha que separaba a los ricos de los pobres y que su partido había contribuido tanto a agrandar, lo calificó de desalentador y admitió que quedaba mucho camino por recorrer. Recuerda al capitán Renault de Casablanca: «Estoy indignado, indignado».
En Alemania, el partido socialdemócrata es acusado por sus críticos de abandonar sus ideales por metas provincianas y egoístas. En toda Europa se pide a los socialdemócratas que digan por qué abogan. Proteger y defender los intereses locales o de determinados sectores no basta. La tentación de calcular así, de concebir la socialdemocracia alemana (o holandesa o la sueca) como algo para los alemanes (o los holandeses o los suecos) siempre existió: hoy parece que ha triunfado.
El tono crítico de sus últimas consideraciones deja un halo depresivo como si ese tren de alta velocidad estuviera a punto de sufrir un eventual descarrilamiento.
Lo intentó la Unión Soviética mediante la propuesta de un modelo alternativo a la socialdemocracia de planificación estalinista pero implosionó de manera incontrolada por sus contradicciones internas.
Otro riesgo para el estado de bienestar venía de su propia evolución interna. A las crisis del petróleo de 1973 y 1979 se unió la caída de la productividad y un rápido aumento del paro, a lo que habría que añadir la disminución de la natalidad, una deuda pública creciente y la estanflación económica.
Los liberales entonces veían en la expansión del Estado el mayor obstáculo para el crecimiento y abogaban por reducirlo en prestaciones y burocracia. Muchos de sus servicios podían ser previstos con mayor eficiencia por el sector privado, lo que contenía el aumento impositivo y aumentaría la libertad de los ciudadanos.
En Gran Bretaña, el triunfo electoral de los conservadores de Margaret Thatcher en 1979 llevó las propuestas neoliberales al gobierno. Pese a sus ataques al Estado, Thatcher no hizo otra cosa que centralizarlo, limitando el poder y los presupuestos de la administración local; pero no redujo el gasto público (en este punto Judt reconoce el peso de las ayudas al desempleo heredado de gobiernos anteriores); si bien destruyó la influencia del movimiento sindical británico; y privatizó todo cuanto pudo.
En ese momento la lectura que hizo el brillante historiador no explicó los éxitos de Thatcher. Según él, no aumentó el voto de los conservadores; sus triunfos se debieron a que una parte del electorado laborista se pasó a los liberales, con la consiguiente esterilización de su voto en un sistema electoral mayoritario. La derrota que infligió a los mineros fue pírrica, porque estos carecían ya de futuro y porque la obtuvo bajo el choque emocional del atentado contra su vida del IRA Provisional. Sin embargo, Judt reconoció que la economía británica había mejorado en los años de su mandato.
«Como economía, el Reino Unido de Thatcher era un lugar más eficiente. Pero, como sociedad, sufrió un cataclismo de desastrosas consecuencias a largo plazo.
Al desdeñar y desmantelar todos los recursos que estaban en manos colectivas, al insistir a gritos en una ética individualista que prescindía de cualquier valor no cuantificable, Margaret Thatcher causó un grave daño al tejido que sustentaba la vida pública británica»
La escuela liberal respondió de inmediato que la cadena causal funcionó al revés de lo que Judt mantenía. No fue ella quien provocó la crisis del Estado del bienestar, sino la insostenibilidad del modelo lo que hizo posible a Thatcher. Poco a poco, los socialistas de todos los partidos, que decía Hayek, habían generado una inflación de «derechos sociales» difícilmente sustentable.
Los derechos sociales no son otra cosa que beneficios cuyo mantenimiento depende de la situación de la economía, de los impuestos que los contribuyentes estén dispuestos a pagar y de los límites de la deuda pública. Cuando esas variables empeoran, habrá que reducir los beneficios. Ampliar la edad de jubilación; cambiar el sistema de reparto para las pensiones; liberalizar el mercado de trabajo; exigir buenos rendimientos académicos a los universitarios; imponer el copago sanitario según las rentas; y examinar a fondo los costes de otras muchas políticas sociales para mantener su supervivencia, no equivale a desmantelar el Estado de bienestar según el criterio de Judt.
El prestigioso historiador nunca fue entusiasta de Mitterrand. Después de una biografía política, por decirlo diplomáticamente, muy accidentada, que lo llevó desde Vichy al Partido Socialista, pasando por numerosos espacios intermedios, Mitterrand, con la unión de izquierdas, ganó las elecciones presidenciales francesas en 1981. Largos años fuera del poder habían llevado a los socialistas a seguir soñando con otro mundo posible. Su programa ganador incorporaba, pues, medidas «anticapitalistas»: subidas salariales, reducción de la edad de retiro, menor jornada laboral y nacionalizaciones.
Pero ese proyecto «socialista» hubiera exigido también un control de cambios y una plétora de regulaciones que hubieran llevado a Francia a separarse de sus socios comerciales y, eventualmente, a abandonar la entonces Comunidad Europea. Así que, en junio de 1982, el presidente dio media vuelta, introdujo un programa thatcheriano y se olvidó de la «vía francesa al socialismo» (todas las comillas en este párrafo son de Judt). Dos años después, los comunistas habían salido de su gobierno, ahora en manos de tecnócratas y su socialismo se convirtió en una modernización à l’américaine.
Al parecer, Judt hubiera deseado una combinación moderada de ambos extremos, es decir, la pervivencia de su añorado Estado de bienestar. Lo que no perdonó a Thatcher ni a Mitterrand es que, a partir de ellos, la socialdemocracia se haya visto obligada a elegir entre reducirlo (Judt prefiere decir «desmantelarlo») o entregarse al populismo, cuando no a la demagogia.
Toda la competencia como historiador se debilitaba de alguna manera forzando una elección conforme a la que reflejaba su narrativa, pero, más allá de las opciones sobre estadísticas, se enrocaba en no discutir la sostenibilidad de un modelo europeo de cuya superioridad no cabía dudar.
En su defensa del modelo europeo, Judt buscó refugio en la censura moral: «Hay algo de profundamente erróneo en la forma en que vivimos hoy. Durante treinta años hemos hecho una virtud del beneficio material: de hecho, esta búsqueda es todo lo que queda de un propósito colectivo […]. El estilo materialista y egoísta de la vida contemporánea no es inherente a la condición humana […] No podemos seguir viviendo así».
Fue un gran hombre, el tipo de ciudadano que uno quisiera tener en su mesa y escuchar durante horas sin que ningún ruido te distraiga. Su libro sobre los intelectuales progresistas franceses que silenciaban las contrariedades y las incógnitas del presente con la ilusión de un futuro soñado es propio de la lucidez de un maestro al denunciar como la justificación de la violencia y la propia tradición revolucionaria de Francia ayudaron a validar el sistema soviético en Europa Oriental.
(a JRA, con afecto )
Ejem…»en Estados Unidos los impuestos se suelen considerar una pérdida de renta sin compensación.»
En España los gobiernos autonómicos del PP consideran que hay que compensar a las empresas privadas «de su entorno» y a los patrimonios ,por su «pérdida de renta».
Y para rizar el rizo,le piden al gobierno que les finacie lo que ellos se niegan a recaudar para entregárselo de nuevo a los que ellos benefician.
Una pescadilla que se muerde la cola.
Si..Algo va mal…pero..¿para quien?.
«Yo no tengo los votos para cambiar el Gobierno, pero si alguno de los socios quiere acabar con esto que sepa que estoy a disposición para abrir una nueva etapa”. Así ha pedido el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, el apoyo de los grupos que sostienen al Ejecutivo para una moción de censura que le llevara a él a la Moncloa. En una declaración sin preguntas.
Hoy desde su escaño ha visto como El Congreso aprueba la reforma fiscal con el impuesto a la banca y la prórroga al de las energéticas como objetivo.
El Congreso convalidaba el primer paquete de medidas por la DANA aprobadas por el Gobierno en Consejo de Ministros.
En fin…pobre Feijóo …ni tiene relevancia polotica en la UE…no gobierna ni gobernará..y encima permite que Carlos Mazon le hunille.
Pero bueno …ahí tienen a Aldama para sacar toda la bilis y tinta de calamar que les produce su desesperacion .
¡¡¡Viva Ziluminatius!!
Y ¡¡Honduras tambien,manda huevos!!
…JA JAJA….que nervios.
Ejem…una de EEUU.
El Universo Marvel se materializa en la realidad política de la América que ha votado a Trump.
En 1963, época en que la humanidad aún no había pisado la Luna, Stan Lee concibió a Iron Man, un superhéroe cuyo simbolismo se centraba en el poderío tecnológico y, especialmente, en la defensa del sistema capitalista.
En 2024,epoca en que ña jumanidad está dejando de serla,Donald Trump se subió a lomos de Elon Musk,un superhéroe cuyo simbolismo se centra en el poderio tecnologico y ,especialmente,en la defensa del sistema capitalista.
No se quien será El Capitán América en el gobierno de Trump,ni quienes serán los que formen Los Vengadores ….pero bueno,mucho me temo que la tensión en el interior del grupo se producirá luego de que la ONU les solicite la firma de un tratado internacional, que busque regular y supervisar las misiones de los superhéroes.
Y es que el Mundo va camino de que se llene de «superhéroes salvapatrias»…Netanyahu..Putin..
Milei..Bolsonaro…Meloni…Orban….Le Pen..
Abascal…el pobre Feijóo acabará como el Joker con su amiga Ayuso dándole patadas en el culo…
Atención,les comunicó que hemos entrado en un agujero de gusano..
¡¡Siii…un agujero de gusano!!
¿Un agujero de gusano?¿Qué es un agujero de gusano?
Un agujero de gusano es un portal de corta duración, que dura sólo un breve momento y que une dos agujeros negros en diferentes lugares. Los agujeros de gusano podrían conectar dos puntos del universo actual, o tal vez, en diferentes momentos.
¿Dónde está la maldita mariposa?
«Yo no tengo los votos para cambiar el Gobierno, pero si alguno de los socios quiere acabar con esto que sepa que estoy a disposición para abrir una nueva etapa”.
Esta frase del candidato que fue presidente del gobierno «porque no quiso» el líder del PP ,El diputado Feijóo,pasará a la historia de nuestro Imaginario Nacional como lo fue en su día la frase antologica de Lola Flores:
«Si una peseta diera cada español, no a mí, a donde tienen que darla, quizás saldría la deuda».
Si analizamos las dos frases ,podemos llegar a las siguientes conclusión (las mias)
«La Farahona» se anticipó en el tiempo ,siendo la primera española que «inventó’ el crowdfunding «.
Y el líder Feijóo con su frase histórica ha inventado «el crowdfunding parlamentario»
«Si un votó me dieran cada diputado aliado con el gobierno,no a mi ,sino a los españoles,quizás saldría la moción de censura»….
En fin …sólo le falta a Feijóo decirle a Pedro Sanchez, a su gobierno. y a los diputados que le respaldan:
«Si me queréis irse»
Ante mi doy fe.
AC/DC
…JA JAJA…que nervios.