El agua que nos deja

Juanjo Cáceres

A lo largo de las últimas semanas, los efectos de la sequía han puesto en alerta al conjunto de la ciudadanía catalana, pues no solo dos centenares de municipios han pasado a estado de alerta y las restricciones en el uso del agua van en aumento, sino que las condiciones de uso aguardan un mayor endurecimiento y se habla abiertamente de la posibilidad de que otras comunidades autónomas envíen barcos en auxilio de las maltrechas existencias catalanas.

No obstante, las dubitativas medidas implementadas por la Generalitat, la lentitud en aplicarlas o los debates que viven las instituciones sobre si autorizar o no el llenado de piscinas el próximo verano, no son más que el eco de una sociedad que nunca se ha tomado demasiado en serio las amenazas climáticas ni la gestión de los recursos esenciales.

Hay quien pensará que si en los relatos políticos el agua se considera un recurso esencial y se habla de ella como si fuera un tesoro, ¿qué modelo de gestión y de país existe detrás de todo ese discurso? De entrada, un modelo agropecuario de carácter intensivo, que ha hecho del regadío el modelo absolutamente hegemónico de producción y que no ha escatimado esfuerzos para presionar recursos de todo tipo mediante la producción masiva de cabezas de ganado que luego se distribuyen por el ancho mundo.

También una sociedad que multiplica su número artificialmente mediante el turismo, dando lugar a una competencia imparable por atraer población flotante, que no solo aumenta el consumo sino que además obliga a desarrollar actividades de todo tipo que no destacan por su sostenibilidad. Pero podríamos añadir igualmente una población local poco comprometida con un bajo consumo, si bien ello tal vez resulte discutible en algunos casos y cuestionable a la luz de la evolución relativamente favorable del consumo a lo largo de las últimas décadas. Más aún cuando el desequilibrio entre el consumo por actividades del sector primario y el resto es de prácticamente de 3 a 1 (y en ese 1 va tanto el uso doméstico como el industrial).

Y sí, podríamos haber hecho más, sobre todo por proteger la salubridad de nuestros acuíferos y el caudal de nuestros ríos, pero siempre hicimos del agua un objeto de nuestros caprichos y pocas veces la percibimos como lo que es: ni más ni menos que lo mismo que es la sangre para nosotros, es decir, el líquido imprescindible que hace que todo funcione.

Pero el drama de la escasez también se explica por el hecho de que llegamos tarde a otras cosas estrechamente relacionadas: por ejemplo, a la electrificación masiva. Y sin esa capacidad de electrificarnos, a la que hemos renunciado porque descartamos todas y cada de las alternativas que tenemos para producir electricidad (la eólica por su impacto ambiental, la solar no se sabe muy bien por qué, la nuclear por peligrosa, otras por contaminantes, etc, etc), ¿cómo conseguir convertir en potable esa gran cantidad de agua que nos viene del deshielo de los polos? Durante mucho tiempo hemos pensado que salvar el planeta era una cuestión de reemplazar un modelo más productivista por otro más ecológico, pero en el minuto del partido en el que nos encontramos, queda claro que lo único que hemos demostrado es nuestra impotencia e infinita capacidad para bloquearnos.

Otro tema estrechamente relacionado, como no puede ser de otra manera, es el negacionismo climático. Más allá de discutir el impacto humano sobre el mismo, tan evidente como inaceptable para demasiados, parece claro que el calentamiento existe y que afecta, entre otras cosas, a la pluviometría de las zonas menos afortunadas. Pero no disponemos tampoco de grandes planteamientos estratégicos al respecto, mientras se dice y se comenta que los ricachones del mundo sueñan con irse al espacio tras ver alguna película de Netflix.

Por esto y tantas otras cosas el agua nos da un poco la medida de nuestra sociedad. Una sociedad incapaz de diferenciar lo importante de lo accesorio. Una sociedad incapaz de discutir sus problemas y que prefiere ocultarlos bajo debates de opereta como el que se ha perpetrado alrededor de la amnistía. Una sociedad que bien podría ser una sociedad de necios porque estamos encantados de habernos conocido.

También habrá quien diga que esto no es la sociedad sino el capitalismo depredador, pero solo hace falta darse una vuelta por la isla de Pascua, el mar de Aral, China y tantos otros lugares, para reconocer mucho mas allá de nuestro modelo económico esa actitud destructiva que caracteriza la relación entre seres humanos, recursos y entorno natural, porque experiencias de ello hay a patadas.

En todo caso nada de lo que está ocurriendo nos va a hacer cambiar el chip a corto plazo. Me sorprendió la semana pasada el comentario de una persona que me manifestaba que esto de la sequía es la primera vez que pasa, porque no hemos hecho más que vivir con ella desde mediados del siglo pasado. Lo cierto es que el nuestro es un pasado de ríos contaminados y vacíos, de salinización de las desembocaduras fluviales y de despilfarros múltiples. Casi siempre nos ha faltado la inteligencia suficiente para anticipar escenarios y plantear soluciones a tiempo, por lo que ya es inevitable asumir ciertas consecuencias y cada vez serán mayores si no nos dotamos de mejores mecanismos de respuesta y prevención.

Que todo esto deje de pasarnos implica darse cuenta que lo del agua no es un problema que se arregle con una desaladora y un trasvase, sino una manifestación clara de una constelación de desequilibrios ambientales que amenazan con amargarle la vida a las próximas generaciones, desequilibrios de los cuales somos protagonistas absolutos.

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