El racismo es racismo y los políticos, despreciables

Verónica Ugarte

A veces me resulta imposible constatar la miseria que acompaña a ciertos sectores políticos. En el caso catalán, Junts, la antigua Convergència, es tan cobarde y oportunista como lo ha sido siempre. Entre todas las competencias que han conseguido de un Gobierno central cada vez más débil han logrado las de inmigración y el reparto de menores migrantes.

Míriam Nogueras, con su sempiterna beligerancia y cero vergüenza, se ha atrevido a enarbolar de nuevo la tan usada frase del nacionalismo catalán, “Catalunya ha sido la nación más solidaria al momento de acoger menores”. No se trata de “solidaridad”, se trata de algo tan básico como la empatía y decencia humana.

Nadie sobra en España, y menos si hablamos de menores que han sido expulsados de sus casas, sus países. Con la mirada puesta en una Europa que promete y no cumple, arriesgan sus vidas con tal de llegar a costas europeas. ¿De qué infierno vienen, se ha preguntado más de un voluntario, cuando arriesgan su salud, sus pies destrozados, pasan hambre, sed, violaciones?

Eso no importa. Es imperativo sacarle algo a cambio a Sánchez para condicionar su apoyo. Todo vale en política y no existe un Dorian Grey en ningún altillo que muestre el asco que provocan esas acciones, indignas hasta de quienes representan a la derecha catalana.

Porque el racismo no es de derechas o de izquierdas. El racismo es hijo de la ignorancia, del miedo al desconocido, de tragarse el discurso o los chismorreos de escalera. ¿Es cierto que el pueblo español ha sido más receptivo con los ucranianos que han huido de la guerra que con los venidos de África, sea la blanca, sea la negra?

No seamos hipócritas. ¿Cuántas veces han escuchado que no hay nada peor que un rumano? El mismo que por cuatro duros se rompe la espalda, a pesar de tener un titulo universitario que no puede convalidar en este país? Estamos perdiendo médicos, físicos, enfermeras. Nos estamos perdiendo como seres humanos buenos, que tienden las manos al que sufre, quien llega con lo puesto, pero con todas las ganas de labrarse una vida mejor a pesar del miedo y del dolor por lo abandonado.

Como lo expresé en otro artículo, nadie deja por gusto su país. Se es expulsado por una serie de razones que ya son tan conocidas y olvidadas al mismo tiempo, que no importan. Solo a ellos mismos, pero no a los políticos, para quienes la inmigración es una carta de negociación a sacar en el mejor o peor momento. Para usarla con el único fin de conseguir prebendas de partido en nombre de una patria/nación/pueblo, un lo que sea que cada vez más se aleja de la realidad de lo que verdaderamente ocurre.

A veces me pregunto por qué dejé el que fue mi país. Cierto es que estaba harta de la corrupción y la inseguridad, pero no soy inmigrante económica. Me lancé a buscar la famosa Europa con la que soñaba de niña. He podido hacer carrera, tener una base, un hogar. También me he llevado ataques por el color de mi piel. Y con todo aquí sigo.

He conocido tantas nacionalidades, tantas historias, tantas realidades. Es por ello que las palabras que buscan defender la cobardía de los pactos, la pésima percepción de la realidad, me parecen basura, y más lo es quienes aplauden a tamaños impresentables.

Es imperativo que el político aprenda su trabajo y no buscar los titulares o las fotografías. No solo es demagogia. Es mentir a la cara a la gente que vota. Es perpetuar mentiras. Es ser un verdadero malnacido.

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