En una liturgia inabarcable

Juanjo Cáceres

“…No obstante, ni el aumento de riquezas, ni el rápido acrecentamiento de la talla política del Papa, derivada de su papel en la coronación imperial de Carlomagno, lograrían generar un aumento perceptible de la autoridad religiosa global del papado. En la práctica, serían los emperadores quienes siguieran rigiendo los destinos de la cristiandad occidental…”.

Sobrecogido y extrañado todavía por el impacto de la visita a España de León XIV, Armando, busca en las páginas de Cristiandad, del historiador Peter Heather, algún hallazgo que le ayude a analizar una visita que sus colegas no dudan en calificar de histórica. En la redacción se ha alcanzado un consenso sobre la forma de referirse a ella, pero también una dispersión absoluta respecto a su significado y su impacto. Y este sábado, con el Papa ya de vuelta en el Vaticano, Armando tiene el encargo de decir algo más. Algo que suene distinto o que aporte una perspectiva diferente.

Es consciente de la enorme dificultad de la tarea, pues cada vez que intenta explicar el presente, las premisas parecen inconsistentes y las predicciones inútiles. Demasiada complejidad, demasiados elementos actuando simultáneamente y demasiados detalles. La tentación del algoritmo parece llamarle. Tal vez una aplicación implementada en la nube y que consiga hallar patrones mediante el Big Data pueda resolverle su problema, pero se resiste a ello. No quiere renunciar a su voz, ni a su palabra. Tampoco quiere poner en manos de entes artificiales la labor de crear, pues le parece una forma distinta de declararse derrotado y desbordado.

Las lecturas sí parecen servirle de apoyo. En los papados carolingios cree encontrar la justa medida entre impacto y limitaciones. Los poderes temporales que ostentaron los emperadores los ostentan hoy las grandes potencias regionales, los gobiernos y los parlamentos. El mensaje del papado puede ser oído y generar una forma de autoridad moral, pero le parece que sería verdaderamente asombroso que tuviera un impacto relevante sobre el tablero de juego geopolítico. Más aún en un mundo profundamente secularizado, donde ni las grandes potencias son todas cristianas, ni Occidente sigue siendo católico.

Pero no se le escapa cierto elemento de excepcionalidad. En realidad, tan solo uno, tal vez no suficientemente subrayado ni explicado hasta ahora. ¿Es lo bastante relevante para convertirlo en el centro de gravedad de su texto? Desconoce la respuesta, pero se dispone a intentarlo.

En tiempos desordenados

Poco más se puede explicar sobre lo acontecido estos días. Sobre el enorme impacto mediático, emocional y político causado por la visita del Papa León XIV, en tres etapas, cada una de ellas con un signo diferencial predominante. En Madrid, el político. En Cataluña, el religioso. En Canarias, el humanitario.

La connotación clara de cada etapa queda perfectamente explicada por sus elementos preponderantes: el discurso en el Congreso de los Diputados, la consagración en la Sagrada Familia completada con varios actos de intenso signo religioso —especialmente la asistencia a la misa de las horas o la visita a la abadía de Montserrat— y el discurso de Arguineguín. Ninguna de las otras dimensiones se llegó a mostrar del todo ausente, porque el Papa nunca deja de ser Papa, pero la preponderancia de una sobre el resto fue clara, inequívoca e intencionada.

Y si bien la visita a Gran Canaria y Tenerife marcó un hito en el pronunciamiento de la Iglesia frente a la enorme crisis humanitaria causada por las migraciones y por la laxitud de los poderes temporales europeos, lo más sorprendente fue la apertura de par en par de la sala española de la soberanía popular para que León XIV dijese lo que quisiese. Y lo que es más importante: que todo lo que dijese quedase libre de cualquier crítica y fuese aplaudido de forma prácticamente unánime.

¿Por qué? ¿Por qué un Parlamento cede el micrófono al papado y concede que este realice todo un conjunto de manifestaciones políticas que van a ser aplaudidas, tengan el contenido que tengan, incluso aunque vayan en una dirección radicalmente opuesta a lo que ese Parlamento se propone legislar o ha legislado ya? ¿Por qué los partidos políticos creen que es un momento para callar y para detener sus interminables pronunciamientos políticos?

Las respuestas a estas preguntas son más debatibles de lo que puede parecer. Y no creo que la causa fundamental sea que en este breve pontificado de poco más de un año León XIV haya alcanzado una extraordinaria estatura moral. Tampoco que el mundo gire hacia el cristianismo y la Iglesia buscando una brújula, tal y como se ha afirmado hasta la saciedad, ignorando tantos otros fenómenos contradictorios y mucho más persistentes (desde las bajísimas tasas de natalidad de los jóvenes hasta la crisis del sacerdocio, pasando por el carácter meramente formal y superficial de las manifestaciones del hecho religioso en Europa).

No. La reverencia del hemiciclo al Papa fue la expresión de la impotencia. Del deseo de traer otras voces más poderosas cuando las propias ya no transmiten nada y ya no significan apenas nada. Y así quedó de manifiesto en Canarias, donde esas palabras humanitarias incorporaban un profundo mensaje político que enmendaba la totalidad de la política migratoria europea. El Papa no fue más claro de lo que ya han sido en el pasado ONGs y otros agentes implicados en la ayuda humanitaria a los migrantes, pero ningún otro poder político se atreve ya a decir lo mismo de la misma manera, bien por temor a ser rechazado por el electorado, bien por la indisimulada ambición de asaltar el poder sobre los votos de la xenofobia y el miedo.

Muchos fueron los diputados, senadores e invitados que se acercaron al Congreso para escuchar a León XIV, pero todos nos pudimos dar cuenta de que, en realidad, no llegaron a comparecer. Porque aquel día solo lo vimos a él. Y porque comprendimos que el verdadero acontecimiento no fue la llegada del Papa, sino el descubrimiento de que aquel lugar llevaba ya mucho tiempo vacío.

Un comentario en «En una liturgia inabarcable»

  1. “comprendimos que el verdadero acontecimiento no fue la llegada del Papa, sino el descubrimiento de que aquel lugar llevaba ya mucho tiempo vacío”.

    Excelente.

    Solo añadiría que sigue vacío. La vida política española es poco más que un reality mediático de una mediocridad insultante. De todos. En mi opinión.

Deja una respuesta