El fin del mundo conocido

Juanjo Cáceres

Muchas veces se ha debatido sobre si el fin de mundo se producirá mediante una estruendosa explosión o un silencio atronador. Los argumentos a favor de la explosión son numerosos y se encuentran bien avalados por décadas de proliferación nuclear, pero no es nada desdeñable tampoco lo del silencio, puesto que no son pocos los que sospechan que así se produjo el fin de esa especie tan añorada que conocemos como hombre de Neanderthal. El gusto que además compartimos los seres humanos y los animales por morir mientras dormimos o porque un sueño profundo preceda el instante anterior a nuestra defunción, abunda aún más en esa idea de que todo es mucho más silente de lo que a veces nos imaginamos.

Pero también es posible que el fin del mundo empiece ruidosamente y acabe mucho más silenciosamente. O que el ruido que se escucha sea pequeño en comparación con lo que realmente ocurre. Esto último, además, podría estar produciéndose actualmente. ¿Qué nos imaginamos que ocurrirá cuando el mundo se empiece a caer en pedazos? ¿Un accidente nuclear o todo un conjunto de avisos sutiles y diversos, repartidos por diferentes partes del mundo? Por ejemplo, guerras que se eternizan como si fueran una maldición, asesinatos indiscriminados en Minnesota, trenes que se salen de sus vías, gobiernos que todas las respuestas que ofrecen a los desastres y al caos pueden resumirse en impotencia e inactividad administrativa…

El mundo romano occidental presagió su fin al ver llegar ejércitos procedentes del mundo exterior que ocupaban sus tierras, sus villae y sus instituciones, pero en tiempos más sutiles, como los nuestros, hemos de lanzar nuestra mirada sobre lo que ocurre más sigilosamente. Unas pantallas que nos mantienen embobados. Una Inteligencia Artificial que deja nuestra presumible superioridad intelectual a la altura del betún. Unas nuevas generaciones que se imaginan que los impuestos son una forma de robo. La estigmatización del otro como norma. La rendición como única solución a los grandes problemas. El retorno al mundo de las apariencias, en detrimento del mundo real. Y, no menos importante, una decadencia total y completa de las organizaciones políticas, que las hace incapaces de analizar e interpretar con un mínimo de rigor la realidad, e iniciar alguna forma de proceder que tenga sentido y sea coherente con la misma.

El tema de Rodalies en Catalunya podría ser el mejor caso práctico de todo esto, porque integra como pocas cosas desmoronamiento de la infraestructura, incapacidad de mantener las prestaciones, actitud de “ventilador” y “sálvese quien pueda” de las administraciones y empresas implicadas y, como colofón, un Govern cuyas explicaciones y, lo que no es en modo alguno menor, forma de explicarse, están lejos de los criterios más elementales que deben marcar la relación con la ciudadanía. Si hoy preguntásemos a una Inteligencia Artificial como debemos abordar la crisis de Rodalies, respondería proponiendo un proceso ordenado, aparentemente coherente y luego ya veríamos si es eficaz o no. En cambio, las respuestas del Govern son confusión, ruido e inoperancia. Pero no se extraiga de ello que este es un problema del partido que gobierna: sobre la pregunta de si los partidos de la oposición, en este contexto, dan más pena que gloria o viceversa, creo que no puede plantearse duda alguna sobre cuál de las dos opciones es la correcta.

Pero ojalá solo fuera esto, ojalá el desplome del sistema público que hemos conocido solo se notara en un mal servicio, y no se notase también en horribles tragedias como la de Ademuz, en las numerosas formas de abandono institucional que manifiestan nuestras democracias y en el resurgimiento del individualismo extremo como único mecanismo de respuesta ante la adversidad y el desencanto. No está de más recordar, en estos momentos que justamente escuchamos al Gobierno central decir que está dando la cara, que este es un país donde la luz se evaporó repentinamente hace varios meses y que las explicaciones que se han dado al respecto son también muy vaporosas y sin responsabilidades claras, aunque de nuevo, hay unas infraestructuras que están entredicho.

Porque, en efecto, comunicar no es ponerse delante de un micrófono: es realizar un discurso donde se exponen unos hechos, se aclaran las causas y se proponen respuestas o soluciones. Es cierto que hay personajes como Trump que hablan sin cumplir ninguna de las tres condiciones y que transmiten consideraciones tan alejadas de la realidad, que solo pueden ser consideradas como falsas, pero eso no hace más explicable o justificable la ausencia de claridad y la puesta en duda de la transparencia que debe regir toda conducta pública.

Aunque quizás, volviendo al principio, estas conductas, estas dinámicas y estos efectos no sean más que otro signo sigiloso todo eso que nos va viniendo y que nos vuelve cada vez más preocupados, temerosos e infelices.

3 comentarios en “El fin del mundo conocido

  1. Francamente , no entiendo el hilo de este comentario apocalíptico en el que mezcla sus pensamientos sombríos con un plural – nuestras democracias- al parecer en pleno derrumbe.

    Le recomiendo las declaraciones de Teresa Ribera en Bruselas :

    “ «We live in the best place, especially if you are a woman. We have the strength and the skills, and we must give hope and build hope and fight against pessimism»

    A pesar de no ser santa de mi devoción , valoro sus palabras y la confianza en la UE que desprenden.

    Ánimo .

  2. Gracias por el articulo. Efectivamente vivimos en un mundo que cada vez es más diferente al del día anterior. La AI (almost intelligent), las fake news… y creo yo que más de un Neanderthal he visto pasar ya.

    Cada vez menos libros. Kafka se ha convertido en un escritor costumbrista

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