Soufflé emocional

Arthur Mulligan

El desgaste del Presidente se hace cada día más transparente, más indisimulado y mucho más predecible porque no se oculta; no aspira a ser creído ni a convencer a fuerza de repeticiones toscas de sus trucos, como la envoltura de los problemas en cajas de muñecas rusas siempre iguales a sí mismas pero en diferentes tamaños que satisfagan los egos en presencia, desde los liliputienses podemitas vanidosos hasta los dignísimos representantes de la Cataluña eterna y levítica; desde los armadores de flotillas happyflowers hasta los jóvenes airados de barricada pret a portè.

Y detrás de cada columna la amenaza del encontronazo casual con uno o dos vascos que vegetan esperando revitalizarse con la gestión de los aeropuertos locales o la última transferencia de moda en Cataluña.

Pero el ferrocarril son palabras mayores, tanto como un portaviones para una flota o la extensión de España para los españoles. Por eso mismo ha sido y deberá seguir siendo un orgullo para todos, que es lo mismo que decir que se encuentra en relación íntima con nuestro PIB, una parte del cual se gasta el Estado español, exactamente el 39% en 2007 que se convirtió en el 46% en 2022.

Por desgracia, la inversión pública ha caído desde el 5% del PIB hasta el 2% en el mismo periodo, con el agravante de que las infraestructuras son determinantes para seguir generando PIB e ingresos públicos para pagar pensiones, sanidad, educación y dependencia, pero ni les estamos dando la prioridad que merecen, ni estamos invirtiendo el dinero necesario para mantenerlas. 

El AVE es un tren sofisticado y su mantenimiento, como estamos conociendo, extraordinariamente caro y más caro aún después de la liberalización del tráfico a otras compañías.

Es en este contexto en donde se ha producido la tragedia, hondamente sentida, del accidente de Adamuz, porque en algún momento cada uno de nosotros podemos tomar un transporte público máxime cuando se nos dice que es el más seguro y, en conjunto, las cifras acreditan esa información. Por eso hemos seguido con mucha atención las causas que han producido este accidente y la gestión de los daños por las administraciones concernidas.

Resulta, sin embargo, que nos encontramos con que la principal de ellas en esta crisis sufre una crisis de credibilidad por qué no aparece como un ministerio, especialmente preocupado por criterios técnicos. El ministro anterior está encarcelado a la espera de juicio, su compañero de celda hasta hace poco, nombrado Consejero de Renfe; la expresidenta de Adif imputada; la compañera sentimental del ministro, colocada; más sospechas de nepotismo en varias empresas públicas; más graves sospechas en adjudicaciones de obras públicas; más sospechas de nombramientos de amigos, ya bajo el mandato del ministro Puente, 

porque este ministro no se distingue precisamente por su experiencia ni por el uso del criterio técnico a la hora de comunicarse con los ciudadanos sino por convertir las desgracias nacionales en motivos de enfrentamientos.

Es un ministro faltón, insultador, que ha recibido a presión unas explicaciones técnicas que exceden con mucho su capacidad de no equivocarse y mucho más aún de rectificar con soltura sus meteduras de pata.

Por el contrario, discute con acreditados peritos frente a la cámara desde su ignorancia supina convirtiéndose en un espectáculo desalentador para los espectadores asociado con el previsible dolor para los familiares de las víctimas.

Después se atreve a proponer indemnizaciones actuando de parte y levantando justificados recelos cuando todavía sus hipotéticos beneficiarios se recuperan de la conmoción por el duelo.

No manejan bien las crisis que se superponen y cada vez cometen más errores. Las encuestas no se mueven (son doscientos diputados). Tampoco los vagones de Rodalies. Toca esperar mientras el país pierde oportunidades y se empobrece. Recuerden las cifras. Esto si es un soufflé emocional.

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