Homenaje a mi madre

Melinda  
  
Sentía una pena, una tristeza que me llegaba como un ruido de fondo, monótono, de origen desconocido. Pero pronto se me reveló como añoranza de mi madre, como un  duelo por su pérdida. La echaba de menos. Me di cuenta, con crudeza, de lo que la muerte es capaz de arrebatarnos.
  
Al tiempo, podía experimentar a mi madre como vida dentro de mi, como parte de mi misma. Con ella aprendí a sentirme cercana a los demás, a necesitarlos, a sentir ternura y amor infinito, a desear que me cuiden y a cuidar a otros.
  
Sin embargo, una tristeza sorda me invadía  por su ausencia en aquel preciso momento y un deseo grande de que pudiera estar a mi lado, que me arropara con su mirada benevolente y de plena satisfacción conmigo, de poder mostrarle a mi hijo, a quien apenas conoció… 

Entonces, a pesar de que la lleve dentro, me oprime una punzada de dolor al reconocer a la muerte como la nada, la no existencia, la ausencia total de un ser tan querido, que te dio la vida y compartió la suya contigo, y que, queriéndote, te enseñó a querer y a ser quien eres.