Tres de azúcar en el café, la vida ya es bastante amarga

Julio Embid 

El té es una infusión de hojas molidas aderezada con otras hierbas y especias. Se calcula que  en un día se toman alrededor de 1.500 millones de tazas de té en el mundo. Yo mismo contribuyo con al menos dos al día. Existen verde, blanco, oolong, fermentado, roiboos, rojo y negro (mis favoritos estos últimos en su combinación cenetera). A pesar de su origen asiático, es el símbolo imperial británico que fue sustituyendo poco a poco el consumo de ginebra entre sus clases altas por esta bebida de menor resaca, y más tiempo de consumo y palique que un copazo. Es también el símbolo de la Revolución Americana, ya que tras un calentón por la enésima subida de impuestos en 1773, los colonos empezaron a comprar té a los neerlandeses y eso enfadó mucho a Su Graciosa Majestad, pero mucho más a Mel Gibson y terminó como todos sabemos. O say, can you see, by the dawn’s early light.

Pues bien si el Té fue un símbolo de la Revolución y la búsqueda de libertades y derechos, hoy es un símbolo de la Reacción y el retroceso al siglo XVIII. El Tea Party es el movimiento ultraconservador más importante de los Estados Unidos, fundado el año pasado y que amenaza con hacer volver al país más poderoso de la Tierra a los valores prerrevolucionarios. El grupo surgió como protesta contra las reformas de Obama y tiene unos valores ultraconservadores en lo social y moral, y libertarios en lo económico. Más de lo mismo. Lo nuevo es su apoyo de masas, su presencia en los medios (y ya no solo en la FOX o en las tertulias de Limbaugh, sino también hasta el NY Times les da bola) y su organización horizontal y asamblearia a través de la red. Las cabezas visibles son dos: Newt Gingrich, georgiano y antiguo speaker de la Cámara de Representantes y por supuesto Sarah Palin, alasqueña,  antigua candidata a vice y lehendakari de ultramar.

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