¿Nos estamos volviendo todos tontos?

Lobisón 

Esta es una exclamación cada vez más frecuente de mi hija mientras vemos las noticias en televisión, y es algo que agradezco mucho, pues hasta hace bien poco yo era el único que perdía la parsimonia al escuchar los disparates que hacen algunos seres humanos o la forma bastante discutible en que se nos da la información. La última muestra fue la presentación de una encuesta en la que se sugería una simetría entre la presencia de crucifijos en las aulas y el uso del dichoso hiyab por algunas alumnas, como si la confesionalidad de las personas fuera equivalente a la confesionalidad de un espacio público, ay señor.

Pero la pregunta viene al caso al observar la forma en que los medios conservadores y los tertulianos y comentaristas de la caverna consiguen imponer su agenda incluso a autores a los que se presupone y se consideran progresistas. Hace dos fines de semana dos de estos autores, en El País, arremetían contra el supuesto intento de las feministas más enloquecidas, y  del Ministerio de Igualdad, de censurar los cuentos infantiles a causa de los arquetipos de género que éstos contienen.

El razonamiento de ambos autores era el mismo: una cosa es que yo sea progresista y otra que se pueda aceptar esta muestra de simpleza, maniqueísmo, oscurantismo, estrechez de miras, etc., etc. Lo malo es que se trataba de un invento de la caverna, amplificado por sus medios habituales hasta que todo el mundo pudo permitirse el lujo de opinar sobre un estudio que no se conocía pero que sonaba alarmante y ofensivo. El estudio sólo señalaba algo obvio —los cuentos infantiles clásicos están fechados en un tiempo y una sociedad determinados— y recomendaba tenerlo en cuenta en la escuela.

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