Déficit y estímulos

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El pasado viernes por la noche se nos apareció a los espectadores en TVE un economista, muy limpio y articulado, de la fundación Fedea. Era la noche del shock por los cinco millones de parados, y los tertulianos le preguntaron por la posibilidad y necesidad de estímulos para relanzar la economía. El economista, con un toque muy británico, respondió que los economistas —no dijo ‘algunos economistas’, para evitar fisuras— tienen reservas respecto a los estímulos, y recomendó reformas estructurales, en especial de la contratación colectiva.

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Serenidad

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En tiempos difíciles conviene mantener la serenidad, especialmente si no hay razones para creer que las dificultades tienen remedios sencillos. Casi todo el mundo es consciente de que los problemas del PSOE no tienen fácil solución, por un lado porque está demasiado próxima la catastrófica derrota electoral, y por otro porque pasará algún tiempo antes de que pierda credibilidad el latiguillo de ‘la herencia recibida’ por parte del PP. Por cierto, una cosa es que ese mensaje vaya a perder eficacia y otra que dejen de recurrir a él: como demuestra la historia del 11-M, no van a faltar medios de comunicación inasequibles al desaliento.

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El PP contra las descargas

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Una de las primeras cosas que ha hecho el nuevo gobierno ha sido aprobar el reglamento de la ley Sinde contra las descargas, que entrará en vigor en marzo. El escándalo de los internautas profesionales ha sido en cierta forma divertido. Creían —o fingían creer— que la oposición del PP a la ley era algo más que demagogia electoral. El gobierno ha abolido también el famoso canon sobre los productos susceptibles de ser utilizados para la copia privada de películas o música —cuya concepción era probablemente un disparate, entre otras razones porque ya nadie copia en CDs o DVDs— y buscará otra forma de compensar a los autores, con impuestos que pagarán todos los españoles, independientemente de que tengan o no ordenador o acceso a internet.

También resulta divertida la forma en que el nuevo ministro, José Ignacio Wert, justificó la medida. En vez de hablar de defensa de los intereses de los autores, dijo que era la única forma de que se tome en serio a la cultura española. O sea, la única forma de que dejen de pasar vergüenza los representantes del gobierno cuando en reuniones internacionales les echan en cara lo de que España es el paraíso de las descargas sin pago. Sospecho que las cifras que se manejan al respecto son exageradas o inventadas, pero la ausencia de una ley que las limite o las castigue hacía muy fácil a los lobbies del cine o de la música la intoxicación contra la ‘negligencia’ del gobierno español.

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Esperando el fin del mundo

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De vez en cuando uno cree atisbar almas hermanas con las que podría sintonizar fácilmente: la premio nacional de historia, Isabel Burdiel, recomienda a los líderes políticos la lectura de Algo va mal, del desaparecido Tony Judt, junto con las columnas de Krugman y Stiglitz; el economista jefe de Intermoney, José Carlos Díez, se lamenta en la tertulia nocturna de TVE de que las concepciones económicas supersticiosas de Angela Merkel son unánimemente compartidas por la academia alemana; Frans van der Broek muestra su desolación ante un invierno finés sin nieve.

Pero la orquesta sigue tocando en la cubierta de primera clase del Titanic. Los ejecutivos del Ibex ganan en un mes lo que el Rey en un año, la desigualdad crece y los empresarios ya han logrado su primer objetivo para la creación de empleo: congelar el salario mínimo, mira tú por dónde. ¿Qué dirán los ministros del Eurogrupo si Europa entra en recesión? ¿Qué es un problema de falta de austeridad? El pobre José Carlos Díez insistía en que Alemania sólo tiene un voto en el Consejo Europeo —podrían ser cuatro o cinco contando con sus aliados luteranos—, pero nadie se atreve a imaginar una votación sobre la emisión de eurobonos, por si se rompe Europa. Que la rompan los mercados si quieren, pero nada de enojosas peleas políticas o enfrentamientos de Merkel con el Tribunal Constitucional de Karlsruhe.

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Austeridad y desigualdad

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La alternativa que se ha perfilado en la cumbre del 9 de diciembre del Consejo Europeo es una refundación de la UE que en principio podrían suscribir todos los países miembros excepto el Reino Unido. Se trata de crear mediante un tratado internacional una UE en la que los Estados se comprometerán a introducir en sus textos constitucionales una regla de oro del déficit y para la contención de la deuda. Las nuevas reglas modificarán la forma de gobierno de la eurozona y servirán para llevar los presupuestos nacionales hacia un mayor equilibrio. La pregunta evidente es si este aumento de la ‘gobernanza fiscal’ es el único mensaje que se pretende enviar a los mercados o si, en cambio, es la condición para pasar a una fase distinta.

Los asesores de Merkel han dado entender en varias ocasiones que una mayor gobernanza económica en la eurozona sería necesaria antes de pensar en un papel más activo del BCE frente al encarecimiento de la financiación de los países periféricos. Por mayor gobernanza (gobernanza reforzada) se entiende ante todo un mayor compromiso para limitar el déficit, formalizado en la misma constitución de los países miembros, siguiendo el ejemplo alemán, e introducción de mecanismos de automáticos de sanción para los países incumplidores. En suma, se trataría de impedir que el respaldo del BCE se convirtiera en un cheque en blanco para los países incumplidores.

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Impotencia

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Al abrir el diario en Internet la primera noticia es que las empresas se están preparando para la desaparición del euro, o al menos Reuters les está preguntando por sus planes al respecto. Al lado, nos explican que la reunión de los ministros de finanzas de la Eurozona fue un nuevo gatillazo, y que lo mejor que se les ha ocurrido es recurrir al FMI para reforzar el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera. Eso sí, todos están de acuerdo en que lo que suceda en los próximos días puede ser decisivo. El resultado es que el ciudadano de a pie siente una gran impotencia, similar a la que puede que sintieran muchos europeos en el verano de 1939.

En este contexto lo único positivo —o al menos divertido— es el razonamiento de Jacques Attali en Euronews: para sacar el bazuca y comenzar a comprar masivamente deuda de los países en riesgo, en el mercado secundario, el BCE no necesita autorización de nadie, y si Mario Draghi no toma inmediatamente esa decisión el euro puede desaparecer, y con él su muy  respetable puesto de trabajo como presidente de dicha institución. Quizá éste sea un buen razonamiento para que se atreva a tirarse de una vez a la piscina. Pero cabe temer que también él necesite sentir el calor de las llamas en carne propia antes de mostrar audacia.

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Qué emocionante es todo esto

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Las bolsas siguen bajando, la prima de riesgo dando sacudidas, y el presidente electo, Mariano Rajoy, pospone cualquier anuncio claro sobre su gobierno y sobre lo que piensa hacer hasta el momento de la investidura. Eso es lo que se llamaba con cierta sorna, durante el período anterior, administrar los tiempos. Pero, mientras el público en general adivina lo que puede salir de todo esto, los mercados —es decir, las agencias calificadoras y los intermediarios financieros— exigen anuncios inmediatos. Lo malo es que cuanto más los posponga, más insuficientes pueden parecerles, y que llegado el momento le exijan más sangre.

En su habitual tono de sentido común —mejor o peor informado—, Rajoy ha hablado de pedir a Bruselas y a Fráncfort apoyo para dar liquidez a las empresas y terminar con la sequía de crédito. Sería una buena idea, si alguien quisiera oírla. Más aún, el expresidente Aznar dijo anteayer que la actuación del Banco Central Europeo puede ser necesaria para evitar una catástrofe. Hablaba de la compra de deuda en el mercado secundario, pero a partir de ahí el BCE se puede plantear avalar la deuda en euros o introducir los tan ansiados eurobonos, o ambas cosas. ¿Será posible que a estas alturas Aznar esté llegando a la lucidez en este terreno? ¿Tan mal están las cosas?

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Confianza

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Frente al nuevo subidón de la prima de riesgo, Mariano Rajoy ha anunciado que si gana las elecciones su plan es restaurar la confianza externa e interna. No ha dicho cómo piensa hacerlo, y eso nos deja con varias dudas. A su favor juega el principio de que los inversores pueden confiar más en un gobierno conservador que en un gobierno socialista, y que muchos electores también creen que es mejor un gobierno de derecha para gestionar una crisis (el propio Rajoy, en cambio, suscita poca confianza incluso entre una buena parte de sus electores).

El problema podría surgir si ese efecto inicial fuera insuficiente para refrenar a unos mercados de deuda claramente desbocados y muy poco previsibles. Los manuales dicen que en estos casos lo que procede es anunciar un paquete contundente de medidas que muestren ambición y arrojo político por parte del nuevo gobierno. Para ello debería existir ya un plan un poco elaborado, que tendría que ir más allá de las vaguedades apuntadas en el programa electoral del PP y durante la campaña.

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El sobresalto griego

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El pánico que ha provocado el anuncio de referéndum en Grecia sobre las condiciones del rescate pactadas por la UE ha demostrado varias cosas. La primera, inesperada pero bastante previsible, es que Yorgos Papandreu, sometido a las presiones de la troika (la Comisión, el BCE y el FMI) y enfrentado a una fuerte y a veces violenta resistencia social, ha terminado por perder la chaveta.

Ciertamente hay un orden en su locura: pretende que la oposición griega deje de lavarse las manos. Pero el órdago del referéndum no sólo parece que va a provocar elecciones anticipadas, sino que ha dividido al PASOK y además probablemente le convierta a él, hasta ahora objeto de casi universal simpatía por la que le había caído encima, en blanco de la ira de todos los gobernantes europeos, nacionales o de la Comisión.

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¿Para qué sirve una papelera?

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En su crítica de la mitificación del liderazgo (el día 25), José S. Martínez señalaba que tal y como están las cosas el PP también podría ganar las elecciones si su candidato fuera, en vez de Rajoy, una papelera. Algo de eso hay, claro, pero conviene subrayar los inconvenientes que podría tener la elección de una papelera para la presidencia del Gobierno. Sin ignorar por ello sus ventajas: normalmente las papeleras están diseñadas de tal forma que tienden a ser muy estables, para evitar sobresaltos a los usuarios.

Pero por eso mismo las papeleras no son proclives a cambiar de opinión, por mucho que cambien las circunstancias, contra lo que John Maynard Keynes consideraba propio de los seres racionales. Es más, normalmente las papeleras, aunque existen modelos más o menos transparentes, son poco dadas a expresar sus opiniones, por lo que a lo más se las puede uno imaginar hurgando en lo que contienen.

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