El mundo al revés

Millán Gómez

El período de falta de libertades y persecución al disidente conocido como franquismo tiene a su primer acusado ante la Justicia. Y no, no se va a sentar ni Franco ni Carrero Blanco ni Fraga ni ningún otro dirigente franquista. No. El primero será el magistrado de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón, prueba irrefutable de que en este país algo funciona mal. Garzón, otrora modelo profesional para la derecha española, se sentará en el banquillo de los acusados por un presunto de delito de prevaricación por declararse competente para investigar los crímenes cometidos durante la dictadura. Al magistrado se le acusa de prevaricar, es decir, dictar una resolución a sabiendas de que es injusta.

Una acusación formada por símbolos democráticos del calibre del sindicato ultraderechista Manos Limpias, Falange Española de las JONS, etc. conseguirán su tan ansiada foto: por fin verán a Garzón sentarse en el banquillo de los acusados. Todo un triunfo propagandístico para ellos y una derrota en toda regla de la democracia española y de la dignidad de una sociedad moderna. El rencor hacia Garzón por compañeros suyos de profesión y el odio que le profesan ciertos dirigentes de la derecha española por destapar el conocido como caso Gürtel, la mayor trama de corrupción política en la joven democracia española, han servido de materia prima para crear una bola de nieve que ha ido aumentando hasta conseguir su objetivo. Que Garzón sea condenado o no es importante pero no decisivo, el fin básico era conseguir esa instantánea para mayor gloria de los nostálgicos que siguen pululando por nuestras calles sin mayor problema. Estos residuos cobran protagonismo sentando un precedente preocupante para nuestra convivencia. Han ganado.

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