Mi abuela, Platón, Coomaraswamy

Frans van den Broek 

Si bien no puedo estar seguro de ello, creo que mi abuela no habrá escuchado hablar jamás de Platón. Las apariencias engañan, sin embargo, y también es probable que su curiosidad, que era robusta, aunque comedida, la haya llevado a leer por algún lado sobre el filósofo griego y hasta a interesarse por su vida, pero si debo atender a los hechos, no es común que una mujer de un pueblo perdido de los Andes del Norte del Perú, que al momento de nacer ella, el año 1910 o 1911, aún permanecía en el siglo diecinueve, y con apenas estudios primarios, haya tenido conocimiento de algo tan exótico como Platón. No le hubiera hecho falta tampoco, pues lo que requería su familia de ella era que trabajara desde muy temprano, y para satisfacer esta necesidad escogió o le escogieron el arte por el que la región donde nació es conocida, esto es, la tejedura de sombreros de paja. Su familia era pobre, por supuesto, pero con la pobreza serrana de aquellos pueblos, que no es la de las barriadas o los amontonamientos de las grandes ciudades. Jamás descendieron en la miseria y lograron sobrevivir de manera decente, con dificultades y privaciones, pues los sombreros se vendían y algo daban, y su calidad era reconocida en los alrededores. Mi abuela llegó a hacerse una verdadera artista de los sombreros, y está documentado que alguna vez ganó un premio regional por la calidad de su tejido, y hasta hay una leyenda que hace llegar alguno de sus sombreros a los escalafones más altos del gobierno, comprado por alguien del pueblo que había ascendido en la escala social. Tuvo que trabajar duro para sobrevivir, pero con sus manos, con su arte, llegó a criar cuatro niños, todos los cuales consiguieron educación superior y uno de ellos, mi tío Elí, sí llegó a conocer a Platón, pues se hizo profesor de filosofía en la universidad de San Marcos, la más antigua del Perú. E hizo todo esto sin ayuda de nadie, pues los hombres de aquel entonces –como muchos hombres de ahora-, hacían hijos y se largaban o los hacían estando casados, de modo que mi abuela fue lo que ahora llaman una madre soltera, y que entonces era de lo más común para la gente humilde, pues eso de matrimonios y fiestas y alharacas era para los ricos. No sé si llamarla una feminista avant la lettre, pero sí que hubo de vivir al margen de las convenciones burguesas y las expectativas de su propia religión, víctima de engaños y decepciones cuyo recuerdo siempre me entristece o indigna, pero no la escuché quejarse jamás, ni una sola vez. Tenía un talante serio más bien, y un genio temible a veces, y sus hijos cuentan hasta ahora con risas los castigos a los que los sometía para enseñarles las normas básicas de la civilidad (como “sobarles la badana”, dicho en el español antiguo propio de su pueblo, esto es, fajarlos a correazos), castigos que la harían merecedora en estos días de alguna sentencia judicial. Sus hijos, sin embargo, siempre la adoraron, y recordaré siempre con gratitud su semblante mestizo, su actitud digna, serena, su caminar espigado, y hasta su carácter fuerte que nos hacía temerla cuando se enojaba, lo que no ocurría a menudo, por suerte, sin el cual no hubiera podido sobrevivir.

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