Carlos Hidalgo
Yo quería hablar de la desclasificación de los papeles del 23F, que acabó coincidiendo con la muerte de teniente coronel que fue la cara del golpe. Una desclasificación que nos trajo pocas novedades, aparte de saber que la esposa de Tejero le llamó de todo por su participación en el golpe y la posterior gestión de su fracaso. Si no hubiera pasado nada más y me hubiera dedicado a escribir en esta entrada solo acerca de la desclasificación, la hubiera titulado “la desclasificación del gilipuertas”, por usar solo uno solo de los apelativos que dirigían a Antonio Tejero los miembros de su familia.
Pero no ha podido ser. Tras unas negociaciones entre EE.UU. e Irán que parecían ser prometedoras, pero que han resultado ser un paripé, los gobiernos de Trump y de Netanyahu han decidido realizar una campaña de bombardeos masivos en Irán, con el objetivo de desestabilizar a la república islámica y de matar o incapacitar a la mayor parte de sus líderes. Y así ha sido.
En la mañana de ayer teníamos la confirmación de que el ayatolá Ali Jamenei, sucesor del fundador del régimen teocrático iraní, Jomeini, había muerto como consecuencia de los bombardeos. Y junto a él, otro medio centenar de importantes cargos o miembros del sector más duro del régimen chií, como el ministro de defensa, el responsable de la Guardia Revolucionaria Islámica e incluso el expresidente Mahmoud Ahmanideyad.
Los israelís calculan que, si la campaña dura un poco más, el régimen perderá la capacidad de reprimir las protestas como venía haciendo los últimos 50 años. Pero tampoco está nada claro qué puede pasar después, porque no hay una oposición organizada en el interior del país, ni la de exilio tiene apoyo o capacidad para impulsar un cambio de régimen. De hecho, antes del ataque la CIA desaconsejaba matar a Jamenei porque todos sus datos indicaban que la muerte del ayatolá, aparte de convertirle en un mártir, solo lograría que el sector más intransigente del régimen le sustituyera por alguien más dispuesto a reprimir a la población y a redoblar las acciones hostiles a occidente que Irán desempeñaba en todo el mundo.
Está por ver hasta qué punto esto debilita o noquea al régimen iraní, lo cual tendrá repercusiones en todo Oriente Medio, una zona que ya sabemos que no es conocida especialmente por su estabilidad. Irán, como actor regional, era un contrapeso no solo para Israel, sino para todos los países árabes a su alrededor, especialmente Arabia Saudí. Los iraníes no son étnicamente árabes, sino persas y la rama del Islam por la que se rigen no es la mayoritaria sunní, sino la chií, que es considerada por las ramas más radicales de los sunníes como herética.
Además, Irán controla el estrecho de Ormuz, que es clave para el comercio de petróleo al transitar por él el 20% del suministro mundial. Y ese estrecho, desde que comenzaron los bombardeos, se encuentra actualmente cerrado. Así que esta semana que comienza va a ser tormentosa en lo que al mercado de la energía se refiere, salvo que Israel y EE.UU. consigan forzar la apertura de dicho estrecho.
A Rusia esto tampoco le ha hecho mucha gracia. El papel de Putin como garante de la seguridad del régimen iraní ha saltado por los aires y todo esto le ha dejado bastante en ridículo. Aparte de un tema no menor: a diferencia de la extinta URSS, la Rusia de Putin no inventa, ni innova; solo compra lo producido en el exterior y le cambia la marca por una rusa. Esto ha pasado con casi toda su industria pesada y pasa con su industria de drones. La mayor parte de los drones que Putin lanza contra Ucrania son iraníes que, o bien son comprados directamente, o se montan en Rusia con licencia de Irán.
Las represalias de lo que quede del régimen de los ayatolás (que por ahora es bastante) y de sus simpatizantes y grupos satélites, aún están por verse, pero el cierre de Ormuz ha dejado claro que piensan hacer todo el daño que puedan, ya sea como defensa, como venganza, o como ambas.
Trump, el presidente que quería coger un Nobel de la Paz por la fuerza, que se inventa haber acabado con guerras que no conoce y que prometió que huiría del intervencionismo de sus predecesores para reinventar la doctrina Monroe de “América para los americanos”, ha incurrido en una contradicción más. Y, aparte de tener que lidiar con el descontento de parte de sus seguidores, tendrá que lidiar igualmente con la legalidad de su ataque, pues es el Congreso de los Estados Unidos quien tiene que autorizar cualquier acto de guerra, por eso él mismo y los miembros de su gobierno evitan decir “guerra” y sería hasta gracioso que lo calificaran de “operación especial”, como hace Putin con su igualmente ilegal invasión de Ucrania.