Sin plan, sin objetivo

Carlos Hidalgo

Llevamos más de una semana de ataques a Irán y está todo lleno de contradicciones. Tras matar al ayatolá Jamenei, una semana después nos enteramos de que ha sido sucedido por el ayatolá Jameni (hijo).

Mientras que Trump y Hegseth hacen declaraciones bravuconas, insistiendo sin parar en que están en guerra, llegando a decir tonterías como que Estados Unidos está en guerra con Irán desde 1949, los representantes y senadores republicanos evitan la palabra guerra a toda costa. Entre otras razones, porque la Constitución estadounidense deja muy claro que solo el Congreso de los Estados Unidos puede autorizar que el país entre en guerra y, claro, después de rechazar una moción de los demócratas para limitar los poderes del presidente en el asunto de Irán de acuerdo con la Constitución, decir la palabra “guerra” dentro del Capitolio evidenciaría que Trump, una vez más, ha actuado de espaldas a las leyes fundamentales del país que gobierna.

Dentro de las cosas que aparentemente tampoco se pueden decir, es que siete militares estadounidenses han muerto. Aunque el Pentágono ha confirmado las muertes y Trump ha asistido (tocado con una gorra de béisbol de propaganda) a la repatriación de seis de los siete fallecidos, tanto Hegseth como la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, han interrumpido entre gritos a los periodistas que preguntaban sobre el tema, diciendo que solo “querían dejar mal al presidente”.

Tampoco está claro cuáles son los objetivos de Estados Unidos en este conflicto. Trump ha ido diciendo uno diferente cada vez que se le ha preguntado acerca del tema; evitar que Irán tuviera armas nucleares, evitar una posible represalia contra los EEUU por un ataque de Israel, vengarse por un supuesto intento de asesinato que estaría planeando un comando iraní, controlar el petróleo de la región o incluso nominar al sucesor de Jamenei.

Pete Hegseth, secretario de Guerra, y el propio Trump mantienen que van a ganar la guerra (recordemos que ellos sí que dicen la palabra) simplemente mediante bombardeos y sin desplegar tropas sobre el terreno. Lo que pasa es que, mientras que los estadounidenses están agotando su arsenal y las empresas de defensa se lamentan de que no pueden producir misiles y bombas al ritmo al que son lanzadas, los iraníes están racionando las suyas y disponen de abundantes drones de ataque, considerablemente más baratos que los misiles que se usan para interceptarlos.

Además, los recortes del famoso DOGE de Elon Musk han dejado al Departamento de Estado sin recursos para repatriar a los cerca de 8 000 estadounidenses que siguen atrapados en la zona, que están a merced de carísimos vuelos privados o de que les evacúen contratistas privados de seguridad.

Mientras tanto, los engranajes del régimen iraní siguen girando. Aparte de encargarse de reponer a los cargos muertos en el primer ataque, sus cuerpos represivos siguen manteniendo las opresivas leyes de los ayatolás, la gente no se ha levantado en armas contra la tiranía y hasta los kurdos se lo están pensando.

Irán, en su respuesta, está represaliando al resto de países del Golfo y sigue cortado el acceso al estrecho de Ormuz, cortocircuitando el comercio de petróleo que, en el momento en el que escribo estas líneas, ya ha superado los 100 dólares por barril.

Israel, por su parte, tampoco tiene problemas en extender el conflicto y ha vuelto a cerrar Gaza y está atacando también al Líbano, por lo que las acciones bélicas, lejos de estar contenidas, parece que se están yendo de las manos. Tal vez no para Israel y para Irán, pero sí para los Estados Unidos.

Los dos recursos claves de la zona: plantas petroleras y de desalinización, de las cuales dependen casi toda el agua potable de la zona, ya están siendo atacadas.

Este progresivo descontrol está afectando al resto del mundo, arrastrándonos a un conflicto que no deseamos, siguiendo con su rosario de destrucción, muertes y sin que los que lo han iniciado parezcan querer ponerle freno, entre otras cosas porque no saben lo que quieren lograr con esto, aparte de engordar su vanidad personal y distraer la atención de sus problemas personales.