No hay victoria sin objetivos

Carlos Hidalgo

En su tratado “De la Guerra” (1832) Carl Von Clausevitz acuñó la famosa frase de que la guerra “es la continuación de la política por otros medios”. El prusiano sacó esa conclusión tras estudiar las campañas napoleónicas y deducir que la guerra no tiene sentido por sí misma, sino que ha de estar subordinada a lograr objetivos estatales, fijados por los políticos y no por lo militares, cuando otros medios, como los diplomáticos, no bastan para lograrlos.

Un siglo más tarde Michel Foucault expresó la tesis contraria: que la política es la continuación de la guerra por otros medios.

Los militares contemporáneos se adhieren a la tesis de Von Clausevitz, mientras que hay políticos que creen en la descripción más cínica de Foucault.

Donald Trump no ha leído ni a uno, ni a otro.

Uno de los pocos libros que sí que nos consta que ha leído el presidente estadounidense es “Mi Lucha”, de Adolf Hitler. En él, la guerra es la conclusión lógica de teorías raciales seudocientíficas, de la nefasta concepción de la geopolítica de Ratzel y Haushofer, que hablaban del “espacio vital” de las naciones étnicas y de una deforme parodia colonial del darwinismo, en la que las civilizaciones o “razas superiores” habrían de esclavizar e imponerse a las inferiores para disponer de los recursos de sus territorios.

En la guerra sin objetivos en la que Trump y Netanyahu se han metido en Irán no caben ni Clausevitz ni Foucault y creo que Hitler tampoco estaría convencido del todo. Las erráticas declaraciones de Trump y su gabinete dan a entender que no saben qué es lo que quieren conseguir tras tres semanas de guerra. Y no puedes ganar una guerra si no sabes qué es lo que quieres lograr con ella.

Una guerra que ha terminado por derribar un orden internacional que en gran parte había sido diseñado por los propios Estados Unidos tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y que, además, les beneficiaba. Sus aranceles (ilegales y arbitrarios) están debilitando su posición en el mercado mundial y ralentizando su economía, sus redadas contra inmigrantes (racistas, arbitrarias e ilegales) están debilitando su mercado interno y encogiendo la creación de empleo.

Y esta guerra sin objetivos ha dilapidado unos arsenales estadounidenses que no estaban preparados para una acción sostenida en el tiempo y basados en el uso puntual de armas de alta tecnología, no en enfrentarse a un enemigo con un arsenal virtualmente ilimitado de armas baratas y que pueden construirse en cadenas de montaje, mientras que sus contramedidas estadounidenses e israelíes, como los sistemas “Patriot” o la famosa “Cúpula de Hierro” israelí se basan en misiles que cuestan cerca de un millón de dólares la unidad y que tardan muchos meses en reponerse, no semanas, como los drones. Se estima que cada activación de la “Cúpula de Hierro” cuesta alrededor de mil millones de euros. Y los Estados Unidos, según los propios cálculos del Departamento de Defensa (autoproclamado “de la Guerra” sin autorización del Congreso), están gastando otros mil millones diarios desde que empezaron las operaciones.

Como los iraníes sí que tienen objetivos, siendo uno de ellos causar el máximo desgaste al enemigo, están aprovechando para dañar al resto de países del Golfo y han cerrado el Estrecho de Ormuz a todo barco cuyo armador pueda ser sospechoso de proveer a los Estados Unidos. Y causando de paso una crisis económica y energética mundial.

Ahora Trump dice que el objetivo de la guerra es reabrir el Estrecho de Ormuz, aunque luego nieguen que esté cerrado. Y, de esta manera, tratar de presionar a unos aliados a los que Trump ningunea, amenaza, desprecia y humilla en cuanto tiene ocasión, que no tienen ningún interés en involucrarse en esta guerra y a los que el Premio FIFA de la Paz espera arrastrar una vez que el cierre de Ormuz haga sufrir sus economías.

Trump ha debido creer que en Irán tendría la misma suerte que tuvo con Venezuela. Pero mientras que el régimen de Maduro era (y es, porque Trump lo mantiene) una gigantesca chapuza envuelta en corrupción donde nada funciona; el régimen iraní es una teocracia totalitaria dominada por un aparato militar y represor que ha logrado imponerse a los clérigos, con la experiencia de 50 años enfrentados al resto del mundo y a sus propios ciudadanos, cuyas condiciones son hoy aún peores que hace un mes, lo cual es absolutamente devastador.

Ahora Trump espera que los demás le hagamos su trabajo. Y luego querrá reclamar Groenlandia.