Mira hacia arriba

Julio Embid

Cuando lea esta columna, cuatro astronautas, tres estadounidenses de la NASA y uno canadiense de la Agencia Espacial Canadiense, estarán a punto de cruzar los cielos a bordo de la nave Orion, en la misión Artemis II, con rumbo a la Luna. Será la mayor aventura de la humanidad en los últimos sesenta años. La nave se alejará de la Tierra hasta cerca de 400.000 kilómetros de distancia, bordeando la cara oculta de la Luna antes de regresar. Una distancia mil veces superior a la que separa la Estación de Canfranc de Galáctica, el observatorio de Arcos de las Salinas. El viaje durará diez días y servirá para comprobar los sistemas de la Orion en el espacio profundo, recopilar datos sobre los efectos de estos desplazamientos y preparar el regreso del ser humano a la superficie lunar.

La tripulación está formada por el comandante Reid Wiseman, el piloto Victor Glover, la especialista de misión Christina Koch y el especialista de misión Jeremy Hansen. Su nave pasará a apenas 7.400 kilómetros de la superficie lunar antes de iniciar el camino de regreso, en una trayectoria que no se recorría desde los tiempos de las misiones Apolo.

Nuestra especie posee una audacia y una inteligencia que no se encuentran en ninguna otra. Desde su origen en África, el Homo sapiens fue capaz de expandirse por todo el planeta durante milenios, adaptándose a todo tipo de entornos, multiplicándose hasta superar los 8.000 millones de personas y transformando profundamente la Tierra. Hemos construido puentes sobre ríos, túneles bajo montañas e incluso bajo el mar. Hoy podemos dar la vuelta al planeta en apenas un día en avión, cuando al personaje de Phileas Fogg, en la novela de Jules Verne, le costó ochenta. Y a la expedición de Juan Sebastián Elcano, culminando el viaje iniciado por Fernando de Magallanes, le llevó tres años completar la primera vuelta al mundo. Siglos después, en 1969, a bordo de la Apolo 11, el comandante Neil Armstrong se convirtió en el primer ser humano en pisar la Luna y regresar para contarlo.

Todas estas hazañas, la primera circunnavegación del planeta o la llegada a la Luna, fueron posibles gracias a una enorme inversión pública. Fueron los recursos de todos los que hicieron posibles esas expediciones, y gracias a ellas avanzaron también la ciencia y la tecnología. Hoy no tendríamos teléfonos móviles, ni ordenadores personales, ni sistemas GPS, ni placas solares, ni televisión por satélite, ni siquiera muchos electrodomésticos cotidianos, sin el impulso que supuso la carrera espacial.

Cuando en uno de los países con los impuestos más bajos del continente surgen discursos que proponen reducirlos aún más sin matices, conviene recordar que el progreso colectivo depende precisamente de esa capacidad de contribuir entre todos. Ningún individuo por sí solo puede construir una carretera, un puente, un vehículo o un cohete espacial. Pero juntos, aportando cada uno una pequeña parte, somos capaces de lograrlo todo. En los próximos años veremos el regreso del ser humano a la Luna. Después llegarán las primeras bases lunares permanentes. Y, con el tiempo, quizá demos el salto a otros mundos. Ojalá sepamos aprender de cada uno de esos viajes para vivir más y vivir mejor.