Andrés Gastey
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Entre los integrantes de mi generación, los de mayor fortuna capilar peinan canas desde hace muchos años. Ello significa que nacimos y crecimos en tiempos aciagos para el paÃs. Aquellos fueron, sin embargo, nuestros tiempos, y es preciso reconocer que, en esa España pobre e inhóspita estragada por la dictadura, la mediocridad y la emigración, algunos fuimos entonces niños y jóvenes felices. No hay felicidad sin ciertas dosis de ignorancia e inconsciencia: de ambas andábamos sobrados.
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Las reglas y los principios que regÃan la existencia eran claros. Nos habÃan fabricado una realidad estrecha, ordenada y simple, de dualidades perfectas: Dios y el Caudillo premiaban a los buenos y castigaban a los malos, asà de simple. El régimen desbarataba las incertidumbres a bastonazos, desde los púlpitos se nos indicaba dónde residÃa el bien y desde dónde acechaba el mal, y a nosotros sólo nos quedaba la opción entre obedecer para llevar una vida tranquila o transgredir y afrontar las consecuencias del pecado o la infracción.
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