Juanjo Cáceres
Dicen que las cosas pueden cambiar en un segundo. Yo mismo me di cuenta de ello unas semanas atrás, cuando yendo algo despistado a cruzar la calle, repentinamente, caí en la cuenta de que un grupo de coches se acercaba a mí a toda velocidad. Felizmente, supe recular y la cosa quedó en una vivencia que podía cobrar forma en un texto adecuado para insertarla.
Pero no siempre somos conscientes de lo rápido que puede cambiar todo por una decisión. Ni tampoco, de que algunos cambios que parecen producirse en un instante, en realidad se vienen forjando desde mucho antes.
Puede que convenga traer esto a colación para hacer algunas reflexiones. Hace ya casi 20 años, los estados europeos que hoy componen la Unión Europea, con la firma del Tratado de Lisboa, consolidaban la cesión de buena parte de sus competencias exclusivas e intransferibles a varios órganos supranacionales y en particular a la Comisión Europea. Aunque nos insistieron mucho en que con ello la UE avanzaba en la unión política, inicialmente todos interpretamos que eso no era más que una vía para alinear los Estados con un escenario de liberalización económica un poco más profundo, especialmente siendo este tratado el sucesor del fallido proyecto de Constitución Europea de 2004. Y, en efecto, en esa época de crisis inminente, que podemos resumir como la del «neoliberalismo por un tubo», no fueron pocos los fines relacionados que fructificaron (muchos de ellos en el marco de la OMC), ni tampoco las tentativas que al final sucumbieron (como el ya olvidado AMI – Acuerdo Multilateral de Inversiones-).
A base de reglamentos y directivas, la UE ha ido cambiando el marco jurídico de nuestros Estados y las disposiciones en un sinfín de materias. Todo ello, ciertamente, de forma algo despótica, dada la infinita distancia existente entre comisarios y ciudadanía y la enorme incidencia de los lobbys de Bruselas en cada nueva disposición. Pero con sus titubeos, al menos hasta 2004, lo dimos por bueno, ya que en muchas materias las cosas mejoraron sensiblemente, gracias a esa visión modernizadora venida de fuera que aportaba Europa, pero también por la necesidad de armonizar normas y territorios en momentos críticos – recordemos, por ejemplo, la crisis de las vacas locas y el cambio radical que se implementó después en la gestión europea de la seguridad alimentaria.
También unas décadas atrás, los Estados seguían cortando el bacalao y hoy en día, la labor del Consejo Europeo y del Consejo de la Unión Europea sigue siendo fundamental, pero igualmente la Comisión ha sabido ganar peso político con motivo de ciertos eventos y situaciones. Ello lo hemos notado especialmente en los últimos meses, cuando el mundo se ha inclinado por el amor hacia los altos liderazgos, mientras asistimos desde hace más tiempo a una sensible perdida de materia gris en toda la UE y a una labor legislativa mucho más discutible. Ello ha culminado en las últimas elecciones europeas en un Parlamento que empezaba a ser para darle de comer aparte, una primera espada al frente de la Comisión que produce no pocas inquietudes, la alemana Ursula von der Leyen, y una Alta Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, la estonia Kaja Kallas, que déjala correr.
Pues bien, llegados a 2025, en plena efervescencia armamentística y bélica, hay algunas preguntas sencillas que cabe plantearse.
¿Seguimos estando de acuerdo con el modelo de gobernanza europeo plasmado en el Tratado de Lisboa, teniendo en cuenta que ya no se trata de armonizar las democracias o los espacios económicos, sino que además ahora nos enfrentamos a un cambio drástico en cuanto a la política de seguridad, de guerra y el abordaje del belicismo?
¿Sigue siendo igual de oportuno poner las cuestiones de seguridad en representantes de países que viven obsesionados por supuestas amenazas militares sobre sus fronteras y que como contrapartida solo ofrecen la carta de más inversión en seguridad y más disposición a movilizar tropas fuera del territorio de la Unión Europea con fines defensivos y, si es necesario, ofensivos?
Es obvio que sin la debida autocensura y autocancelación, los fuertes cambios de rasante que se están dando en materia de defensa habrían suscitado un debate mucho más amplio y profundo en el seno de la UE del que están suscitando (no confundir debatir con patalear o con darse golpes en el pecho). Algunos dirán que los tiempos no están para tanta fiesta, ante la amenaza de la extrema derecha, pero como señalaba el antropólogo Manel Delgado en sus redes sociales estos días: “El espantajo de la extrema derecha le va bien a todo el mundo. En la extrema derecha porque se le hace propaganda. A la derecha porque al final quedan como centro. Y a la izquierda porque se entretiene y nos entretiene estando en contra de algo y a favor de nada”. Y en ese “todo el mundo”, podemos incluir el gigante de Bruselas.
Tampoco está de más señalar que ese coloso llamado Unión Europea, en sus funciones más importantes hasta la fecha, que sería el mejorar el desarrollo social y económico de sus Estados y su posicionamiento en el mundo, está haciendo aguas por varios lados. Por un lado, la economía de países claves como Alemania y Francia -especialmente esta última- está hecha unos zorros. Por el otro, no hay que olvidar ni la extrema debilidad exhibida ante la administración Trump, ni su voluntad de inhibirse en lo de profundizar relaciones con otros socios del planeta. De modo que aquí también tenemos una buena incógnita.
¿Para qué sirve este espantajo hoy en día? No está claro, pero la pregunta más importante es: ¿A quién sirve? Y cómo pregunta-resumen, en una única palabra: ¿Sirve?