AQUÍ TAMBIÉN

Verónica Ugarte

Ya estamos en plena temporada de alianzas y desencuentros, a la vez que a pie de calle, se presupone, se realizan las temidas y esperadas encuestas. Según el barómetro catalán, CEO, los socialistas seguirían a la cabeza de país. No es de extrañar que Catalunya siga siendo bastión socialista, con lo bien que lo están haciendo, para muchos, Illa y compañía.

Tampoco resulta de extrañar que Junts y Puigdemont caigan. No han sabido ir con los tiempos, ni a por los tiempos y maneras. El discurso involucionista, de teatro barato y pretendiendo hablar desde una legitimidad que no existe desde hace años, ha causado que la derecha catalana baje. Si sumamos el pésimo papel que realiza Miriam Nogueras en Madrid, tenemos el escenario perfecto para una pérdida de 15 escaños.

Luego, nos viene el escenario imperfecto. Ese que desde hace años también existe en Catalunya, la llamada Terra d’Acogida: Aliança Catalana, la nostra extrema derecha sube, sube hasta alcanzar a Junts. Si vamos a ser racistas, dejamos a Vox en quinto lugar, que tenemos que hacer patria y votar por los nuestros, así se quejen de nuestros abuelos andaluces. Que no se diga que no somos coherentes.

El racismo es un monstruo que no conoce fronteras. Porque racismo es ignorancia. No es un dogma, es un axioma. Menor es la conexión con personas diferentes, sea sexo, raza, religión, mayor es el miedo y el terror a lo desconocido. Mayor es la defensa de lo más estúpido que puede significar una bandera o un idioma cuando se les eleva al pórtico de los dioses que crean naciones bajo luchas llenas de sangre y lágrimas.

Escuchar los sesudos comentarios de Orriols, negándose a hablar en castellano, es tener delante la verdad sin tapujos: imbéciles hay en todos lados, y se les vota. Se les vota en Ripoll, una ciudad llena de inmigración, lo que la hace rica, bajo el punto de vista de una inmigrante. Hay más de una visión, más de una confesión religiosa, más de un color de piel. Eso es riqueza cultural y social, a la vez que económica. Porque la inmigración está generando todo ello en Catalunya.

Ara, arriben els que diuen que tots hem de parlar català. No es mi lengua materna. La aprendí a los veintiséis años, y me ha dado gran riqueza cultural. Leer a Alfred Bosch (tiemblen catalanes de DB) fue una gozada. Pero como dice mi amado Serrat, en el momento en que me exigen hablar una lengua, me paso a otra.

Y es cuando viene la gracia del tema: en veintiséis años solo se me ha exigido hablar en castellano. Y de malos modos. Tal vez sea porque vivo en Barcelona, la capital de muchas cosas, pero no del catalán. Si viviese en Lleida, Girona, o tan solo en el Vallès la cosa cambiaría. Es por ello también cuando me río ante los sesudos comentarios acerca de los catalanes y sus manías.

En todo caso, lo estamos haciendo muy mal. Está normalizado no querer hacer el esfuerzo por entender al otro, al diferente. No existe la cultura de leer más allá de lo estipulado en clase. No pretendamos hablar otro idioma que nos saque las mismas lágrimas que una bandera. Pero eso sí, hermano obrero, cuando estás a la mesa con un inmigrante y un banquero, delante de 100 mandarinas, el banquero cogerá 99 de ellas y te dirá “el inmigrante te robará tu mandarina”. Y le creerás. Y votarás por quienes apoyan semejante sandez.

Vuelvo con mi insistencia: leer, entender, reflexionar. Todo ello es cura de ignorancia. Todo ello es riqueza. Todo ello nos diferencia del fascista.

La estrecha anatomía de un instante

Carlos Hidalgo

He visto recientemente la adaptación de la novela-documental de Javier Cercas, “Anatomía de un instante”, que ha realizado Movistar+. Y Lo cierto es que, pese a que tiene grandes aciertos y las interpretaciones de los protagonistas son muy divertidas (especialmente gracioso es Álvaro Morte clavando los gestos y la voz de Adolfo Suárez con una nariz ganchuda de látex), uno siente que se han cometido unas cuantas injusticias con algunos de los protagonistas de la época.

Uno no concibe de ninguna manera que Santiago Carrillo viera las noticias sobre la muerte de Franco solo con su familia, en su piso de París, del mismo modo que los protagonistas del golpe parecen una caricatura, especialmente el capitán general Jaime Milans del Bosch, que era un tipo mucho más peligroso y amenazante de lo que lo que la serie da a entender. El retrato del General Gutiérrez Mellado es incompleto, por decir algo. Y la descripción que se hace de su relación con el resto de las Fuerzas Armadas de la época no es la más exacta.

Tampoco se entiende que Carmen Díez de Rivera, la jefa de Gabinete de Adolfo Suárez aparezca retratada poco menos que como una secretaria que llevaba las aspirinas al presidente del Gobierno, cuando fue una de las artífices, no sólo de ejecutar el plan de desmontaje del régimen franquista, sino de mantener unidos y coordinados a los consejos de ministros de Suárez; una tarea rayana en la imposibilidad heroica. Díez de Rivera ha sido la única mujer en ocupar la jefatura de gabinete del presidente del Gobierno de España. Y la primera persona en hacerlo en democracia.

Del mismo modo, los papeles del general Sabino Fernández Campo y de Torcuato Fernández-Miranda aparecen apenas esbozados; con Sabino limitándose a cortar la llamada de Alfonso Armada para presentarse en Zarzuela en el 23-F y con Torcuato tomando chocolate con churros para merendar, mientras endosa a Suárez la Ley para la Reforma Política como si se la hubieran echado en el buzón, cuando Fernández-Miranda fue el arquitecto maestro, con una mente lo suficientemente brillante y retorcida como para diseñar todos los pasos para que el franquismo se actualizara generacionalmente y luego se derogase a sí mismo, casi sin darse cuenta. Y cuando Sabino fue el guardián y protector del rey, no solo frente al exterior, sino también frente a sí mismo, aunque terminara harto de los borboneos, excesos, malas compañías y caprichos de Juan Carlos. Tan harto que casi los termina haciendo públicos él mismo.

Entiendo que adaptar un libro a una serie tiene sus retos y que hay que tomarse licencias dramáticas para que la historia avance. Y que ampliar determinados papeles no sólo puede resultar confuso para el espectador, sino que además es caro, un tema nada baladí cuando hablamos de producciones españolas.

Y también entiendo que mis críticas a la serie pueden venir del hecho de que soy “demasiado cafetero”, cuando lo que se busca es que la gente se haga una idea general, pase un buen rato y ya está.

Pero echo de menos algo que retrate lo que izquierda y derecha, lo que la España del interior y la del exilio querían, lo que casi toda la sociedad quería: que fuéramos un país normal. Algo que dicho ahora suena a perogrullada pero que durante el franquismo parecía un espejismo inalcanzable. Y esta serie, pues hace una caricatura de todo ello, la verdad. Eso sí, una caricatura muy graciosa y que provoca alguna que otra carcajada, a veces involuntariamente.

Las falsas banderas de Junqueras

Carlos Hidalgo

A Oriol Junqueras, reelecto líder de Esquerra Republicana de Catalunya le preocupa la versión de ultraderecha del nacionalismo catalán, Alianza Catalana, un partido xenófobo y ultranacionalista que viene a decir que “un inmigrante de Marruecos y uno de Jaén vienen a ser básicamente lo mismo”, en palabras de su líder, Silvia Orriols. Junqueras, tras mucho reflexionar, ha decidido que cree que Alianza es un “invento” de los servicios secretos españoles y del poder judicial. Lo que se suele llamar un “agente provocador” o un “ataque de falsa bandera”.

No sé de dónde puede sacar esto Junqueras, excepto si pensamos en todos esos carteles que inundaron Barcelona, riéndose del Alzheimer de Pasqual Maragall y que resultaron ser un ataque de falsa bandera perpetrado por el entonces director de comunicación de ERC, Tolo Moya. Un ataque cuyo origen conocían tanto Junqueras como su número dos, Marta Rovira. No ha podido demostrarse quién dio la orden de hacer eso, pero parece bastante claro que no era la primera vez que en ERC recurrían a artimañas parecidas, porque parece que el “Estado Español” no oprime lo suficiente como demandan sus lamentos habituales y, claro, tocaba reprimirse a sí mismos para poder denunciar represión.

Aparte de la competencia electoral, entendería que, desde una posición de izquierdas, se repudiase a Alianza Catalana; por ejemplo, cuando proclaman que existe una “raza catalana” diferenciada del resto de españoles y cuya pureza ha de ser preservada, lo que pasa es que esas ideas nativistas y eugenésicas, que tanto recuerdan a los nazis, no se diferencian mucho de las que el propio Junqueras expresaba hace casi 20 años en su columna en Avui.

También entendería que las posturas xenófobas le repugnasen, porque tanto la izquierda como la derecha democráticas defienden que los derechos son inherentes a los seres humanos, no a los grupos étnicos o a las nacionalidades. Y que, al igual que su partido viene defendiendo, entienda que la sociedad catalana es plural y diversa y que, si Jordi Pujol decía que ser catalán es ser español “pero de otra manera”, cada uno puede ser catalán a su manera. Pero tampoco parece ser mucho el caso. Aunque Junqueras condena las declaraciones de Alianza Catalana con respecto a la inmigración, también ha expresado muchas veces su preocupación porque los inmigrantes no saben quién fue Lluis Companys y eso dificulta “la cohesión social de un proyecto independentista”.

Hace unos meses que Ernest Maragall, que dejó ERC en cuanto supo el origen de los carteles contra su hermano, se mostró preocupado por “la deriva de ERC” y anunció que él no votaría a Junqueras para liderar la formación y que solo destacaría de él su capacidad “para enfrentar y purgar”. De hecho, Junqueras ha hecho bastante por purgar a una buena parte de Esquerra que abogaba por ser más izquierdista que nacionalista, como Joan Tardà. Y a su antes número dos y luego de repente archienemiga, Marta Rovira. Y seguramente le toque algo parecido al célebre Gabriel Rufián, que más de una vez ha defendido en público posturas parecidas.

Dado el gusto de Junqueras por las falsas banderas, entiendo que las vea por todas partes, pero tal vez debería plantearse si la falsa bandera más grave es la bandera de izquierda en la que se envuelve, cuando no cree en la igualdad entre seres humanos, cuando pone a seres místicos como la nación por delante de personas existentes, como la sociedad y cuando se siente más agraviado por la interpretación del pasado que por la amenaza para el futuro que supone la ultraderecha, use la bandera que use.

Sexto

Juanjo Cáceres

Lo impopular puede llevarte a la autocensura pero, en lo que a mí concierne, a medida que pasan los años, siento cada vez menos preocupación por los efectos inesperados de lo que digo o dejo decir. En parte porque soy consciente de mi inclinación a no decir siempre lo más acertado, pero también por lo innecesario que resulta andar siempre tan preocupado por la vida.

Partiendo de esta premisa, recordaremos que esta semana se cumplen 50 años de la muerte del general Franco, un evento que marca, sin lugar a dudas, un antes y un después gigantesco en la historia de España en su conjunto. Y felicitaremos al Gobierno porque, aunque de forma titubeante y poco convencida, se decidiera finalmente a llevar a cabo un ejercicio de memoria histórica durante el presente año, con ánimo de estar a la altura de la efeméride. Cosa que, por otro lado, no ha acabado de conseguir, ya que nada de lo realizado ha mejorado el conocimiento de los orígenes de nuestra democracia o de las causas de su llegada, y desde luego no ha reducido la simpatía de parte de la juventud a la dictadura en general y a la extrema derecha en particular. Pero bueno, a veces la intención es la que cuenta.

Ahora bien, hay también una verdad incómoda, a la vez que paradójica: la ausencia del Rey emérito. Una ausencia que, en mi opinión, supone una tremenda incongruencia. Sabemos de las andanzas del emérito y sabemos de sus abusos, pero no por ellos es menos rey de la Transición y, sobre todo, no por ello deja de ser la figura sobre la cual pivotó el resurgimiento de la democracia. Sabemos a ciencia cierta, pese a los excesos hagiográficos perpetrados durante décadas, que tuvo un papel muy activo para que las cosas acabasen siendo como fueron después, pese a la gran cantidad de intereses opuestos en aquel momento y las divergencias en las perspectivas sobre cómo debía hacerse, que tanto marcaron el periodo comprendido entre 1975 y 1981.

No se trata aquí de si a Juan Carlos de Borbón se le debe algo o no se le debe nada, pese a que el Rey de entonces podía haber puesto muchas más trabas a todo de las que puso, investido como estaba de todo el poder que le daba el régimen franquista. Más bien se trata de ser coherentes con los acontecimientos y también de ser responsables ante los últimos testimonios vivos que nos quedan de ese periodo tan decisivo. Que nos tengamos que conformar estos días con esas tristes memorias que ha perpetrado, hace flaco favor hasta a las mismas reclamaciones de responsabilidad y transparencia que le exigimos por sus presuntos delitos.

No está de más recordar que la inviolabilidad real establecida en el artículo 56 de nuestra Constitución garantiza su protección jurídica frente a cualquier denuncia civil o penal que se plantee contra su persona por hechos acontecidos durante su reinado. De ahí, de hecho, que su exilio tenga mucho de voluntario y que entre y salga del país cuando le apetezca. También que el tratamiento de su figura se ha asemejado tremendamente al recorrido de un péndulo: de ser casi un Dios entre nosotros, ha pasado a convertirse a un apestado que no puede andar tranquilo por nuestro país, y del que reniega hasta la Casa Real. Pero la perspectiva de los años también nos ha de ayudar a establecer hechos objetivables.

Y estos hechos son los siguientes. Fue el Rey que juró las Leyes fundamentales del Franquismo, para ayudar a desmontarlas después. Fue el Rey que señaló a Adolfo Suárez para que convocase unas elecciones democráticas y elaborase una nueva Constitución. También fue el monarca que juró, por primera vez, una Constitución democrática. Y al cabo de un tiempo, cuando el 23 de febrero de 1981, un destacamento ocupó y disparó en la sede de las Cortes Generales, dio un discurso donde informaba de la orden dada de garantizar el orden constitucional. Estos hechos no son relatos, sino, como indicaba, situaciones objetivables que nos indican el lugar que el monarca ocupó en esta historia. Otras narrativas dirán que fue poco menos que el artífice de la Transición o bien dirán que solo fue demócrata cuando se dio cuenta de que no podía seguir siendo franquista o que lo tenía todo planificado con Armada, pero todo eso no son más que narrativas. Lo cierto es que, cincuenta años después, pese a las biografías publicadas y pese a todo lo que hemos ido sabiendo, no disponemos de un relato histórico mejor, ni más preciso, que el que desde hace años se ha consagrado alrededor del papel que los diferentes líderes jugaron durante la Transición. Guste más o guste menos.

Y sí, teniendo en cuenta todo esto, me temo que Juan Carlos de Borbón debería formar parte de la efeméride. Cosa complicada, sin duda, teniendo en cuenta su historial delictivo, pero frente a la historia hemos de intentar ser siempre honestos y obrar en consecuencia. Esconder al Rey incómodo altera el relato y traiciona la memoria compartida, pese a que siempre exigimos que la memoria histórica sirva para explicar las cosas como realmente fueron, no para que unos hechos que ocurrieron después impidan celebrar los que sucedieron antes. Y creo que las instituciones habrían de haber sido capaces de adecuar esta actividad conmemorativa a tan especiales circunstancias.

Nada de esto es una defensa del monarca, aunque pueda parecerlo, sino un afeamiento a la manera de hacer las cosas. Tampoco una defensa de la monarquía, puesto que tan solo hace falta revisar los once años y medio de reinado de Felipe VI para comprobar que es una figura inútil e inservible, al que recordaremos meramente por hechos tan poco edificantes como el discurso del 3 de octubre de 2017 o la bronca de la DANA de 2024. Pero precisamente esa casa hueca que es la monarquía hoy en día y que también lo fue en los últimos tramos del reinado de Juan Carlos, contrasta precisamente con el hecho de que Juan Carlos I, en 1975, fue el último rey necesario para que España pudiera avanzar. Y al no contar con su presencia y no explicar, precisamente, que la fuerza de la actual democracia radica en no volver a necesitar un monarca y que eso hace posible avanzar de una vez hacia un régimen republicano, lo único que hemos conseguido es engañarnos y traicionarnos a nosotros mismos.

Libertad

Verónica Ugarte

Hace cincuenta años, en el Hospital de la Paz solo murió un cuerpo. Sus herederos, físicos e intelectuales, se quedaron, un poco en la sombra, un poco al acecho.

Desde hace meses veo un blanqueamiento vergonzante acerca de lo que han sido los cincuenta años desde la muerte de Franco. Comparar lo que era el Patronato de Protección a la Mujer con los logros universitarios femeninos es dejar pasar treinta y seis años de dictadura. No es comparable.

Sabemos lo que fue la dictadura franquista y puede que a ciertas generaciones no haga falta recordar lo que era la Ley de Vagos y Maleantes. Los estudiantes que en Barcelona se suicidaban en la Dirección General de Vía Layetana. Sabemos qué sucedía si escuchabas los cascos de los caballos de los Grises. Sabías que no podías hablar en otro idioma que no fuese el castellano. Sabías, que, como bien dijo Giordano Bruno, la iglesia es una puta que se abre de piernas ante el poder, y por ello Franco caminaba bajo palio.

¿Qué más sabemos? ¿Qué debemos recordar? ¿Qué es lo que no hemos sido capaces de lograr en cincuenta años en democracia?

Para empezar, no somos conscientes de la pérdida humana y cultural que significó el exilio republicano. No queremos ver las mentes y manos que, perdiendo una guerra, ayudaron a países enteros en su crecimiento intelectual y económico. Miles de mujeres accedieron a la Universidad y crearon un camino que muchas en España perdieron.

No recordamos que la corrupción estaba en El Pardo. Ni siquiera la ladrona de los Collares sabía cuánto ganaba su esposo. Pero sí que tenía idea de qué hilos se movían. Qué personajes hicieron, en nombre de La cruzada, fortunas que sus hijos, nietos continúan disfrutando. El poder que todos ellos amasaron y con él, cincuenta años después, siguen siendo amos de una España que se niega a despertar del letargo.

El patriota de Dubai, libro aparte, realizó grandes logros para su persona y el retorno de la monarquía con la ayuda de Suárez. Ya está bien de tener ídolos. Ambos realizaron una jugada maestra trayendo de vuelta del exilio a Tarradellas, con lo que los planes del PSC (en aquellos momentos independientes al PSOE) para lograr un President de la Generalitat, se fueron al garete.

No podemos ver a Suárez como un héroe, sino como un hombre de su época, educado bajo los preceptos del régimen, logrando salir indemne de la Jefatura Nacional del Movimiento. Es recordado como el padre de la Democracia. Esa misma que nos fue robada un 18 de julio de 1936 y que nadie ha devuelto.

Porque por la democracia se lucha en las urnas. Y lo que se permitió fue votar por una Constitución a medida. Que tuviese contenta, en la medida de lo posible, a la derecha más recalcitrante, y hacer pensar a la izquierda que en un futuro se podría conseguir más.

El Derecho siempre está por detrás de la realidad histórica, económica y social. Por ello la Constitución española debe ser revisada y modificada, no para que una mujer reine, sino para obtener mayores derechos, que cincuenta años después, no tenemos.

Seis presidentes de Gobierno ha tenido España desde la renuncia de Suárez. Seis, de los cuales ni uno solo ha tenido el coraje de estar a la altura de conseguir logros sociales. Porque la derecha ha ido subiendo como la espuma. Porque muchas instituciones franquistas fueron abolidas en los ochenta. Porque en democracia la iglesia siguió secuestrando hijos de mujeres solteras. Porque nadie ha osado exigir a los Franco la devolución de una riqueza que lograron gracias al abuelo asesino.

Tampoco somos capaces de tener la capacidad de ver qué es lo que atasca a los diálogos. La relación Madrid-Barcelona sigue siento difícil, pero necesaria para ambas partes, si hablamos de las derechas. Sin Convergència, que nunca se ha ido, solo han cambiado de nombre, de líder, pero no de espíritu, los Gobiernos centrales se tambalean.

Zapatero en su momento desató la guerra por irresponsable. “Aceptaré el Estatut que salga del Parlament de Catalunya”. No lo hizo y llegamos al referéndum del 2017. Cuando años después Sánchez dijo que el problema catalán estaba solucionado, me dio rabia darle la razón a Pere Aragonès cuando afirmó que si decía eso, es porque no se estaba enterando de nada.

Como tampoco quieren enterarse de los fondos buitre que hacen imposible alquilar y comprar un piso. Un derecho en la manoseada Constitución, uno más, que no se cumple. Cincuenta años después y unos jóvenes en sus últimos 20, primeros 30, que no pueden independizarse.

Cincuenta años después y solo algunos pueden tener el lujo de contar con un seguro privado. Porque la sanidad pública hace aguas. Porque los cribados de mamografrías en Andalucía han condenado a muerte a demasiadas mujeres, cuando ni tan solo una debía fallecer. Cuando seguimos exigiendo a profesionales mal pagados que hagan guardias de más de 48 horas, con contratos basura. Ellos y muchos más, están llegando al límite y solo hay una salida: la emigración.

Si. Cincuenta años después y España no sabe retener a su juventud. Porque los países nórdicos, por ejemplo, tienen un nivel de vida que es imposible decir no a un contrato en Oslo. Porque la educación sigue teniendo suspensos. A pesar de que se diga que tenemos a las mejores generaciones, los niveles en inglés siguen siendo irrisorios. Seguimos a la cola en educación y muchos, los que pueden y como pueden, se van a estudiar a Holanda, pensando que volver sería una opción si se pudiese vivir dignamente.

Cincuenta años después y el PP hace manitas con VOX. Mientras tanto, tenemos a Valencia como Caja B. Barberà, Zaplana, Camps, y luego Mazón. Si esto ocurre en este país, ¿quién no siente vergüenza?

Siendo hija y alumna del exilio, siempre defenderé que la República fue el periodo de mayor libertad y de derechos que no hemos vuelto a vivir. Allá cada uno con su conciencia. Pero callar cuando entra el nieto de Franco es vergonzoso. Somos iguales desde el nacimiento, pero los juancarlistas, ahora escandalizados por lo que “se ha descubierto” acerca de su amo y señor, siguen de rodillas ante el inquilino de Zarzuela, y cuando todo falle dirán que la hija lo hará mejor.

Cincuenta años después, traigo las palabras de la escritora Maruxa Vilalta. Nacida en Barcelona, hija de un alto cargo de ERC. Mexicana como ninguna. Roja más que el tomate: “la libertad es siempre un riesgo, pero es el único camino para ser uno mismo”. Por si no se entiende, se habla, hablo de la libertad intelectual. De esa que llega mediante lecturas, viajes, reflexiones, idiomas. Donde la Patria no tiene lugar, sino la decencia y la coherencia.

Todo eso que pierde España cada vez que un obrero vota a la derecha. Todo eso que se pierde cuando, al único Presidente que ha hecho lo posible por cumplir con su trabajo, le hemos echado piedras, insultos.

Todo lo que se pierde cuando se piensa que ya es tarde. Pero no lo es. Lo que se necesita es valor.

Clickbaits con calumnias

Julio Embid

Ayer un amigo me mandó una noticia por WhatsApp que decía, de manera literal: “Un cargo socialista, en su alegato ante el juez: Pilar Alegría me ofreció 60.000 euros para retirar una denuncia contra Bolaños”. El clickbait era brutal. Pinchabas en la noticia y, cuando veías que se trataba de Ansón, el exalcalde de Tosos (Zaragoza), ya te cuadraba más la burrada. Ansón puede decir que Pilar Alegría le confesó que Pedro Sánchez fue el autor material del asesinato del general Prim y no parpadear al decirlo. La noticia no se podía leer si no estabas suscrito al diario El Mundo. Y servidor no se encuentra en esa condición.

Mi amigo me preguntó si era verdad la noticia y perdí un buen rato en explicarle que ese señor multirreincidente y pluriimputado se encontraba en el juzgado acusado de prevaricación, ya que, siendo presidente de la comarca del Campo de Cariñena, echó al secretario impidiéndole entrar en su despacho. La sentencia fue clara: nueve años de inhabilitación. No es la primera vez que se lleva una condena. También fue condenado por coacciones a otro miembro de la comarca cuando iba a ser destituido. Y es que, en los seis primeros meses de mandato, el señor Ansón pasó 5.300 euros en tickets de gasolina y más de 50 comidas en restaurantes de Zaragoza – en ocasiones con su esposa – a costa de la institución comarcal. Al señor Ansón el PSOE le abrió un expediente por malversación y el entonces presidente de la Comisión de Garantías del PSOE, Félix Bolaños, lo expulsó del partido conforme salía un caso tras otro. Ansón lo denunció por echarle sin haber sentencia firme, a pesar de las numerosas evidencias. No solo eso: en 2022 el señor Ansón anunciaba que se pasaba al PP y se volvía a presentar por estas siglas a alcalde en su municipio, siendo derrotado rotundamente en 2023 por otro candidato socialista.

La noticia de El Mundo es un clickbait de manual porque al que juzgaban era a Ansón por prevaricación. No a los ministros Alegría o Bolaños, que ni pasaban por allí. Pero su labor la cumple, porque desmentir esta trola sobre la secretaria general de los socialistas aragoneses lleva mucha más faena que leer el titular de una noticia que encima no se puede leer. En 2007 el mismo diario afirmó sin matices que: “Zapatero pacta con ETA la entrega de Navarra al País Vasco a cambio del fin de la violencia”. Dieciocho años han pasado desde entonces y nada se sabe de aquella reforma constitucional. Sólo espero que las calumnias no queden impunes.

La profecía autocumplida de Juan Carlos

Carlos Hidalgo

Hay obras literarias y teatrales en las se da la dramática situación en la que un personaje teme tanto una situación que al final, trágicamente, termina dando todos los pasos para terminar cayendo en ella.

He podido hablar con casi una decena de personas que trataron a Juan Carlos de Borbón, antes de que fuera rey, mientras lo fue y todos comentan que el ahora rey emérito (o “honorario”, usando el término que prefiere él) siempre decía que no quería acabar como su abuelo, Alfonso XIII, expulsado de España por corrupto, o como su padre, Juan de Borbón, viviendo en el extranjero con estrecheces (para ser de la familia real), merced a la caridad de los monárquicos españoles y de las migajas ofrecidas por otras familias reales.

Y Juan Carlos terminó yéndose de España por corrupto, precisamente por acaparar dinero para evitar las “estrecheces” que sufrió en su infancia. Tras pasar varios años en Abu Dabi, el rey padre nos va a obsequiar ahora con un libro de memorias en el que, por lo que se va filtrando, deja bastante claro lo desagradecido que es y lo poco que conoce a su pueblo. No le culpo tampoco. En mis muy escasos tratos con la gente de la nobleza, o que vive de rentas, he notado un patrón bastante común: por un lado, es gente que está desesperada por ser escuchada y comprendida por los demás. Por otro, se creen con perfecto derecho a hacer cualquier cosa y entienden cualquier intento de someterles a la ley como un gesto de desagradecimiento, pues consideran su mera existencia un acto de bondad hacia los demás. Eso puede verse, no sólo en las declaraciones del padre y el abuelo de Juan Carlos, sino también en la de algunos Grandes de España, como miembros de la familia de Alba, o de nobles extranjeros, como las torpes declaraciones del Príncipe Andrés de Windsor, que aún no entiende que hiciera nada malo relacionándose con Jeffrey Epstein y teniendo relaciones sexuales con menores de edad. Todos rayan la desesperación en su intento de ser comprendidos, pero ninguno termina de entender que lo que han hecho está mal.

Juan Carlos, con suerte, no cae dentro de esos casos tan extremos. Y hay que reconocerle su papel en la transición, el saberse rodear de personas brillantes en algunos momentos críticos, como Torcuato Fernández-Miranda o el general Sabino Fernández Campo. También supo aceptar su papel en la nueva democracia y trabajar para afianzarla. A su manera.

Pero también abusó de sus privilegios para cometer excesos personales y sacar tajada del creciente papel de España en la economía mundial. Y por su propia culpa, la presencia empresarial española en ciertas partes del mundo ahora se encuentra en duda.

El rey Juan Carlos se queja de que es “el único español” de su edad que no cobra pensión. Lo que no parece tener en cuenta es que él tiene un capital que ronda los dos mil millones de euros. Pensemos que bastan unos ocho millones para vivir solo de las rentas, así que uno no termina de entender de qué se queja Juan Carlos, salvo que esté un poco desconectado de la realidad.

Se queja igualmente el emérito de que nadie le agradece haber traído la democracia a España, cuando es lo que todo el mundo le agradece a lo largo de su reinado. Aunque también tendría que entender que esa labor ya se estaba poniendo en marcha por parte de algunas élites del franquismo, que sabían que el régimen no podía perdurar en aquel momento y que querían algo muy parecido a la oposición democrática: que España fuera un país homologable a los de su entorno.

Juan Carlos tampoco parece hacer mucho examen de conciencia con sus trapacerías en los negocios y menos, del error que cometió con Corinna Larsen, a la que (supuestamente ciego de amor) puso a gestionar sus asuntos solo para terminar parcialmente desplumado por la francfortesa.

De lo que tendría que lamentarse Juan Carlos es de su propia y trágica ceguera: que, por pretender evitar el destino de sus antepasados, acabó haciendo lo mismo que ellos. Si se hubiera limitado a desempeñar su papel, el papel que la Constitución le concede, solo una minoría de españoles hubiera deseado su salida de España y seguramente aún conservaría el trono y el respeto de su pueblo.

Una lectura

Arthur Mulligan

La huella de Sánchez. El régimen de 2018. Los años de la destrucción. José Antonio Zarzalejos. La esfera de los libros

Al siempre estimulante autor de Bilbao le seguíamos en las páginas de El Correo bajo el seudónimo de Vicente Copa y apreciábamos la lucidez de sus análisis aunque bajo el marchamo de un conservadurismo distante pero eficaz. Eran piezas breves a la vez que intensas e introducía autores de los que no habíamos oído hablar, como Raymond Aron, acostumbrados como estábamos a la centralidad del marxismo histórico y sus últimos representantes españoles, franceses e italianos. 

Analítico y reflexivo, a duras penas se le puede calificar de hombre perteneciente a la facho esfera por su defensa de la convivencia democrática, el respeto mostrado en los debates hacia sus adversarios y la calidad de sus argumentos, recibiendo muchos galardones entre los que destaco su condecoración con la Orden de la Legión de Honor por el Gobierno francés.

Ya en la introducción y sin más preámbulos nos dice: «Concluya cuando concluya la gobernación de Sánchez, lo cierto es que sus mandatos ya han creado usos derogatorios esenciales de la Constitución de 1978 y han establecido las condiciones de un modelo de régimen personalista y arbitrario. Ha podido permanecer en el poder sin presentar los presupuestos generales del Estado; ha logrado mantenerse en la presidencia del gobierno sin mayoría parlamentaria; colonizado las instituciones y organismos públicos sin la más mínima resistencia del sistema; ha validado sus decisiones mediante la intervención de un órgano de garantías constitucionales infiltrado de colaboracionistas que, con una serie de sentencias estratégicas, ha alterado la naturaleza normativa de la Constitución; ha mentido impunemente al electorado, pactando para ser investido todo lo contrario de lo que le prometió cumplir y, entre otros muchos comportamientos jurídicas y políticamente impúdicos, a dinámico la exigencia de la responsabilidad política. Con todo ello, ha creado un capital de mores (costumbres) que dejan sin efecto los mandatos constitucionales, sustituyéndolos por medidas que se legitiman en los recursos dialécticos del populismo: el mayoritarismo y el decisionismo del líder.»

Tras un capítulo que recoge el ascenso al poder de Sánchez que concluye con el discurso de investidura en noviembre de 2023, en el que anunció su propósito de alzar un «muro» entre españoles, pasa a realizar un retrato de nuestro protagonista, pero no sin antes relatar la peripecia de un escalador, Alex Honnold, quien desafió todos los peligros en impresionantes ascensos. Sorprendidos médicos y científicos sometieron al deportista a un estudio neurológico, comprobando mediante imagen que la amígdala cerebral de ese chico no funcionaba porque la zona de acumulación de sensaciones de temor, miedo, angustia, no vibraba. La gran cuestión consiste en que quien no experimenta el miedo no debe superarlo, y, por lo tanto, no es valiente. 

A Sánchez solo le delata una baja emocionalidad su expresión gestual y verbal.

José Luis Álvarez, sociólogo y docente en la escuela de negocios francesa INSEAD, formula una crítica sagaz: «A Sánchez no le cuesta emocionalmente la política, pero tampoco le proporciona placer: por su narcisismo, lo que le hace disfrutar es resistir… desmentir expectativas. No pertenece a las élites jurídicas o económicas. De hecho, no pertenece de origen a ninguna élite. Es un desclasado… que quiere ser más que el Presidente del Gobierno de España.»

Tiene alarmados a los cuadros del partido, y a más de media docena de ministros, también su estilo desleal con sus colaboradores que han pasado de la adhesión al miedo. Muchos de ellos, perdida la dignidad, quemados los barcos de su reputación y sin vuelta atrás, están pendientes de aparecer en esos recados a Ábalos, víctimas de la iracundia del presidente o de su prepotencia. Nadie está allá en la clave de Pedro, el admirable y renovador social demócrata, sino en la de Sánchez, avieso, vengativo, injurioso; unos atributos que se concibieron en la tabernaria expresión de su jabalí parlamentario y trol de choque, Oscar Puente: Sánchez sería “el puto amo”.

«El personaje, sin embargo, con discursos indigestos entrelazando lugares comunes y esa suerte de neolenguaje hueco que pretende transmitir sinceridad y empatía- nunca logrado – siempre ataviado en dos versiones: con trajes de corte “slim” de pata corta y estrecha y tonos azules, preferentemente, o con cazadoras y vaqueros en los mítines y recorridos informales. Muy pendiente de su esbeltez, come austeramente y hace ejercicio frecuente. Se cubre las canas sin estridencias de tintes azabaches y cuida el corte de su pelo, apenas sin patillas. El resultado no siempre es elegante, ni mucho menos prescriptor, y resulta ligeramente hortera no solo por la indumentaria, sino también por el añadido a tanto atildamiento de unos andares en los que adelanta las caderas al tiempo que el tronco se bambolea en el paseíllo. Y la sonrisa, de serie.

La imagen comparada del Pedro Sánchez de 2018 con la del Pedro Sánchez de la crisis del verano de 2025 presenta diferencias abismales, con un deterioro físico que transparenta una tensión interior en la que se intuye más rabia que autocontrol, más rencor que responsabilidad.»

Aparecen interesantes consideraciones sobre la desactivación de la coalición creando una superestructura en la presidencia del gobierno y añadiendo al titular anterior de presidencia y relaciones con las cortes competencias críticas en materia de justicia. De tal manera que en el mismo recinto de la Moncloa se produce una concentración de poder con una capacidad decisoria que anula la operatividad del Consejo de Ministros, haciendo de la coalición un trampantojo, un montaje, un escaparate para lucir la falsa diversidad de las izquierdas. Varios de los ministerios asignados no exigirían una categoría política y administrativa superior a una Secretaría de Estado, incluso, a una mera dirección General. El tamaño es casi obsceno y la falta de solidaridad de las decisiones del conjunto del Consejo de ministros deriva con alguna frecuencia en portavoces duplicadas y contradictorias, cuando no en abiertos disensos entre la ministra portavoz y otros colegas comparecientes tras las sesiones del gabinete. En ocasiones, primero en la coalición con Unidas Podemos, pero también después con Sumar se han emitido vídeos de respuesta al relato de los portavoces autorizados de la Moncloa. La falta de credibilidad de la coalición está en el origen del desplome electoral que predicen las encuestas a las formaciones a la izquierda del PSOE, que la vicepresidenta Yolanda Díaz no ha logrado aglutinar y que se fomenta sibilinamente desde el PSOE para lograr transferencias de votantes que sujeten su suelo electoral. Es reiterado el dato demoscópico según el cual los electores de partidos de extrema izquierda valoran más y mejor a Sánchez que a sus propios líderes -ocurría lo mismo con Rodríguez Zapatero-, tendencia que ha ido decayendo a partir del estallido de los casos de corrupción protagonizados por los exsecretarios de organización del PSOE.

La opción de un frente popular que reúna a toda la izquierda en unas futuras elecciones, con un acuerdo previo con los separatismos vasco y catalán para voltear el sistema constitucional, se barajaba ya en el verano de 2025 y no es una posibilidad descartada. Una agrupación de esa naturaleza -ya ensayada en las legislativas francesas celebradas en junio de 2024 y con precedentes en las europeas en España- con una propuesta constituyente debiera ser considerada probable y las circunstancias en las que se desarrolla la legislatura que se inició en el mes de julio de 2023. La debilidad de las siglas del PSOE podría sugerir a sus dirigentes en buscarse en un frente unitario de izquierdas, tal como ha propugnado el portavoz parlamentario de ERC, Gabriel Rufián.

 Un capítulo dedicado a Sanchez y la prensa, se inicia con esta cita:

«Pedro Sánchez ha resultado no ser un dirigente cabal, sino un insensato sin escrúpulos que no duda en destruir el partido que con tanto desacierto ha dirigido antes que reconocer su enorme fracaso». Este juicio de valor, rotundo, era el contenido nuclear del editorial de EL PAIS del 1 de octubre de 2016 titulado «Salvar al PSOE». 

Casi nueve años después, el 17 de marzo de 2025 el presidente de la sociedad editora de El País, el grupo PRISA, publicó en el periódico un artículo titulado «Mi compromiso con EL PAIS: libertad editorial e independencia». El texto también tenía una idea fuerza como el editorial de 2016: 

(…) «Sería inaceptable que, cuando estamos recordando que hace ya 50 años murió el dictador Francisco Franco, alguien cayera en la tentación de tratar de adueñarse de un medio de comunicación independiente desde el poder, bien directamente, bien utilizando alguna empresa estatal como instrumento.» 

El editorial anterior se llevó por delante al director de El País, Antonio Caño, en junio de 2018, cuando el socialista se hizo con la presidencia del gobierno mediante la exitosa moción de censura contra Mariano Rajoy. Luego fue despedido de la empresa en junio de 2021. Venganza a plazos. Inmediatamente antes de la publicación del artículo de Oughourlian, en febrero de 2025, el Consejo de administración del grupo editorial había cesado al consejero delegado de PRISA media, responsables del diario y de la Cadena SER, Carlos Núñez, y al director de contenidos, José Miguel Contreras. Y en junio de 2025 el editor franco armenio destituyó a la directora del diario que lo era desde 2021, Pepa Bueno, y la de contenidos de la Cadena SER, Montserrat Domínguez.

Este capítulo, a mi juicio, es uno de los más interesantes, dada la personalidad de los autores citados y los posicionamientos en las distintas etapas del diario.

Zarzalejos defiende al diario EL PAIS en su función organizadora de la opinión de las izquierdas moderadas desde la transición y denuncia una vez más al verdadero propietario de la máquina del fango, quién mediante el “efecto desaliento” obstaculiza el ejercicio de las libertades civiles mediante sugerencias coercitivas de diferente género: dictar leyes restrictivas que luego nunca se promulgan; avisar sobre controles a los medios; ingerirse en los sistemas de medición de audiencias; amenazar con acciones judiciales abusivas que no se interpone o que se interpone y se retiran; distribución arbitraria de la publicidad institucional y de los patrocinios públicos; discriminación en la asignación de subvenciones para la digitalización y en fin, potenciación de los medios públicos de comunicación-radio y televisión-a costa, bien de drenar el mercado publicitario, bien mediante el engrosamiento de las partidas presupuestarias para financiarlos. Trumpismo y Sanchismo no son lo mismo, pero se parecen demasiado, concluye el periodista.

El libro finaliza con un capítulo notable que trata de la mentira como corrupción y comienza por la despedida de la actividad política de Iñigo Errejón:

«Yo, tras un ciclo político intenso y acelerado, he llegado al límite de la contradicción entre el personaje y la persona. Entre una forma de vida neoliberal y ser portavoz de una formación que defiende un mundo nuevo, más justo y humano. La lucha ideológica es también una lucha por construir formas de vida y relaciones mejores, más cuidadosas, más solidarias y, por tanto, más libres. No se le puede pedir a la gente que vote distinto de cómo se comporta en su vida cotidiana.»

«Abría de este modo una perspectiva diferente para observar la falsedad de los códigos éticos de una izquierda progresista que, con ademanes inquisitoriales -la cancelación-, implantaba en nuestro país un doctrinarismo riguroso pero falsario. Porque, en el mientras tanto, hombres del núcleo duro del presidente del gobierno compraban sexo con fondos públicos, cambiaban de amiga como si de un mueble se tratara, las colocaban en empresas públicas en falsos puestos de trabajo y se expresaban al modo más tabernario de los puteros consumados y procaces. Y, sí, la banda sospechaba. Pero callaba. ¿Qué importancia podía tener en esas circunstancias extender la mentira como hábito, la mendacidad como método y la simulación como excusa en todos los ámbitos, incluidos el político, el electoral y el institucional? Ninguna.

Por eso, al mismo tiempo que el mar punitivo para la incorrección política se incrementaba, se ha introducía la latitud sancionadora para los delitos contra los valores constitucionales, primero con indultos y con amnistía, se suprimían tipos penales que amparaban bienes jurídicos intangibles, se suavizaban las penas por ilícitos como la malversación, se desactivaba la protección de las instituciones del Estado -la Corona entre ellas-, se establecía una praxis política en la que los golpistas y los terroristas formaban parte de la dirección estratégica del Estado y, en definitiva, la verdad se convertía en una opinión, mientras que la mentira dejaba de serlo para transformarse en un cambio de criterio».

«Al Partido Popular en 2004, la mentira sobre el 11-M le costó la pérdida del poder. En la segunda legislatura de Rodríguez Zapatero, la mentira sobre la crisis económica arruinó al PSOE. Será la mentira -la suya, pero también la de su familia- la que le arroje del poder a Sánchez, la que propiciará su descredito en el relato de la historia reciente y el bochorno ético a los que palmearon su mendacidad.»

«Presidente, ¿por qué nos ha mentido tanto? Pregunto Carlos Alsina a Pedro Sánchez en Onda Cero. La respuesta fue: «No he mentido, he cambiado de opinión»

El libro termina con esta consideración:

«Pedro Sánchez ideó la destrucción del sistema constitucional para sustituirlo por su autocracia. Desde siempre no ha habido en la política peor corrupción que la mentira. Esa campeona del pensamiento filosófico y escrutadora del totalitarismo llamada Hannah Arendt dedicó uno de sus mejores ensayos a la mentira en la política y nos pegó la esperanza de que la verdad es irreemplazable por más que tarde en imponerse. En España llevamos ya casi una década esperándola».

Quinto

Juanjo Cáceres

Conozco un chaval de 16 años que siempre hace bromas relacionadas con Pedro Sánchez. Por ejemplo: “Por decreto decido que yo he tenido la mejor nota en este examen”. Otro, de 19, asegura que lo de Pedro Sánchez no puede ser, que al principio le sacaron cosas que no eran ciertas pero que ahora sí lo son. Y que si los impuestos que pagamos… Uno más de su misma edad, cuando le mencionas a Pedro Sánchez, pone cara de malo.

Los relatos hacen mella. Para una gran parte de la sociedad la figura del actual presidente del Gobierno es la que es. Luego irán a votar o no, dirán que si Pedro Sánchez no se qué y al cabo de un rato que si Lamine Yamal no sé cuánto y que no puede seguir así, pero la percepción de signo negativo es firme y se encuentra bien asentada. De hecho, Lamine y Pedro comparten últimamente el honor de ser objeto de numerosos comentarios despectivos. Comentarios que han transformado en muy poco tiempo la opinión que se tiene del astro blaugrana, hasta hace bien poco Dios en la Tierra barcelonista y voz universal de los nuevos catalanes, y ahora hombre de vida disipada que recuerda a Ronaldinho y a Neymar.

También es verdad que estas cosas ocurren desde hace algún tiempo de otra manera. En un post reciente de un grupo anónimo de Telegram, escribían hace unos días: “Si discutes con perfiles anónimos en redes, lo más probable es que estés gritándole a una granja de bots. Literalmente: miles de cuentas falsas controladas por IA, programadas para enfadarte, dividirte y sembrar odio. No están ahí para debatir, están para manipular. Esto es rigurosamente cierto. Ahora bien, si somos lo bastante honestos, también veremos en esta comunicación emitida en ese grupo la intención de que ignoremos críticas que proceden de según qué fuentes y que nos mantengamos firmes en la creencia en un relato distinto, que tampoco deja de ser un relato. Y de hecho no puedo estar seguro si ese texto es de un humano o se ha generado por IA, porque cada día de pasa se entremezcla y se vuelve más indistinguible todo.

Hoy la complejidad de las cosas la podríamos resumir en dos palabras muy claras: menudo lío. ¿Por qué pensamos lo que pensamos? ¿Qué determina lo que pensamos? ¿Quién trabaja para que pensemos de unas maneras y no de otras? ¿Cómo nos afecta la creciente automatización de procesos comunicativos, que se deriva de la generalización del uso de la IA y otras tecnologías de análisis y de distribución de datos? ¿Acaso son nuestras percepciones algo más que un mero espejismo, comprado en el mundo de las aplicaciones gratuitas y en las redes sociales? ¿O nuestro cerebro aun conserva cierta capacidad de generar algo, mientras nos movemos entre pantallas?

Mientras meditaba sobre todo ello aparecieron las gafas de Pedro Sánchez y el anuncio de separación de Lamine Yamal, dos eventos que tienen un lazo en común: su tremenda irrelevancia en lo que se refiere a la faceta que debería suscitar interés real, que es en un caso el ejercicio de la presidencia del Gobierno y en otro, el rendimiento futbolístico y su contribución a los éxitos del Futbol Club Barcelona. Pero es innegable el poder de ambos hechos noticiados de incidir en la forma como se divulga sobre cada personaje: en el primero, como solución contrainformativa (“hagamos que los medios hablen de las gafas y no de Cerdán con esta poderosa imagen”), y en el segundo, transmutado en mensaje subliminal de redención (“ese chico de vida disipada que se da cuenta de que debe concentrarse en el fútbol”).

Las cuestiones mencionadas se mueven entre lo anecdótico y lo inquietante, pero tal vez deberíamos sentirnos principalmente inquietos. Hoy podría haber ido a la IA y decirle que me preparase un texto, con apariencia literaria, en el que situase estas paradojas comentadas sobre las percepciones de Sánchez y Yamal. Yo creo que me habría ahorrado mucho tiempo, pero no serían las mismas ideas las que allí aparecerían: serían otras, y lo que es más importante, tendrían un fondo distinto y una razón de ser distinta. De ello deduzco que, aunque empanados, nuestra presencia sigue siendo importante. También que el que nosotros mismos seamos capaces de generar mensajes es importante, y, por lo tanto, que también lo es el que nuestra voz se escuche y suene tal y como es.

Queda pues, claro, que un primer paso necesario es el de no caer en las tentaciones peligrosas. ¿Pero cómo abordamos el segundo, ese que nos debe liberar de las redes que lanzan sobre nosotros esos relatos precocinados o automatizados? Ahí la tarea es mucho más complicada, puesto que siempre hemos sido muy sensibles a la persuasión y ahora mismo los mecanismos de persuasión existentes son muchísimo más numerosos y poderosos que nunca. Pero si no dormitamos tanto, rebrotamos. Si no compramos por impulso, ni bienes ni relatos, pensamos. Si somos conscientes de nuestros sesgos cognitivos y de que la comunicación digital es territorio de guerra, reaccionamos. Si no nos damos por vencidos, resistimos, Y si no nos rendimos, a lo mejor, algún día, hasta ganamos.

Feijóo no puede obligar a nada a Mazón

Carlos Hidalgo

Advertencia previa: todo lo que he escrito en este momento puede caducar cuando se lean estas líneas. Me hago cargo del riesgo y asumo mi falibilidad.

Porque mientras escribo esto, la reunión entre Alberto Núñez Feijóo, presidente del Partido Popular y Carlos Mazón, presidente de la Generalitat Valenciana y presidente del PP de la Comunidad Valenciana, ha terminado sin acuerdo. Después de que Feijóo y Mazón comprobasen en persona que un año después de la tragedia de la DANA los ánimos de una parte importante de la población valenciana no se han calmado, sino que se han enconado aún más. Una DANA que arrasó la provincia de Valencia y que acabó con más de dos centenares de vidas que podrían haber sido salvadas si el presidente de la Generalitat hubiera hecho caso de las advertencias de la AEMET y activado los avisos de alerta, como sí que hicieron otras instituciones de su comunidad. Y, sin embargo, Carlos Mazón pasó unas horas clave en una misteriosa comida con una periodista, una larguísima sobremesa y estando básicamente ilocalizable mientras los conciudadanos a los que se debe morían y perdían todo en la catástrofe.

Mazón ha pasado el último año pretextando que está “centrado en la reconstrucción” y ofreciendo versiones contradictorias y cambiantes sobre su agenda en el día de la catástrofe. Aparte de negar lo evidente, Mazón también ha acusado a las víctimas de “politizar la tragedia”, cuando lo cierto es que el presidente de la Generalitat está politizando su supervivencia política personal. Feijóo, que ha dicho mentiras tan evidentes como las de Mazón (con la leal intención de apoyar su correligionario, supongo), se encuentra igualmente atrapado por esa ola de rabia que no cesa. Con todo lo que sabemos hoy en día, volver a escuchar a Feijóo diciendo que estuvo en contacto permanente con Mazón mientras se desarrollaba la tragedia, es un poco patético. Sobre todo, porque ya conocemos el registro de llamadas de Mazón en ese día y ninguna de ellas estuvo dirigida al líder de su partido.

Ahora, si Mazón es presionado en exceso por su partido para dimitir, este amenaza con anticipar las elecciones en la Comunidad Valenciana, un movimiento que horroriza al Partido Popular, que teme perder el gobierno valenciano o renovarlo, pero más sujeto a Vox de lo que lo está en la actualidad. Feijóo lo que quiere es que Mazón dimita, que ponga a otra persona del partido en su lugar y aguantar lo que queda de legislatura, controlando además el desarrollo del congreso del PPCV, que está pospuesto indefinidamente.

Lo verdaderamente triste es que Feijóo no puede obligar a Mazón a hacer nada de nada. Lo he expresado aquí alguna vez: en España el líder de la oposición es una figura con poder moral y con la autoridad que le quieran reconocer sus compañeros y compañeras electos. Alcaldes, presidentes, cargos autonómicos, manejan nombramientos, presupuestos y, en general, tienen y ejercen poder. Un líder de la oposición es un diputado que, por lo general, lidera la estructura orgánica de su partido. Para ser líder de la oposición es necesario dialogar mucho, tener mucha mano izquierda y ganarse todos los días la lealtad de los “barones”. Pero el pecado original de Feijóo es haber llegado a la presidencia del Partido Popular aprovechando una rebelión de una baronesa contra su antecesor.

Feijóo es presidente porque Pablo Casado se vio forzado a dimitir tras haberse enfrentado directamente a Isabel Díaz Ayuso y haber perdido la pelea. El líder gallego llegó exigiendo ser elegido por aclamación (sin votos en primarias, ni siquiera “corregidas”, como las que auparon a Casado) y con la promesa de no interferir en los territorios, dando total autonomía a las organizaciones territoriales del PP. Pretender imponerse a Mazón cuando la clave de tu liderazgo se basa precisamente en hacerte vulnerable a los caprichos de personas en su posición es tremendamente difícil.

Sí, Rajoy pudo obligar a dimitir a Francisco Camps, en su día. Pero es que Rajoy tenía otro tipo de autoridad, su encargada de organización (secretaria general del Partido Popular) era María Dolores de Cospedal, que ejercía un control férreo sobre la organización y sobre Camps pesaba una imputación judicial. Nada de eso se da en el caso que nos ocupa. Aparte de que Rajoy no era nada reacio a recortar la autonomía de los presidentes regionales de su partido y se estaba jugando la presidencia en unas elecciones generales que se celebrarían seis meses después de la dimisión de Camps.

Obligar a Mazón a cualquier precio tampoco sería bien visto por otros líderes con problemas en sus territorios, como ocurre con Mañueco en Castilla y León, con Juanma Moreno en Andalucía, con María Guardiola en Extremadura y, por supuesto, como ocurre con Isabel Díaz Ayuso en Madrid. Una alianza de esos líderes regionales podría cobrarse la cabeza de Feijóo como se cobró en su momento de la Pablo Casado.

Además, el cargo de secretario general del PP está en este momento en manos de Miguel Tellado, que está más preocupado en buscar oportunidades de colgar barbaridades en los medios, que del correcto funcionamiento de la estructura de su partido. Una llamada de Tellado a un presidente “popular” tendría más o menos el mismo efecto que una llamada de Bertín Osborne: es de un aliado, se puede agradecer, seguro que desemboca en risas, pero no va a influir en el rumbo del PP en esa región.

Mañana lo más seguro es que Mazón haga únicamente lo que él crea conveniente para sí mismo y nada más. Y Feijóo tendrá que tragar, poner la misma buena cara que cuando se come los sapos que le sirve Ayuso y tratar de convencernos de que todo es idea suya.