Melancolía en Septiembre

Arthur Mulligan

Termina el curso político con un Gobierno agotado luchando por limpiar esas sombras de corruptos oficiales que no terminan por desaparecer con los disolventes habituales porque su líder viajando de aquí para allá lleva en su frente el estigma de su complicidad, de sus abrazos en numerosos actos oficiales, de su omertá. Intenta un enésimo renacimiento, ganar tiempo, y ojalá que pase algo que te borre de pronto (como en la canción): una luz cegadora, un disparo de nieve… Tiene mala cara, como su partido, y como un autómata convoca a sus últimas divisiones retóricas en cuanto ve un micrófono:

«Dijimos que crearíamos empleo y hoy tenemos el mayor número de afiliados y afiliadas a la Seguridad Social de la historia. Dijimos que generaríamos riqueza y hoy somos una de las economías que más crece en Europa y acabamos de superar en PIB per cápita, nada más y nada menos que a una gran economía como la japonesa».

Es cierto, y lo ha hecho junto a Eslovenia, Puerto Rico y Bahamas, aunque no cita los factores externos de ese logro: crecimiento demográfico, fortaleza del turismo y fondos europeos, sin olvidar la depreciación del yen. En los últimos años, el crecimiento de las cotizaciones en España ha sido significativo: en 2024, los ingresos por cotizaciones aumentaron un 7,2% interanual y han subido más de un 33% desde 2019. El gasto público equivale al 45% del PIB; en 2004 era el 38%. El tipo medio del IRPF ha subido un 15% desde 2009 mientras la renta disponible de las familias apenas se ha movido. Más impuestos, menos poder adquisitivo.

De los 163.000 MM prometidos, España solo ha recibido 71.000 MM de los fondos europeos por incumplimiento de los objetivos comprometidos, falta de reformas estructurales y porque se diluyen en campañas institucionales, propaganda y proyectos clientelares de escaso impacto porque la ejecución ha sido un desastre.

Desde que Sánchez es presidente, el déficit público acumulado de todas las administraciones públicas asciende a 400.000 millones de euros. El 94% de esa cifra, esto es, 373.000 millones, corresponde directamente a su gestión. El gasto público de la administración central se ha incrementado un 46% en este periodo. Ni siquiera el récord de recaudación (184.000 millones más al año respecto a 2019) ha servido para reducir el déficit, que sigue siendo 11.765 millones superior al que heredó. Es decir: se ingresa más que nunca, se gasta más que nunca, y se ahorra menos que nunca.

Desde que comenzó la era Sánchez, hay 84.000 empresas menos. La mayoría, PYMES, el verdadero tejido económico del país. El exceso regulatorio, el coste laboral y la incertidumbre política están expulsando a los emprendedores. El mensaje es claro: si quieres montar un negocio, que sea una asociación subvencionada o una consultora de resiliencia emocional. Montar una empresa se ha convertido en un deporte de riesgo.

España sigue liderando el paro en Europa con casi un 11%, el doble de la media comunitaria. Aporta uno de cada cuatro desempleados de toda la UE. Mientras se presume de «récord de afiliación», se oculta que gran parte de ese empleo es precario, público o artificialmente troceado en contratos discontinuos. El paro juvenil sigue por encima del 27%.

El absentismo laboral se ha disparado hasta niveles nunca vistos. Cada día, 1,5 millones de trabajadores no acuden a su puesto de trabajo. De ellos, más de 300.000 lo hacen sin baja médica. La cultura del esfuerzo se ha sustituido por la cultura del justificante. Especialmente entre los jóvenes, donde sorprende que dichas bajas laborales crezcan.

Todo el Gobierno colabora en los titulares del CIS y todos son corresponsables del fiasco que más pronto que tarde contemplaremos en las días finales de Septiembre.

En este cuadro un tanto duro es más o menos en el que va a transcurrir el nuevo impulso que ha anunciado el gobierno con el inevitable componedor resistente Patxi López, Ingeniero Industrial de vocación in pectore.

La coalición Sumar está muerta y el nuevo frente de Rufián no termina de arrancar, incluso el propio Rufián parece que va por libre y ha sido señalado para mal. Es pura álgebra -x+ = –.

El resto progresista a sus progresos mientras Vox está convencido de que va a heredar. Entre los progresistas destacan Junts y el PNV, el primero quiere también el Cupo del segundo; la realidad es que se necesitan 2,5 afiliados para pagar pensiones y el País Vasco tiene menos de 1,5 y el 40% de las pensiones vascas se financian con deuda pública que pagarán todos los hijos de todos los españoles, menos los del País Vasco. Es sumamente difícil que suceda algo así como un cupo catalán, pero a los socialistas españoles esto no les importa, les resulta extraño o lo disimulan muy bien.

Sin embargo, los casos de corrupción influyen más cuánto más cercanos aparecen en el tiempo, y menos durante el final del tiempo lánguido de formación del fenómeno, ese que la indolencia administrativa atempera, mientras que la memoria urgente de la vida cotidiana se activa cuando se sumerge en el deterioro de la vida económica, el caos activo que convive con las caras más reconocibles del gobierno al que pueden dirigir su rencor y cuyos socios y aliados no quieren recibir.

En conjunto se perderá una oportunidad de reconducir y estabilizar un país moderno, restaurar el respeto a las instituciones y el rigor de las cuentas públicas y sus controles.

Pero esta izquierda secuestrada por la inversión de sus promesas es incapaz de gobernar en esa dirección salvo que procure un golpe de mano que recomponga un Gobierno útil para llevar al país a unas elecciones sin crispación del que resulte un Gobierno útil abierto al diálogo y a los compromisos huyendo de extremismos fracasados.

¡Feliz verano a todos!

De lo que yo decía

Juanjo Cáceres

Como recitaba Dante, estaba yo “a mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba, porque mi ruta había extraviado”. Era este mismo mes de julio y en ese trance escribía que “la oposición está poniendo mucho esmero en que (lo de Cerdán) se convierta en la tumba de Pedro Sánchez, pero debe ir con cuidado, porque lo que implica Cerdán no pone las cosas fáciles al otro gran actor del bipartidismo. Y no solo porque los casos de corrupción, de cobros ilegales y de tráfico de influencias lo tengan también terriblemente pringado, sino porque Santos nos recuerda que este proceder es un rasgo inherente de los grandes partidos. Lo queno esperaba era una demostración tan inmediata, irrefutable e indiscutible como la aparición del caso Montoro. Aun así, es posible que no todo el mundo esté de acuerdo con la premisa.

Examinémoslo, pues, mientras el verano consume nuestro entendimiento y la edad se asegura de que haya cada vez más cosas cuyo nombre no podemos recordar. Todos hemos comprobado que ha reaparecido en un expediente judicial, como por arte de encantamiento, un ser fantasmagórico que yacía en el baúl de los recuerdos y que no resulta precisamente de grata memoria. Un individuo que, gracias al trabajo judicial, nos permite plasmar con periodos y fechas una secuencia ininterrumpida de abuso de poder desde la administración central, que empieza antes de su mandato y continua después hasta nuestros días, con el único fin del enriquecimiento y el ejercicio de un poder lo más absoluto y arbitrario posible.

En esa relación dolorosa entre poder y corrupción, en la que no siempre hay citas en lugares escondidos, nunca faltan, sin embargo, sus dos elementos indispensables: el político con un cargo relevante en el gobierno, que comete delitos a sabiendas, y la empresa que, también a sabiendas, consigue sus propósitos vulnerando todos los procedimientos legítimos imaginables. Es difícil no considerar, pues, viendo la secuencia que forman, por ejemplo, Montoro, Ábalos y Cerdán, y evocando todo lo que sabemos de otros gravísimos casos de corrupción, que esa puede ser la verdadera naturaleza de nuestros gobiernos hoy en día y que todo lo demás es atrezzo. Tampoco es necesario ser reduccionistas en lo geográfico: al otro lado del océano observamos a un tipejo de la misma calaña, pero con mucha menos afición a esconderse.

A lo largo de estas semanas y meses hemos oído ingeniosas composiciones de algunos oradores del Congreso, que básicamente pretenden asentar el siguiente marco cognitivo: que la corrupción, cuando gobierna la derecha, es estructural y cuando gobierna la izquierda, es ocasional. Hombre, ingenioso resulta, ¿pero esto es verdad? ¿Hay una diferencia sustancial entre el grado de corrupción que implementaron los miembros del PSOE por todos conocidos y el que implementa el PP? No lo parece si observamos lo que acontece últimamente. Mismos actores, mismas mordidas.

Tal vez sea que la diferencia hay que establecerla según la magnitud. Pero, ¿cómo saber con qué magnitudes tratamos, cuándo lo de Montoro se ha mantenido tremendamente tapado, hasta que una investigación muy en profundidad, que ha tenido que sortear los obstáculos judiciales iniciales generados en primera instancia, ha dado con la trama? ¿O cuándo lo de Ábalos & Cerdán solo ha sido desvelado gracias a un señor listísimo que grababa hasta sus conversaciones con el gato del vecino? ¿O incluso lo del gran Bárcenas, escriba de apuntes contables en misteriosas libretas, que no tenía mejor lugar donde asentar sus operaciones y que anotaba nombres que evocaban apellidos presidenciales?

El problema con la magnitud es que es imposible de determinar, porque los delitos detectados -presuntos y confirmados- son conocidos gracias al triste proceder de unos personajes cuya gestión de documentos y palabras era especialmente precaria para ejercer con éxito la delincuencia. Por lo tanto, seguir el rastro a la corrupción es tan difícil como examinar el pasado desde el registro arqueológico: son necesarias muchas excavaciones y muchas evidencias para consolidar análisis sobre lo acontecido con el paso del tiempo y para no caer en lecturas sesgadas en función de los hallazgos realizados.

Además, el otro gran sesgo para diagnosticar la corrupción procede de la proximidad, de la negación, del autoengaño de creer que cuando los míos roban son manzanas podridas y que, en cambio, cuando roban los otros, hay que prender fuego al árbol entero. Pero, además, creo que hay una característica mucho más importante que la precede, que es el consentimiento. En el ámbito de lo político, muchos son los hechos que sabemos que están mal. Son fenómenos distintos, pero que se unen a la corrupción en su parentesco con la mala praxis. Tienen nombres tan conocidos como clientelismo, enchufismo, pago de favores, apoltronamiento, opacidad, jerarquización, amiguismo… Las relaciones en el ámbito de las grandes y no tan grandes organizaciones políticas están regidas por estos parámetros y son los responsables de crear un caldo de cultivo muy determinado, donde lo que florece no es precisamente lo mejor que podría florecer.

De ahí que cuando Pedro Sánchez dice que él no sabía nada de las mordidas de sus correligionarios, alguien debería preguntarle: “Muy bien, ¿me podría indicar si en su partido, el PSOE, existen fenómenos, como el clientelismo, el enchufismo, el pago de favores, el apoltronamiento, la opacidad, la jerarquización, el amiguismo…?” y ver si responde: “Sí, abundantemente”. O bien responde: “Le puedo asegurar que en el PSOE las mejores personas ocupan siempre los puestos de mayor responsabilidad y que ningún cargo público y orgánico ocupa el lugar que ocupa sin disponer de muchos méritos para ello”. Porque si respondiera lo segundo, no estaría diciendo la verdad, ni tampoco la estaría diciendo cualquier líder político de otro partido que se expresase en términos semejantes.

Y así es como ciertos barros producen ciertos lodos. Todo depende de que existan suficientes cargos, suficiente poder político y suficientes personas haciendo las cosas chapuceramente para que un delito o una mala praxis se haga visible. De este modo, cuanto más grandes son los partidos, mayor es el drama y mayor la intensidad de lo que sucede.

Se ha hablado mucho estos días de las medidas a adoptar para atajar la corrupción, pero dejar esa respuesta en manos de los partidos se acerca bastante a pedir a un pirómano que prepare una estrategia de prevención de incendios forestales. En cualquier caso, lo más importante es partir de diagnósticos veraces y contundentes. Minimizar lo que ocurre es tapar lo que ocurre. Las palabras solo son importantes si explican lo importante, de modo que no solo resulta crucial tomar la palabra, sino también ser valiente. En estos días que las “voces en off” recuerdan que lo de Montoro estaba claro, es hora de hablar sobre qué más está claro.

Hay que derribar los obstáculos que impiden llegar al fondo de las cosas, tomar la palabra para explicar lo que no se explica y hay que tener menos miedo a la verdad o a lo que pueda pasar.

¿Qué haces, Cristobítal?

Carlos Hidalgo

Cuando estaba en mis últimos y renqueantes últimos años de carrera, Cristóbal Montoro era ministro de Hacienda en la segunda legislatura de José María Aznar. Casualmente, mi profesor de Hacienda Pública y Sistema Fiscal Español (apellidado Barriocanal), que estaba más a la derecha que el grifo del agua fría, se preciaba de haber sido profesor suyo. Sin embargo, a cada semana del cuatrimestre que pasaba, este profesor se desesperaba porque, para él, la política tributaria de su antiguo discípulo era irracional de todo punto. Según mi profesor, “Cristobítal” (pues así le llamaba), abusaba tanto de los impuestos indirectos y descuidaba de tal manera el IRPF, que reducía la demanda interna, perjudicaba a la actividad económica y, a la larga, creaba un enorme déficit al Estado. Tanto, que Montoro lo disimulaba (con Aznar y con Rajoy) sacando dinero de la llamada “Hucha de las Pensiones”, el Fondo de Reserva de la Seguridad Social, que en sus mandatos se redujo unos 50.000 millones de euros; de 67.000 a 15.000 millones. “¿Qué haces, Cristobítal?”, se preguntaba mi profesor en voz alta en clase.

Ahora, gracias a una investigación policial de más de siete años, llevada en secreto por la Guardia Civil y los Mossos d’Esquadra, sabemos que Montoro usaba su despacho privado para hacer leyes a medida de quien le pagara, que usaba los datos fiscales confidenciales como arma política e instrumento de presión y que, no sólo amenazaba con la temida Agencia Tributaria (AEAT) a quien le llevara la contraria, sino que cumplió sus amenazas en más de una ocasión, llevando a un periodista al paro, a la ruina y casi al suicidio y a muchos medios a un temeroso silencio que no se ha roto hasta ahora. Merecen una mención especial los periodistas de ABC, especialmente Alberto Chicote, que junto a su familia, sufrió toda clase de inspecciones e investigaciones por publicar cosas que no gustaban a Montoro.

A Montoro siempre le gustó su fama de siniestro y le gustaba soltar amenazas veladas a quien no comulgara con sus políticas. También se relamía cuando, en comparecencias ante la prensa o en sede parlamentaria, anunciaba recortes, decía que había que “apretarse el cinturón” o llevaba a ayuntamientos a la bancarrota, al no permitirles financiarse. El desastre le encantaba y por eso no tuvo reparos en decir aquello de “que se arruine España, que ya la arreglaremos nosotros”, cuando el PP obstaculizaba en el parlamento las medidas anticrisis de los últimos y agónicos años del gobierno de Zapatero.

En los mejores momentos, con la economía española dopada de ladrillo antes del reventón, Montoro anunciaba con ladino regocijo que había que recortar para “crear empleo” y en los peores, decía sin mover una ceja que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades y que eran necesarios “sacrificios”. Sacrificios que ahora vemos que no eran aplicables, entre otras, a empresas como Codere, la multinacional del juego para la que Montoro diseñó una ley que permitía desgravarse pérdidas del juego y la que ahorró hasta el 80% de los impuestos que debía pagar. Todo ello para nada, puesto que Codere, que se había endeudado por sus inversiones en Argentina, se encontró con que el BBVA había vendido su deuda al fondo buitre Blackrock y la familia dueña de la empresa fue expulsada del negocio que habían fundado. Obviamente, invertir en Montoro tampoco les salió a cuenta. Ni tampoco la inversión en Rafael Catalá por la parte legal, ni la de Pío Cabanillas en la parte de comunicación.

Pero también sabemos que el despacho privado de Montoro controlaba (y posiblemente cobraba) los nombramientos de la AEAT, en el Ministerio de Hacienda (estaba “purgando de socialistas” su ministerio, decía) y las políticas económicas relacionadas con las empresas gasistas (de producción y distribución de gas), energéticas y muchas otras, que conocían los Presupuestos Generales del Estado antes de presentarse al Congreso de los Diputados.

Todo esto nos lleva a una imagen aterradora de los gobiernos del afable Mariano Rajoy, en los que se ha descubierto que financiaban ilegalmente a su partido de manera estructural e iban “dopados” a las elecciones (Gürtel), que usaban a la Policía Nacional contra sus adversarios políticos (Kitchen) y que, según vemos ahora, usaban también a la Hacienda Pública para perseguir a sus enemigos políticos, incluida Esperanza Aguirre, que estuvo en el punto de mira de la Hacienda de Montoro mucho tiempo y cuya Comunidad de Madrid pagó con dinero público 1,8 millones de euros a Equipo Económico, el despacho privado del exministro con el que sacaba tajada de hacer leyes. La investigación contra Aguirre está archivada y cerrada. Por no hablar de la cantidad de juicios contra el entorno del PP que se quedaban en nada, casualmente (pero seguramente sin relación) después de Federico Trillo comiera con los presidentes de los Tribunales Superiores de Justicia o con consejeros del Consejo General del Poder Judicial.

Va a resultar que cuando el PP actual acusa al Gobierno del PSOE de “colonizar” las instituciones del Estado, de erosionar la democracia con arbitrariedades, de saltarse la separación de poderes, tal vez no estén hablando de los socialistas, sino describiendo su foto de hace siete años.

Diario disperso

Senyor G

Feijoo necesita un PP amigable

Lo necesita si quiere ser presidente del gobierno de España. Si quiere ir ya próximamente a un consejo de administración de alguna gran empresa de servicios obligados, entonces va bien, perfectísimamente. No me ha parecido que el congreso del PP de la semana pasada intentase buscar amigos, al contrario, la sensación es de que se ponen extremadamente duros. A degüello. Dijo él mismo que no haría cordón sanitario al partido ultranacionalista VOX, cosa que ya nos ha quedado más que clara con sus alianzas de gobierno a nivel autonómico y supongo que local.

Y remata con perfiles broncos, como Cayetana. No pretende hacer amigos, está claro. Su apuesta no gustará en Cataluña y el País Vasco, él sabrá. Ni entro en los que entendemos que con su propuesta y amigos tendremos regresión en derechos sociales además de con la lengua catalana. Ya le ha avisado Toni Nadal en su casa sobre el tema, pero la gestión al respecto en Baleares y Valencia es clara, no da lugar a dudas. Van contra el catalán cada vez que pueden y en todas sus variantes.

Hay que recordar que VOX ni condena ni lamenta a las escuadras racistas que empiezan a actuar en ciertos municipios al calor de cierta cobertura mediática. Habrá que empezar a ser claros con estos temas y denunciar a los que tienen por objetivo participar de la extrema derecha a título lucrativo. 

Joan Tapia, recuerda que esos amigos suyos salen del bloque de gobierno de la UE de liberales, socialdemócratas y populares. Pero no es mi guerra, ellos sabrán.

Quién sabe, igual es una estrategia de comerse a la extrema derecha para luego gestionar desde el centro. Esas cosas han pasado muchas veces en política. El PSOE de inicio de la transición con Felipe González estaba juguetón, y con declaraciones a ratos a la izquierda del PCE, para finalmente empezar las privatizaciones y el neoliberalismo en España. Aún compartirán consejo de administración González y Feijoo.

No es solo que no haga amigos, es que a la izquierda cansada o desencantada nos obliga a seguir al pie y a aglutinarnos. No nos podemos permitir el desencanto ni el cansancio. O a moderados diversos, que con otra propuesta podría ir rascando sus votos y aquiescencia. Pero vamos a concluir que tampoco yo sé mucho de política o hacer propuestas triunfantes. Eso sí veo que esto está demasiado tenso y empezamos a estar muy tontos.

Reciclaje

Me esfuerzo por hacer las cosas bien, separo la basura. Los envases de plástico o metal al amarillo, el papel al azul, lo orgánico al marrón, el resto al gris, y de tanto en tanto otras cosas al punto verde del barrio. Pero con un aliado militar de nuestro país soltando bombas en centros nucleares de otro país no sé si merece la pena. Además del rearme militar del que participamos y que ya verás cómo también nos lo cuelan como ecológico y sostenible. ¿Alguien sabe si en la otra punta de Europa Putin obliga al reciclaje o lo hacen de alguna otra manera?

Y los aeropuertos. Nuestros gobiernos, todos viviendo en Barcelona, nos piden que reciclemos, pero a la vez quieren ampliar el aeropuerto de El Prat. No ven contradicción. Y los que están a favor y no son gobierno pueden llegar a argumentar, que no tiene sentido parar nosotros la rueda si otros países y poderes siguen esa dinámica de más avión.

Ruidos

Y más avión en El Prat es más turismo en Barcelona, más ruido en mi barrio. Aunque nosotros los de Barcelona también somos ese turista ruidoso que nos molesta. ¿Cuándo empezó a ser todo terraza en nuestras ciudades? ¿Cuándo empezamos a estar siempre fuera de casa consumiendo? Con nuestros padres se comía fuera quizás una o dos veces al año. Un bautizo, una boda o una comunión. De hecho, la celebración de mi comunión fue pan con tomate y jamón en casa.

Loop, teatro de padres a hijos

Mi mujer me llevó estos días de julio al teatro a ver Loop, escrita por Ramón Madaula, además de interpretada por él mismo y por Júlia Genís. Sobre ese ciclo de vida de escuchar consejos de padres y tomarlos como luego los tomarán nuestros hijos cuando entonces somos nosotros quienes los damos. Un gran guion y una gran ejecución. Especialmente sorprendente en el caso de ella a la que no conocíamos y hacía dos papeles que a veces cuesta ver, pero que no chirrían en absoluto. No es fácil. Si pueden porque pasa por sus barrios aprovechen, lo disfrutarán y agradecerán.

Se llama respeto, no tolerancia

Verónica Ugarte

El pasado 12 de julio se celebró en las calles de Barcelona la Ashura, que es el día en que los musulmanes chiitas recuerdan el asesinato de Husayn ibn Ali, considerado por ellos sucesor del Profeta, del quien era nieto. Dicha celebración fue apoyada por el Ayuntamiento de Barcelona, y recorrió varias calles del centro de la ciudad. No es la primera vez que dicha celebración acontece en la ciudad, sino más bien desde hace veintidós años que se celebra.

Las RRSS una vez más se están haciendo eco de las voces que claman por una España laica. ¿Y qué es la Semana Santa, sino la expresión de una parte de la población, que es la católica? También están las voces indignadas al tener ante sus ojos algo desconocido y por lo tanto, odiado. Porque ese es uno de los males que genera la ignorancia: el odio.

Tanto el Raval como Ciudat Vella son barrios con alta concentración de inmigración extra europea. Esta realidad hace que se dicte sentencia en cuanto a tasas de incivismo, criminalidad y odio hacia aquellos que comulgan una fe distinta a la del español católico medio.

Ver a las mujeres cubriéndose, o no, la cabeza, reafirma el rechazo y abre el debate a la llamada “integración”. Me gustaría saber quién es el juez que puede afirmar si alguien está “integrado” o no. ¿Hablar con tu familia, con tus amigos, en tu lengua materna te hace culpable y deberías viajar de vuelta “a tu país” por no compartir “nuestros valores”? Ese discurso lo escucho desde hace más de veinte años, y se ha hecho una de las piedras angulares del discurso racista de Trump, donde el castellano es perseguido.

Nadie sabe con certeza de qué situaciones huyen familias enteras. Pero parece que solo es aceptado si es moda. Ucranianos (a pesar de ser cristianos ortodoxos), afganos, palestinos son aceptados porque el mundo sabe lo que ocurre. Pero países como Argelia, Nigeria, Albania de momento están fuera del radar de los corazones llenos de amor y comprensión de los simpatizantes de discursos de bar y de futbol.

No importa si trabajan 20 horas al día fregando pisos. Explotados por españoles que seguramente se arrodillan ante la cruz cada domingo. Porque ¿quién se deja la piel en según qué sectores, bajo el sol, sin guantes y sin protección, malviviendo en carromatos o menos que eso?

Siempre he afirmado que el criarme en un entorno multicultural me preparó para lo que vendría. Dejar la Tierra Salvaje por Casa Nostra, fue una revolución. Convivir y trabajar con tantas personas de toda España y del mundo, un tesoro de conocimiento y cultura.

Se habla de tolerancia, cuando el verdadero verbo es el respeto. No me interesa que alguien celebre lo que yo no celebro. No me importa que alguien hable con sus amigos en un idioma que no conozco. Lo que importa es el ser humano que busca un mundo mejor para sus hijos. Porque los niños son sagrados, y su futuro también.

Sigamos con esos ojos y mentes cerradas y la extrema derecha hará el resto.

Ese tigre no se puede cabalgar

Carlos Hidalgo

Voy a empezar con la conclusión: las marchas racistas, los intentos de linchamiento y las agresiones de Torre Pacheco no se pueden tolerar. No se deben ni tratar de explicar y todos sus responsables, incitadores, así como la gente que han participado en ellas, deben ser perseguidos hasta donde indique la ley.

Mientras esto ocurría, Miguel Tellado estaba en Ermua, nada menos, acusando al PNV de participar en la “Trama Celdrán” y escupiendo un poco sobre el “espíritu de Ermua” de paso. Obviamente, no hemos visto condenas a las “razzias” xenófobas, ni llamadas de atención a Vox, ese socio preferente que es uno de los instigadores precisamente de los pogromos, junto a ese satélite suyo llamado “Deport Them Now” y los cretinos del Frente Obrero.

Si el PP supiera algo de historia, recordaría cómo los intentos conservadores de cabalgar al tigre fascista terminan siempre con el tigre devorándoles. Algo que les podrían contar en persona los Gil-Robles que militan en sus filas y que algo saben por su propia experiencia familiar. Así que no deberían dejar que se salieran con la suya.

Nadie debe dejar que Vox se salga con la suya instigando revueltas racistas. Lo que hoy está pasando en Torre Pacheco puede animar a gente con ganas de que suceda lo mismo en Caspe, en El Ejido (otra vez), en Sabadell o, como está sucediendo en estos mismos momentos: en Alcalá de Henares, donde la propia alcaldesa (del PP está instigando actos violentos xenófobos).

Estas revueltas racistas, que en principio surgen como respuesta a repugnantes actos delictivos, ignoran deliberadamente la profesionalidad y eficacia de Policía Nacional y Guardia Civil (especialmente esta última) atrapando a los responsables de esos actos y llevándolos ante la justicia. Aunque eso es lo de menos para la gente que acude a estos actos, que solo desea una mínima excusa para salir a apalear a sus vecinos. Por lo que sea.

Desde el primer ascenso de Trump la derecha ha descendido al mínimo común denominador intelectual y permitido que sean sus portavoces de menos nivel quienes lancen sus mensajes al electorado. Unos mensajes que consisten más en tratar de fastidiar al vecino que en buscar el bien común de la sociedad. Unos mensajes basados en dedos acusadores (con razón o sin ella) y en señalar cabezas de turco que en encontrar auténticas soluciones a los problemas que nos son comunes a todos.

Ya sabemos cómo funciona esa espiral porque lo vivimos exactamente hace un siglo, con el desprestigio de la democracia por parte de sus enemigos y lo que ellos pretendían que era la inteligente manipulación de un ultraderechismo que terminó por canibalizarles.

Los disturbios racistas no son viento a favor de la derecha, son un huracán que nos quiere aniquilar a todos. Y aún estamos a tiempo de pararlo.

Un sol rojo ilumina Moncloa

Arthur Mulligan

En una sala privada el presidente Sánchez con mala cara se sienta en su sillón preferido. Los días anteriores ha dormido poco y apenas le quedan ganas para leer los numerosos documentos pendientes que rodean la habitación. Él solo quiere hablar del futuro de todos esos planes que según dice con insistencia van a mejorar la vida de las gentes aunque todo conspira para volver la mirada hacia atrás, hacía un pasado sin interés inmediato y que ya nada puede ofrecer. Recuerda que este año justamente es un año especial con más de 50 actos programados por no sé qué de la memoria histórica, y maldice el día en el que José Luis empezó a reivindicar la República, las cunetas, lugares de memoria, trincheras y tristezas. Por qué en lugar de pensar en el pasado no hablar de Gaza, de Irán, del Líbano y también de Ucrania, conflictos de actualidad y no seguir empantanados en el barro de la memoria, de esos odios africanos que no hemos vivido, que tanto nos dividen y que jamás podremos reconstruir. Vale, algo había que hacer después de las derrotas de 2023, sí, las autonómicas y locales que todo el mundo de mi entorno planeó como un plebiscito después de la catástrofe de Andalucía, nuestro granero de votos particular.

Y ahora esto, todos mirándome como si fuera el único responsable, yo que tantos cargos y honores he repartido entre estos desagradecidos, sobre todo algo que no tenían, respetabilidad y presencia pública. Estos niños bonitos, estas poses de asamblea universitaria… ¡Como si fuera fácil dirigir a tantas decenas de miles de personas! ¡Y me piden control, control, control!

Debería explicarme mediante aikus, ejercitar habilidades dando forma a las ramas de un bonsai y ordenar de una vez por todas el despido del ministro de asuntos exteriores y su disipada energía; solo deberíamos recibir visitas con caras sonrientes.

Mientras se iba calmando, el presidente se puso de pie y se acercó al ventanal para contemplar los dos cipreses en el jardín y tratar de concentrar su atención en el cálculo de su altura para distraerse mediante el teorema de Tales ¿o era el de Aquiles? ¡No hombre, qué torpe estoy¡ ¡el de Pitágoras! Pitágoras quería decir (debo prestar más atención a las citas de autoridad antes que pseudo medios hostiles me vapuleen).

Un momento ¿y esos libros? Un inmenso sobre blanco con la particular caligrafía en chino clásico con tinta roja estaba semiabierto: Edgar Snow «Red Star over China: The Classic Account of the Birth of Chinese Communism.» Dentro el volumen en edición distinguida con papel biblia.

Después de pedir un café y agua ordenó que nadie le molestase y de este modo comenzó a leerlo, sin ganas pero convencido de que allí encontraría algo que valiese la pena. En la universidad siempre había pensado en los chinos sin verdadero interés, porque le agobiaban las masas y la revoluciones que no entendía, aunque admiraba la figura de Mao Zedong más por la cantidad de millones que le seguían que por su pensamiento del que desconocía casi todo.

«Al celebrarse la gala de los 70 años de Stalin en el teatro Bolshoi, el dictador compareció para mostrarse ante las cámaras, flanqueado por Mao Zedong y Nikita Jruschov. Estaba huraño, pero resentido al mismo tiempo por el trato recibido, impresionado por su homólogo del Kremlin. Antes de concederle una audiencia formal debió esperar varias semanas fuera de Moscú. No perdía la paciencia y refunfuñaba que no había ido hasta allí «solo para comer y cagar».

Lenin había comprendido que los principios del bolchevismo apenas hallaban apoyo popular fuera de Europa y razonablemente sugirió que no recibirían ayuda hasta que no se unieran a las fuerzas nacionalistas en un frente que derribara a las potencias coloniales…

(…) Llevaba años buscando su camino. De joven, había sido un lector voraz y se había visto asimismo como un intelectual que escribía artículos de tendencia nacionalista. Había trabajado como bibliotecario, maestro de escuela, editor y activista sindical. En las zonas rurales, por fin, descubrió su vocación: aunque no pasara de figura menor dentro del partido, sería él quien movilizara a los campesinos para alcanzar la liberación.

Sánchez continúo leyendo: «en abril de 1927, las tropas de Chiang Kai-Shek entraron en Shanghai y el líder nacionalista lanzó una sangrienta purga en la que cientos de comunistas fueron ejecutados. El Partido Comunista chino pasó a la clandestinidad. Mao se retiró a la montaña con un variopinto ejército de 1300 hombres, en busca de campesinos que lo llevaran al poder.»

Sánchez continúo pasando hojas y, siguiendo las vicisitudes del ejército de campesinos, se detuvo en los choques ideológicos con el comité central que seguía oculto en Shanghai, cerca de los trabajadores fabriles. Había quien veía mal las prácticas heterodoxas de Mao. Era terco en la búsqueda del poder y lo impulsaba una ambición feroz al servicio de una personalidad manipuladora y grandes habilidades políticas. Además, era implacable. En cierto incidente que tuvo lugar en una ciudad llamada Futian, mandó confinar en jaulas de bambú un centenar de oficiales de batallón que se había amotinado contra su liderazgo, los hizo desnudar y torturar, y a muchos de ellos se los remató con bayonetas.

En un momento de cansancio, vencido por el sueño, convocaba sorpresivamente elecciones generales y comparecía ante el Grupo Parlamentario socialista del Congreso donde, lejos de que los diputados le hicieran una sola critica por la debacle electoral, poco menos que lo recibían bajo palio con atronadores aplausos, y entonces se plantea como estrategia electoral la imperiosa necesidad de hacer frente a la supuesta amenaza fascista de la derecha y ultraderecha del Partido Popular y Vox, que logra movilizar al electorado.

Recordaba en el sueño las elecciones generales en julio, como las gana el Partido Popular, pero también como él logra formar un gobierno que sus corifeos mediáticos no se cansan de calificar como “progresista”, cuando saben y ocultan la ascendencia etarra de BILDU; que JUNTS, heredero de Convergencia, liderado por un prófugo de la Justicia, es el arquetipo de la derecha capitalista reaccionara catalana, nido de corrupción; que el PNV es un partido conservador histórico de la democracia cristiana; y que ERC es más un partido nacionalista independentista que un partido de izquierdas que traicionó a la Republica en 1931, en 1934 y durante la guerra civil, como dejaron constancia escrita Azaña y Negrín.

Maquiavelo, piensa, se quedaría asombrado por su astucia y por su habilidad para manipular y calificar falsamente como ultraderechista a la derecha, logrando convencer a la militancia socialista de que el Partido Popular es fascista, cuando es un partido, equiparable a la derecha europea, que defiende la Constitución, la unidad de España y el Estado de Derecho, como lo demostró con los gobiernos de Aznar y Rajoy por mayoría absoluta, sin que produjera un liberticidio de los derechos y libertades; y que VOX es la ultraderecha cuando no tiene posibilidad alguna de llegar al gobierno como sí ha llegado la ultraderecha italiana y puede llegar la francesa.

Pero lo más grave es que él y antes José Luis Rodríguez Zapatero con la Ley de Memoria Histórica, también han dividido a los españoles con La Ley de Memoria Democrática 20/2022 de 19 de octubre, pactada con BILDU, que ha vuelto a reabrir la «doble herida», que ha caracterizado la turbulenta y dramática historia contemporánea de España, desgraciadamente, y originado “la progresiva separación entre los españoles y la creciente división entre las regiones”, de la que hablaba Laín Entralgo. Esto, en su fuero interno, le desagrada porque no termina de verlo.

Y entonces Sánchez despierta y recuerda que ha dado orden de que nadie le moleste; bebe un poco agua, coge de nuevo el libro y prosigue:

Estrella roja sobre China alcanzó un gran éxito. Tan solo un mes después de su publicación, se habían vendido 12.000 ejemplares en Estados Unidos. Bueno – se dijo Pedro – yo he vendido mucho más.

Allá por 1940, en un panfleto titulado “Sobre la nueva democracia”, Mao prometía un sistema multipartidista, libertades democráticas y la protección de la propiedad privada. Aquel programa era ficticio por completo, pero gozó de un gran atractivo popular. Destacados miembros que se habían enfrentado a Mao en el pasado sufrieron humillaciones y fueron obligados a escribir confesiones y a pedir perdón en público por sus errores. Zhou Enlai fue uno de ellos. A diferencia de Stalin, Mao rara vez ordenaba la ejecución de sus rivales, y en cambio los transformaba en cómplices sometidos a vigilancia constante, obligados en todo momento a demostrar su fidelidad. Al final, logró que otros cerraran filas en torno a su liderazgo y se refirieran a él como «gran timonel revolucionario, estrella salvadora, genial estratega y político genial».

En abril de 1945, tras un intervalo de 17 años, se celebró un congreso del partido. Por fin, Mao había transformado el partido en un instrumento de su propia voluntad. El estudio del pensamiento Mao Zedong se volvió obligatorio y adultos de toda extracción social tuvieron que estudiar de nuevo y leer los libros de texto oficiales de la nueva ortodoxia. Todos los días, colegiales, soldados, presos y oficinistas entonaban a pleno pulmón canciones revolucionarias como «Mao Zedong es nuestro sol» o el «Himno al presidente Mao».

Sus concisos eslóganes llegaban a todos los hogares. Así por ejemplo, «Las mujeres sostienen la mitad del cielo»… y Sanchez despertó. El pasaje le recordaba a Jone Belarra y sintió un incómodo escalofrío. Luego siguió leyendo.

 «Igual que Stalin, era una figura remota, casi divina, apenas vista, apenas oída, oculta en lo más recóndito de la ciudad prohibida donde en otro tiempo habían morado los emperadores.»

En 1956, Mao sufrió un revés. El 25 de febrero, el último día del XX Congreso del Partido Comunista Soviético, Nikita Jruschov convocó una sesión secreta, no programada, en el gran Palacio del Kremlin. En un discurso de cuatro horas, sin interrupciones, denunció las sospechas, el miedo y el terror creados por Stalin.

Se enviaron copias del discurso a los partidos comunistas extranjeros y así empezó una reacción en cadena. En Pekín, el presidente se vio obligado a ponerse a la defensiva. Mao era el Stalin de China, el gran líder de la República popular. La desestalinización era nada menos que un desafío a la autoridad del propio Mao.

En septiembre de 1956, el pensamiento Mao Zedong desapareció de los estatutos y se censuró el culto a la personalidad, pero la revuelta húngara dio a Mao una oportunidad de volver a imponerse: el presidente culpó al partido comunista húngaro de haber causado su propia desgracia al no prestar atención a los agravios que sufría el pueblo y haber permitido que se encontraran y escaparan a todo control. Mao se hizo el demócrata, el campeón del hombre corriente, y exigió que se permitiera a quienes no eran miembros del partido que expresaran su descontento y así nació la campaña de las 100 flores. Entonces la gente escribió ingeniosos eslóganes en defensa de la democracia y los derechos humanos y había incluso quien exigía que el Partido Comunista abandonara el poder. Mao se sintió abrumado y promocionó una campaña en la que se denunciaba a medio millón de estudiantes e intelectuales como derechistas deseosos de destruir al partido enviándose a miles de ellos a campos de trabajo situados en los confines del imperio.

«¿Qué hay de malo en la veneración?» preguntaba retóricamente «si la verdad se halla en nuestras manos. ¿Por qué no vamos a venerarla? Todo grupo debe venerar a su líder, no puede no venerar a su líder» observaba Mao, que así explicaba que este era el culto a la personalidad correcto. El alcalde de Shanghai, exclamaba con entusiasmo: «Debemos tener fe ciega en el Presidente, debemos obedecer al Presidente con absoluta entrega».

Sánchez se había quedado definitivamente dormido con una sonrisa infantil de bienestar.

Los días siguientes iría a Ferraz y al Congreso. Solo dos personas le plantarán cara en la sede del PSOE, y luego no podrán hablar. Sánchez atacará el pasado del PP y del PSOE. Yolanda volverá a llorar, en esta ocasión por su padre. Rufián no, pero gesticulará como si fuera de izquierdas; los de Bildu, siniestros, como siempre; el PNV perdido y Junts desafiante.

Cuando Sánchez apareció en el horizonte político Vox era el 0,2 %, hoy el 15%

No vamos bien.

El adiós de Antonio Alcántara

Alfons Salmerón

Cuando todavía estamos en plena resaca por el caso Koldo y sus implicaciones políticas que han sumido al PSOE, y por ende al gobierno, en una crisis cuyo verdadero alcance todavía desconocemos, nos hemos desayunado el pasado lunes con la noticia, no por esperada menos impactante, de la condena de Imanol Arias por defraudar más de dos millones de euros a la Hacienda pública.      

No hace falta recordar que Imanol Arias encarnó durante más de dos décadas a Antonio Alcántara, el personaje que representó a la perfección a la clase media nacida en la Transición. La condena del actor que le dio vida todas las semanas en los hogares españoles es una metáfora perfecta del fracaso del modelo político y moral surgido tras la Transición, como lo es también el reciente escándalo del PSOE. Un inesperado final para la serie Cuéntame: Antonio Alcántara condenado por fraude fiscal.

La transición española nos fue vendida como el gran “pacto entre españoles”. Con ella nacía una democracia avanzada. Y así nos lo creímos durante décadas, mientras que, poco a poco se le iban viendo las costuras. La condena de Arias representa en lo cultural lo que a lo político representó la abdicación de Juan Carlos. El gran héroe de nuestra democracia forjado en la célebre noche del 23-F según la narrativa oficial, se vio obligado a renunciar cuando se le empezó a investigar por presuntos delitos fiscales de cohecho y blanqueo los cuáles, a pesar de estar rigurosamente documentados, no pudieron ser denunciados por la condición de inviolabilidad que la Constitución otorgó al Monarca.

Aquellos hechos derrumbaron el mito fundacional de la transición y su narrativa, y sumieron a la sociedad española en un duelo del que aún no se ha recuperado. La mayoría de edad de nuestra democracia comienza el día en que supimos que los reyes no son los padres (de la Constitución).

El pacto entre españoles se debió más al cansancio que al entusiasmo, al miedo antes que a la justicia, al olvido más que a la reparación. La parte que más renunció en aquel proceso, el PCE, fue la que llegó más cansada luego de cuarenta años de muerte, exilio y persecución. La izquierda que luchó y resistió contra la dictadura estaba demasiado exhausta y había conectado lo suficiente con la sociedad a partir de su política de reconciliación nacional como para saber que la sociedad realmente existente también lo estaba. Exhausta y desarticulada.

Si la demostración palpable de que Juan Carlos nos había robado durante todos estos años impugnaba el relato político de la transición modélica, la condena de Manolarias representa la decadencia de una clase media y de una progresía cultural que creció a cobijo de la transición, votó socialista y se enriqueció con el aplauso de la opinión pública española. Su final, bien podría ser el capítulo final de Cuéntame, el giro de guion que cierra la historia de una época.

Hace ahora tan solo una década, la política española dio un vuelco con la irrupción de Podemos y las confluencias en el tablero que a punto estuvo de poner contra las cuerdas al bipartidismo, el sistema político surgido de la transición. El 15 M y el proceso independentista supusieron una energía de ruptura que prometía reparar todo lo que no se pudo hacer en el 78.

Sería de necios negar todos los logros conseguidos en estos casi cincuenta años de democracia, pero también es cierto que las estructuras del Estado más profundo continúan siendo un freno para el desarrollo completo de nuestra democracia. Hubo una ventana de oportunidad en aquel momento político cuando algunas encuestas los situaban incluso como primera fuerza política. Quisieron asaltar los cielos y estuvieron a punto, pero quedaron enredados en el andamiaje de unas estructuras de Estado herederas, en parte, del franquismo, y sucumbieron debido a sus propios errores en la gestión del éxito. Su entrada en primer gobierno de coalición iniciaba también su caída y proceso de descomposición definitivos a pesar de su innegable aportación a cambios legislativos de izquierda. Como aquellas estrellas que seguimos viendo miles de años después de su desaparición, cuando Pablo Iglesias fue nombrado vicepresidente del Gobierno, su proyecto político ya llevaba muerto hacía tiempo.

Unos años más tarde, todo parece volver al punto de partida, con la desarticulación de los movimientos de ruptura y las propuestas políticas que lo expresaban, el bipartidismo lleva tiempo tratando de reconstruirse aunque no contaba con la tenaz resistencia de un Pedro Sánchez que siempre fue por libre. La política rara vez concede segundas oportunidades y el proyecto de Sánchez mordió la manzana. Como aprendimos con las mejores novelas de espías, los servicios de inteligencia de todos los países son expertos en conocer las debilidades del enemigo y la biografía oculta de algunos personajes no suele ser demasiado original precisamente. Al final siempre acaba apareciendo una triste y sucia historia de dinero, corbatas y locales de alterne que lo arruinan todo con el aplauso de la bancada de la derecha, que se congratula, al fin, de haberlos corrompido. Bienvenidos, parecen decir, a los relojes caros, las señoritas y el tres por ciento. Ahora ya sois uno de los nuestros, pasad y acomodaos, aún queda alguna celda libre en Soto del Real.

Porque siempre hay un intermediario que en nombre de tal o cual constructora ofrece un pedacito y saben perfectamente que cuando alguien pega el primer bocado va a querer la manzana entera. Y esa es la peor de las derrotas, la derrota de la razón política. Por eso duele tanto ver la mancha en la solapa impoluta de Sánchez. Por eso no existen atajos para la reparación moral en democracia que no sea la asunción de responsabilidades inequívocas. Por eso ver al otrora entrañable Imanol Arias defendiendo su derecho a robarnos dos millones de euros a todos los españoles después de forrarse durante décadas en la televisión pública. Los espectadores no merecíamos un final así para Antonio Alcántara. Cuando los nuestros se comportan como los otros, no hay condena que nos consuele.

De la jaula

Juanjo Cáceres

La metáfora que denomina «jaula» a una celda resulta tremendamente afortunada y hemos visto usarla multitud de veces con una efectividad innegable. Ahora bien, las celdas tienen un componente de castigo y ejemplaridad que no tienen, por ejemplo, aquellas jaulas que usamos con los animales. En este otro caso, su existencia responde más a una voluntad de apropiación o incluso de protección, y aunque la «jaula» de un preso también represente una apropiación -de su libertad, de su movilidad, etc.-, ciertamente muestra una connotación totalmente distinta.

La entrada en prisión de Santos Cerdán, del que podríamos decir que actualmente se encuentra «enjaulado», dicen que supuso otro duro golpe para la imagen del PSOE. Y representaba ya el tercero, siendo el primero la aparición de los audios y el segundo la entrada de las fuerzas policiales en la sede central, a la búsqueda de pruebas. No parece haber mucha diferencia entre el primero y el tercero, pues uno conducía directamente al otro, pero qué duda cabe de que la misma información presentada en días distintos duele dos veces y que la entrada en prisión es un poderoso significante.

En todo caso esta secuencia de noticias nos ayuda a reflexionar sobre una pregunta clave: donde acaba Cerdán y donde empieza el PSOE. Una pregunta dolorosa, que en realidad escuda una amarga verdad a la que tendremos que ir llegando: que esto no es un problema de una persona, ni de un partido, sino de una forma de hacer política y de gestionar las instituciones.

Porque el caso Cerdán es, en realidad, un auténtico agujero negro en la política española, capaz de aplastar mucho más de lo que se supone que va a aplastar. La oposición está poniendo mucho esmero en que se convierta en la tumba de Pedro Sánchez, pero debe ir con cuidado, porque lo que implica Cerdán no pone las cosas fáciles al otro gran actor del bipartidismo. Y no solo porque los casos de corrupción, de cobros ilegales y de tráfico de influencias lo tengan también terriblemente pringado, sino porque Santos nos recuerda que este proceder es un rasgo inherente de los grandes partidos.

Del caso Cerdán -que curiosamente rima con «Roldán»- se desprenden, además, relaciones peligrosas con grandes empresas de infraestructuras, de las que ya existen abundantes precedentes de contribuir al enriquecimiento a través de comisiones a representantes del poder político. No olvidemos, por ejemplo, el famoso «3 per cent» de Pasqual Maragall, que luego descubrimos que se había quedado corto. Quizás lo más sorprendente de lo acontecido estos días sea que todo el mundo se eche las manos a la cabeza, tras haber olvidado lo que ocurre en algunos ámbitos muy proclives a generar fenómenos corruptivos. Bien valdría aquí un “cuando el sabio señala a las grandes empresas de obras públicas, el necio mira el dedo de Cerdán”. ¿O es que realmente alguien cree que esto no es estrechamente dependiente de un sistema de primas a políticos bien engrasado, que nos evoca otros grandes éxitos, como las puertas giratorias?

Pero lo que sí que resulta meridianamente cierto es que, a parte del presunto convicto, el otro gran actor enjaulado es el partido de Pedro Sánchez. Visto desde fuera y dejando de lado el temor que suscita la llegada de según quien, al Gobierno de España, la verdad es que todo resulta muy esperpéntico. El aterrizaje de las metáforas marineras en el Comité Federal del pasado sábado, más cercanas a Moby Dick que a El viejo y el mar, parecen redactadas por un cachondo, porque ese capitán que dice que se mantendrá al frente de la nave recuerda bastante, junto a sus acólitos, a la tripulación del célebre barco “El català”, que como todo calellenc o calellenca sabe, pese a la tentativa de silenciar El meu avi, “varen morir a coberta, varen morir al peu del canó”.

El caso es que es imposible que de todo esto vaya a salir nada bueno, pero ya lo dijo Freddy Mercury, Show Must Go On, y si uno se detiene a pensar en lo que va a venir después, es capaz de imaginarse circunstancias mucho más esperpénticas. Ahí están Ayuso, Mazón y unos cuantos más para empezar a apreciar lo que se acerca y para que a nadie le entre tampoco demasiados ataques de urgencia. De ahí que se imponga el mejorar los espectáculos y las escenografías, porque la coherencia del argumento de la obra está muy comprometida por ese conjunto de cambios de guion de última hora y la cancelación de la temporada otoñal puede producirse en cualquier momento.

¿Tanta mala suerte puede tener una persona?

Carlos Hidalgo

En el increíblemente adictivo programa de Carles Porta, “Crímenes”, narraban una vez el caso de un hombre que sufrió un atropello, un atraco, un accidente de coche y al que, sin embargo, el riesgo de muerte le parecía perseguir. Hasta que finalmente se lo llevó por delante otro de esos “accidentes”. Luego, resultó que su esposa llevaba varios años tratando de matarle, hasta que al final lo consiguió.

Pero la frase de Carles Porta, tras resumir todos los “accidentes” es bastante significativa: “¿Tanta mala suerte puede tener una persona?” Definitivamente tenía que haber resultado sospechoso, sobre todo para el pobre afectado.

Como muchos crímenes, la tragedia podría haberse editado tomando decisiones que a primera vista parecen muy traumáticas y dolorosas pero que, a la larga, siempre serán mejores que el crimen y sus consecuencias. A veces la solución pasa por el divorcio, mudarse o simplemente cambiar de entorno, porque el que tenías te está llevando por el mal camino. Al protagonista del crimen narrado por Porta, definitivamente, le hubiera salvado la vida.

Algo parecido a la frase que pronuncia Porta pensé yo cuando el mismo sábado en el que se celebraba el Comité Federal en el que Pedro Sánchez iba a anunciar sus medidas de transparencia, limpieza y regeneración del Partido Socialista, ese mismo sábado, horas antes de que abrieran las puertas de Ferraz, resulta que uno de las personas claves en la nueva Secretaría de Organización, Paco Salazar, tiene detrás lo que parece una larga lista de comportamientos sexistas, baboseo a las mujeres y, en general, comportamientos que no se esperan de un socialista; ni siquiera de uno del siglo pasado.

Después de Ábalos, después de Cerdán, ¿tanta mala suerte puede tener una persona?

Tal vez la solución para Sánchez, igual que lo hubiera sido para la víctima del crimen, es cambiar de amistades y repasar un poco si las personas a las que ha dado su confianza realmente la merecen tanto.

Quizá la solución sea darse cuenta de que un Cerdán te vale para llamar a militantes en Navarra y recordarles “que voten bien”, que un Ábalos te puede solucionar un problema con las listas electorales sentándose a negociar con dos botellas de whisky y un cartón de Marlboro. Y que a la hora de custodiar cajas de avales o de guardar una puerta, un Koldo está bien. Pero no para nada más. Y cuando se ha dado demasiado poder a gente así, pues la cosa tiende a irse de las manos. Y eso hablando de gente más o menos solvente, porque si pensamos en personas como Leire Díez o el ex acalde de Jun, pues nos podemos llevar las manos a la cabeza.

Estoy seguro de que Pedro Sánchez desconfía mucho (vista su experiencia previa) de toda la gente del PSOE que no militaba en su bando, pero es que los rumores que corrían sobre Ábalos, Koldo, Cerdán o, en este caso, Salazar, eran señales de advertencia y no maledicencias de sus enemigos. Algunos de los cuales, por cierto, como Susana Díaz, harían muy bien en callarse porque no están para dar ejemplo de nada.