Alfons Salmerón
Cuando todavía estamos en plena resaca por el caso Koldo y sus implicaciones políticas que han sumido al PSOE, y por ende al gobierno, en una crisis cuyo verdadero alcance todavía desconocemos, nos hemos desayunado el pasado lunes con la noticia, no por esperada menos impactante, de la condena de Imanol Arias por defraudar más de dos millones de euros a la Hacienda pública.
No hace falta recordar que Imanol Arias encarnó durante más de dos décadas a Antonio Alcántara, el personaje que representó a la perfección a la clase media nacida en la Transición. La condena del actor que le dio vida todas las semanas en los hogares españoles es una metáfora perfecta del fracaso del modelo político y moral surgido tras la Transición, como lo es también el reciente escándalo del PSOE. Un inesperado final para la serie Cuéntame: Antonio Alcántara condenado por fraude fiscal.
La transición española nos fue vendida como el gran “pacto entre españoles”. Con ella nacía una democracia avanzada. Y así nos lo creímos durante décadas, mientras que, poco a poco se le iban viendo las costuras. La condena de Arias representa en lo cultural lo que a lo político representó la abdicación de Juan Carlos. El gran héroe de nuestra democracia forjado en la célebre noche del 23-F según la narrativa oficial, se vio obligado a renunciar cuando se le empezó a investigar por presuntos delitos fiscales de cohecho y blanqueo los cuáles, a pesar de estar rigurosamente documentados, no pudieron ser denunciados por la condición de inviolabilidad que la Constitución otorgó al Monarca.
Aquellos hechos derrumbaron el mito fundacional de la transición y su narrativa, y sumieron a la sociedad española en un duelo del que aún no se ha recuperado. La mayoría de edad de nuestra democracia comienza el día en que supimos que los reyes no son los padres (de la Constitución).
El pacto entre españoles se debió más al cansancio que al entusiasmo, al miedo antes que a la justicia, al olvido más que a la reparación. La parte que más renunció en aquel proceso, el PCE, fue la que llegó más cansada luego de cuarenta años de muerte, exilio y persecución. La izquierda que luchó y resistió contra la dictadura estaba demasiado exhausta y había conectado lo suficiente con la sociedad a partir de su política de reconciliación nacional como para saber que la sociedad realmente existente también lo estaba. Exhausta y desarticulada.
Si la demostración palpable de que Juan Carlos nos había robado durante todos estos años impugnaba el relato político de la transición modélica, la condena de Manolarias representa la decadencia de una clase media y de una progresía cultural que creció a cobijo de la transición, votó socialista y se enriqueció con el aplauso de la opinión pública española. Su final, bien podría ser el capítulo final de Cuéntame, el giro de guion que cierra la historia de una época.
Hace ahora tan solo una década, la política española dio un vuelco con la irrupción de Podemos y las confluencias en el tablero que a punto estuvo de poner contra las cuerdas al bipartidismo, el sistema político surgido de la transición. El 15 M y el proceso independentista supusieron una energía de ruptura que prometía reparar todo lo que no se pudo hacer en el 78.
Sería de necios negar todos los logros conseguidos en estos casi cincuenta años de democracia, pero también es cierto que las estructuras del Estado más profundo continúan siendo un freno para el desarrollo completo de nuestra democracia. Hubo una ventana de oportunidad en aquel momento político cuando algunas encuestas los situaban incluso como primera fuerza política. Quisieron asaltar los cielos y estuvieron a punto, pero quedaron enredados en el andamiaje de unas estructuras de Estado herederas, en parte, del franquismo, y sucumbieron debido a sus propios errores en la gestión del éxito. Su entrada en primer gobierno de coalición iniciaba también su caída y proceso de descomposición definitivos a pesar de su innegable aportación a cambios legislativos de izquierda. Como aquellas estrellas que seguimos viendo miles de años después de su desaparición, cuando Pablo Iglesias fue nombrado vicepresidente del Gobierno, su proyecto político ya llevaba muerto hacía tiempo.
Unos años más tarde, todo parece volver al punto de partida, con la desarticulación de los movimientos de ruptura y las propuestas políticas que lo expresaban, el bipartidismo lleva tiempo tratando de reconstruirse aunque no contaba con la tenaz resistencia de un Pedro Sánchez que siempre fue por libre. La política rara vez concede segundas oportunidades y el proyecto de Sánchez mordió la manzana. Como aprendimos con las mejores novelas de espías, los servicios de inteligencia de todos los países son expertos en conocer las debilidades del enemigo y la biografía oculta de algunos personajes no suele ser demasiado original precisamente. Al final siempre acaba apareciendo una triste y sucia historia de dinero, corbatas y locales de alterne que lo arruinan todo con el aplauso de la bancada de la derecha, que se congratula, al fin, de haberlos corrompido. Bienvenidos, parecen decir, a los relojes caros, las señoritas y el tres por ciento. Ahora ya sois uno de los nuestros, pasad y acomodaos, aún queda alguna celda libre en Soto del Real.
Porque siempre hay un intermediario que en nombre de tal o cual constructora ofrece un pedacito y saben perfectamente que cuando alguien pega el primer bocado va a querer la manzana entera. Y esa es la peor de las derrotas, la derrota de la razón política. Por eso duele tanto ver la mancha en la solapa impoluta de Sánchez. Por eso no existen atajos para la reparación moral en democracia que no sea la asunción de responsabilidades inequívocas. Por eso ver al otrora entrañable Imanol Arias defendiendo su derecho a robarnos dos millones de euros a todos los españoles después de forrarse durante décadas en la televisión pública. Los espectadores no merecíamos un final así para Antonio Alcántara. Cuando los nuestros se comportan como los otros, no hay condena que nos consuele.