Juanjo Cáceres
Desde que Jaimito abandonó su carrera como protagonista de todo tipo de chistes y
dejo en manos de las personas de Lepe la gestión de su legado, no se había visto
nada tan sorprendente como el conflicto alrededor del uso de las lenguas cooficiales
en la Conferencia de Presidentes y del pintoresco abandono de la misma por parte de
alguna destacada presidenta. Se trata de Isabel Díaz Ayuso, que es nada menos que
la presidenta de la Comunidad de Madrid, es decir, el principal núcleo económico del
país y centro de la vida política española.
Que ello ocurriese la misma semana en que en Madrid se estrenaba la última obra de
Ramon María del Valle-Inclán, denominada Farsa y licencia de la dama Leire y del
caballero Aldama, al estreno de la cual la plana mayor socialista ha asistido
poniéndose de perfil, o durante los mismos días que el hombre que aparecía retratado
con un narcotraficante nos intente convencer a todos que nos gobierna la mafia, nos
podría conducir a una tremenda conclusión: que toda esta gente que deambula por los
hemiciclos, por brumosos cargos institucionales y por los entornos del poder político,
nos ha perdido el respeto. Pero espero que esta conclusión no sea cierta, porque si lo
fuera, imagínense el problemón de tener que abordar la regeneración del país. Cierto
es que hay personas abnegadas, como Alvise, dispuestas a regenerarnos a todos y de
todo, pero no somos pocos los que nos tememos que eso sería salir del fuego para
caer en las brasas.
En cualquier caso, nos tienen que extrañar los puntos de partida que todo este
conflicto parece tener. En concreto, el empeño de usar las lenguas cooficiales en una
reunión a puerta cerrada, en lugar del castellano, que es lengua común de todos los
presentes, y teniendo en cuenta que entre las primeras se cuenta el euskera, del que
nadie que no esté debidamente formado va a entender nada. Esto no tiene explicación
racional posible, aunque irracionales sí, desde luego. Ahí tenemos a Salvador Illa, que
aseguraba antes de la Conferencia lo siguiente: “Las lenguas cooficiales son una
riqueza de todos, y yo me expresaré naturalmente con la lengua catalana”. El uso del
concepto “naturalmente” me llamó la atención, ya que si bien sobre el significado de lo
“natural” hay toneladas de bibliografía que subrayan su profunda ambigüedad, de lo
que si estoy seguro es de que si yo me reúno con un grupo de personas procedentes
de diversos puntos del país, ni me voy a dirigir a ellos en catalán, ni voy a exigir el
servicio de traducción simultánea. Y que allí no se procediera del mismo modo, de
hecho, nos ilustra sobre dos fenómenos paranormales de sumo interés.
El primero tiene que ver con lo institucional. Parece que el hecho institucional puede
hacer normal lo absurdo, sea lo que sea, y que desaparezcan todo tipo de matices.
Porque un matiz interesante podría ser, por ejemplo, que cuando se trata de un
hemiciclo donde el debate es en abierto y puede ser observado por el conjunto de la
ciudadanía, el uso de cualquier lengua oficial pueda resultar una buena manera de
representar a las personas que la hablan y de expresarla ante el conjunto de
españolas y españoles. Ahora bien, cuando nadie va a oír nada, salvo los allí
presentes, empeñarse en el uso del pinganillo parece excesivo y ajeno a lo cotidiano.
Ello no justifica los aspavientos interesados de alguna presidenta, ni le da la razón en
ciertos menosprecios. Pero los árboles tampoco deberían impedir ver el bosque:
todo esto sería una situación absurda en un contexto “ciudadano” y lo que es absurdo
para un ciudadano, no debería ser normal para un político.
Luego hay un segundo fenómeno, de tipo fantasmagórico. ¿Se acuerdan cuando Marx
y Engels escribieron aquello de “un fantasma recorre el mundo”? Pues ese fantasma
les aseguro que no es, sino otro un poco distinto: el fantasma del “pujolismo”, que
según algunos médiums, posee a todos aquellos que acaban ostentando el cargo de
presidente de la Generalitat -en el caso de los lehendakaris, en cambio, el ejercicio
ritual de sus formas concretas de nacionalismo viene ya de fábrica, sin ser necesarias
las posesiones.
El pujolismo ha sido un estilo político implantado por “Parenostre” en los años 1980, al
cual se han adscrito clarísimamente dos presidentes de la Generalitat: Artur Mas y
Salvador Illa. Del resto de sucesores solo puedo decir que Maragall fue un personaje
en sí mismo, que Montilla hizo lo que pudo con su elevado perfil y que Torra y
Puigdemont jugaban claramente a otra cosa, mientras que Aragonés básicamente
preparó la transición para retroceder desde el independentismo al catalanismo
autonómico. Esta alusión que he realizado a “Parenostre” no es casual, sino que me
viene inspirada por un muy recomendable artículo de Guillem Martínez “sobre la
amnistía”, en el cual denuncia varias cosas, entre las que destaco dos: el carácter
exculpatorio de la película “Parenostre” respecto a la figura de Jordi Pujol y la
normalidad con que hoy en día Parenostre asiste a todas partes, en concreto también
a la presentación del libro del diputado dels Comuns, Jaume Asens, sobre la amnistía.
Martínez señala, con toda la razón, lo fascinante que es que se siente junto al resto
de políticos sin que nadie se indigne o se marche, pese a todo lo que sabemos
fehacientemente que hizo y pese a que durante su mandato “nada en Cat se podía
mover sin que él así lo quisiera”.
La verdad y la cruda realidad de lo descrito por Martínez y su enlace con las formas y
estilos de Salvador Illa tiene testimonios fehacientes también en las decisiones de este
último como presidente y ahí tenemos el encuentro que realizaron ambos el pasado
mes de septiembre en el Palau de la Generalitat, dentro de un ciclo de reuniones con
los expresidentes. El viejo presidente que tuvo que afrontar una comisión de
investigación en el Parlament y que se refirió -activen el pinganillo- a una “branca”, que
si la vas “segant, al final cau tota la branca i tots els nius que hi han”, volvía así por la
puerta grande a Palau de la mano de un mandatario socialista. Todo ello enmarcado
en esas maneras de hacer, que a veces Illa caracteriza con eso de devolver la
dignidad a la institución, lo que no es otra cosa que volver a presentarla como más de
lo que es -una administración territorial con competencias cedidas por el gobierno
central y fuertemente dependiente del mismo- y que seguramente facilitan el ser
poseído por el fantasma del pujolismo. Sin menospreciar, por ello, el nada secreto
anhelo de ocupar la centralidad y el sueño de obtener mayorías absolutas.
En todo caso somos demócratas y debemos respetar el derecho de cualquiera a
expresarse en la lengua que cada cual considere y de vestirse con el traje que más le
guste. Más aun si ese traje sienta bien para relacionarse con los poderes económicos
y conciliar miradas. Y de esas conciliaciones, esos resultados: ahora políticas de
vivienda bastante a su medida, ahora una reforma aeroportuaria… y a largo plazo, el
retorno a la forma de hacer política que disfrutábamos hace décadas. I els nius tots als
seu lloc.
