Informe sobre el Desarrolo Humano 2025

Marc Alloza

Esta semana el PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo) ha publicado su estudio Human Development Report 2025 A matter of choice: People and possibilities in the age of AIcuya traducción oficial al español es Informe sobre Desarrollo Humano 2025: Un llamado a decidir: personas y posibilidades en la era de Inteligencia Artificial

La primera de las dos principales conclusiones es que “el Desarrollo Humano está experimentando una desaceleración sin precedente” y la segunda, para no quedarnos tristes como nos quedamos los aficionados del Barça el martes, es que “la Inteligencia Artificial (IA) podría reavivar al desarrollo“.

El informe y el resumen del informe hacen una defensa acérrima de las bondades de la IA, fundamentada en datos de encuestas, etc que quizás roza al publi-reportaje.  En el resumen preliminar en español del informe de 26 páginas, se cita a la IA unas 116 veces, inteligencia artificial en 9 y AI en 30 por lo que al final empacha un poco. Casi nadie pone en duda que la IA ya es una realidad en muchos campos en los que está aportando una mejora tecnológica muy destacable. De ahí a que se recupere la “senda perdida” (lo pongo entre comillas porque tampoco me queda muy claro que hubiera una senda) del progreso hay un gran trecho. Se indica en el informe que para ello es necesario que se integre adecuadamente con las personas en lugar de competir contra ellas así como modernizar los sistemas educativos y de salud. Hay trabajo para rato, por lo pronto un dato curioso aunque esperable es que las respuestas de ChatGPT se acercan más a la perspectiva cultural de los humanos que viven en países con un Índice de Desarrollo Humano (IDH) muy alto y están más alejadas de la perspectiva de los países con IDH bajo.

En 2020 el crecimiento del índice se detuvo en seco pero se recuperó entre el 2021 y 2022 para decaer en 2023 y 2024, cuando se ha ralentizado dramáticamente y la desigualdad entre países pobres y ricos ha seguido creciendo.

El informe indica que las vías de desarrollo que redujeron la pobreza se están frenando por  tres factores: una inadecuada financiación exterior, la existencia de menores oportunidades de fabricación debido, en parte, a la automatización, y las tensiones comerciales que limitan las opciones de exportación.

Estas tensiones son anteriores a la revolución de Trump por lo que no tiene pinta de que 2025 vaya a mejorar en este aspecto, sobre todo con aranceles del 50% a países como Leshoto en la posición 167 de 193 de Índice de desarrollo humano (IDH).

Por otro lado, un factor que lógicamente también se destaca en el informe es el gran número de conflictos violentos que asolan el mundo. En 2025 tampoco se observan visos de mejora, al contrario, el otro día, India lanzó unos misiles sobre Pakistán en represalia de un atentado terrorista supuestamente preparado en su país. Aparte también ha desviado el curso del Indo hacia su territorio antes de su llegada a Pakistán. Dos potencias con unas 170 cabezas nucleares cada una y con ganas de darse cera tiene mala pinta. No sé si el estado mayor o el presidente Indio lo consultaron a chatGpt antes del ataque; si les dijo que adelante, habría que revisar el entrenamiento.

Volviendo al índice, España se encuentra en la posición 28 con un coeficiente de 0.918. Hay dos componentes que me han sorprendido y que lastran al total del índice. El primero el producto interior bruto; 46.008€, que me pareció elevado pero en realidad es el 37 del mundo. Y el segundo es el promedio de años de escolarización que es 10.8 como Italia y Qatar, 10. Entre los 50 primeros sólo Uruguay (10,5) y Portugal (9,7) tienen uno inferior, viva la cultura latina.

A pesar de que ha ido creciendo desde 1990 hay espacio para mejorar:

1990

2022

En cambio tenemos un componente muy destacable que es el de los años esperados de formación que se quantifica en 17,8.  Este indicador ha tenido un desarrollo con altibajos. Crecimiento hasta 1995 estacamiento hasta 2011 y vuelta a crecimieto con parón puntual en 2020.

Vale la pena echarle un vistazo sobretodo a los indicadores del final de la versión inglesa. 2025 difícilmente va a mejorar la situación salvo milagro del nuevo Papa.

La perpetuación del vacío discurso patrio

Verónica Ugarte

Desde hace varias semanas estoy pasando de puntillas toda información digna de ese nombre, proveniente de México. Las razones son varias, pero entre ellas, la más fuerte es la cansina repetición del discurso sobre el valor del pueblo mexicano. Leí en diagonal una nota donde se informaba que la Presidenta Sheinbaum había rechazado que se le diera su nombre a un tulipán, ofrecimiento de parte del gobierno de Holanda, y en su lugar pidió que se dedicase dicha flor a la mujer indígena. No le dí importancia porque a veces la presidenta peca de sentimental. Y ese fue mi error.

El año 2025 se ha dedicado a reconocer la figura de la mujer indígena en México, una mujer que debido a sus orígenes ha sido condenada a la pobreza, el analfabetismo y la explotación laboral. Cierto es que ese sufrimiento no solo es un legado colonial para con las mujeres, sino para con todas las comunidades indígenas debido al sistema de castas que introdujo la Metrópoli, pero también que en más de doscientos años de vida independiente se ha hecho lo mínimo por romper el ciclo y que ese 10% de la población que representan en el país sea integrado a la vida cotidiana y tangan las mismas oportunidades que el otro 90%.

En conferencia de prensa se le preguntó a Sheinbaum el por qué se prepara una muestra en la Casa de México en España dedicada a las mujeres mesoamericanas. La respuesta es un chiste. Es imposible tener la responsabilidad de gobernar un país con problemas reales y al mismo afirmar que dicha muestra es porque “queremos que se conozca más la riqueza y la grandeza del México de antes de que vinieran los españoles; antes de que invadieran los españoles”. Esas afirmaciones son un sinsentido. México es el resultado de la fusión brutal e indivisible de dos culturas antagónicas, que desde 1521, con la caída del Imperio Mexica, se desarrolló en un país lleno de diversidades, de gustos, de incertezas; lleno de desafíos y con partos continuos de identidad.

Cada etapa de la Colonia hace que se gesten varios Méxicos, y afirmar que México existía antes de España es una insensatez que perpetúa la ignorancia y el odio común que todo mexicano lleva dentro hacia el español imaginario.

Ese odio es parte de la cultura que permite buscar culpas al imaginario, y que desprecia el valor de lo real. En México no se habla castellano, se habla español, la variante mexicana. Esa que no usa la palabra cometa, sino papalote, que viene del náhuatl y quiere decir “mariposa”. Esa misma que usa el verbo “apapachar” para dar confort mediante un abrazo lleno de aprecio y de amor. Esa que usa el sustantivo “droga” para referirse a una deuda. Esa que mezcla tantos idiomas y hace del mexicano un dialecto lleno de expresiones que hasta una chilanga a veces no entiende.

Ese odio desprecia a la religión que es parte intrínseca de su cultura. No se enseña que las piñatas, las verdaderas, las de barro hecho a mano y vestidas de estrella fueron inventadas por los curas para incentivar el cristianismo porque cada punta significa un pecado capital, y el palo con que se rompe la piñata es la fuerza que vence al mal, mediante la fe ciega, la cual se demuestra al pegarle con los ojos vendados.

Se desprecia la comida. Porque esa “invasión” trajo al Nuevo Mundo nuevos sabores, nuevos productos, nuevos condimentos. Esa fusión dio vida al mole, a los tacos al pastor, a los chiles en nogada. También llegó con el español imaginario la hermosa variedad de dulces, bizcochos, esos mismos que mojamos en atole durante la cena y desayuno.

Ese español imaginario no es parte de la cultura de España. A pesar de varios ensayos, voces iracundas, intentos de dar el reconocimiento a ese español que es solo nuestro, sigue siendo la excusa para olvidar de dónde vienen los problemas que insistimos en no resolver.

Pero la irresponsabilidad de perpetuar una mentira que insulta a nuestros orígenes también tiene como objeto alimentar el orgullo patrio y hacer del mexicano una víctima de si mismo a la vez que héroe. Un héroe con pies de barro, pero héroe al fin.  

Ahora que se están viviendo las tensiones con el vecino, México saca lo mejor y lo peor de si mismo. Lo mejor: la unidad frente al güero que, como de costumbre, lo mira mal. Lo peor: ese odio ciego hacia todo lo que no sea mexicano.

Muchos de vosotros sabréis que al español se le llama “gallego” en el cono sur. En México se refiere a él como “baturro”, si se quiere ser cariñoso. Pero la mayor parte del tiempo, el insulto más grande y feroz que se suelta es “gachupín”. Mexicano que diga que no lo ha usado alguna vez, miente. Lo más absurdo es que dicho insulto nació durante la Colonia y por parte de los criollos. Los hijos de españoles nacidos en el Virreinato, que veían como un peninsular podía llegar sin medio real y escalar sin esfuerzo alguno todos los escalafones sociales y económicos, hasta llegar a puestos de poder que les eran vetados a los criollos. Si, tampoco México es original en cuanto a insultos, a menos que recordemos las explicaciones de Octavio Paz y nos sonrojemos al recordar el insulto que caracteriza al mexicano.

Un país que niega una parte de su identidad tiene un grave problema. Estará perpetuando un sentimiento vacío que no le lleva a nada que no sea escarbar en la misma herida imaginaria y no avanzar hacia un proceso de pensamiento adulto, y con ello, tal vez hacia una reconciliación consigo mismo.

Mientras tanto, la mujer que todos apoyan y admiran perpetúa de manera absurda todas las mentiras que algunos desechamos a los 20 años, y al hacerlo, fuimos un poco más libres, pero también nos quedamos sin patria.

Del papado

Juanjo Cáceres

El pasado 26 de abril medio mundo siguió con atención el funeral del papá Francisco I, al cual no solo asistieron miles de feligreses, sino mandatarios de casi todo el planeta. Más allá de la conmoción que pudo causar la muerte de un papa caracterizado por su cercanía y sus discursos a favor de los desamparados, los entierros papales se componen de unos contenidos litúrgicos y funerarios característicos -en su opulencia- de esa antigua monarquía absoluta que en realidad es el Vaticano y, por lo tanto, constituyen un hecho de una suntuosidad única. Solo los funerales de la monarquía inglesa pueden compararse levemente en su puesta en escena.

Del papado del finado se ha subrayado estos días su importancia desde una doble vertiente. Con Francisco en vida, se decía de él que era uno de los únicos referentes que se oponía en sus mensajes a ese impulso reaccionario que caracteriza a la administración Trump o al impulso belicista de Rusia e Israel. En cambio, con Francisco enterrado, se habla de un catolicismo americano, adoptado por las élites económicas del país en detrimento del protestantismo, que estaría interesado en una administración papal bajo la cual pudiera impulsarse un conjunto de valores tradicionales sobre el que arraigar la nueva política del trumpismo.

Entre esas dos maneras de hacer Iglesia hay un abismo. Pese a la profunda secularización de las sociedades occidentales y lo diluido que ha quedado el hecho religioso en las mismas, hoy estamos seguros de que las personas nada religiosas como yo vamos a seguir conviviendo en un mundo parcialmente islámico, parcialmente cristiano y parcialmente compuesto por un variado abanico de seguidores de otras religiones. También sabemos que la Iglesia católica no va a renunciar al ejercicio de su poder, ni tampoco de su importante influencia política, ampliamente acreditada en este siglo y en el pasado, por lo que tampoco nos debería dar igual la forma que cobre la nueva administración papal. Pero precisamente por su carácter monárquico y perimetrado, nada podemos decidir si no vestimos la toga de cardenal y nos habremos de conformar con lo que salga. He aquí la diferencia entre los estados pontificios y los estados democráticos, si bien en estos últimos acostumbramos a sobrevalorar el poder del voto y a pasar por alto la gran cantidad de decisiones sobre las que nada decidimos y que no tenemos más remedio que observar cómo se adoptan desde nuestra ventana.

Como sea, el funeral de Francisco mostró claramente el peso que una institución tan antigua como la Iglesia conserva a día de hoy. Una institución en la que 2000 años han dado para mucho y que se ha reinventado tantas veces como ha sido necesario para seguir existiendo. En sus dotes camaleónicas y de adaptación a cualquier forma de realidad está la clave de su supervivencia, asi como en la enorme extensión de su red clerical. Gracias a todo ello ha logrado escapar incluso a crisis muy profundas y cada entierro y cada cónclave sirven a esa institución para hacer esa exhibición antigua y resultona que hace unos días se emitió por todo el mundo.

Y es que no debemos olvidar, como recuerda el historiador Peter Heather, que ya desde la época de Constantino todo proceso de cristianización ha estado estrechamente ligado al ejercicio del poder a todos los niveles, ya fuera imperial, laico o eclesiástico. Eso ha implicado que la mayor parte de las conversiones vividas en siglos medievales, o mucho más recientemente como la que realizó el vicepresidente estadounidense James D. Vance hace seis años, respondieran más a un cálculo interesado que a una verdadera convicción religiosa. Resulta, no obstante, fascinante, que el acercamiento a Roma y al catolicismo todavía se considere un elemento estratégico para asegurarse un lugar preeminente dentro del orden político.

Roma sin Papa  (I) 

En 2005 Francia y Holanda  rechazaron la Constitución Europea  por una combinación de motivos políticos, socioeconómicos y de percepción ciudadana. En Francia, influyó junto al temor a los efectos negativos de la ampliación de la Unión Europea con la llegada de inmigrantes del este y la deslocalización de empresas, una preocupación por la posible amenaza a los monopolios estatales y al modelo social francés hijo de las tres décadas gloriosas posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

Pero también, en parte, y sin alcanzar en importancia a los mencionados, el rechazo se justificaba dentro del debate sobre la identidad europea como una defensa de la laicidad estricta frente a las referencias culturales inscritas sobre  las raíces cristianas promovidas por Giscard y otros que además pudieran reforzar la competencia de un islam agresivo que se percibe como uno de los enemigos culturales de una sociedad pluralista.

El miedo es libre e incendia los debates y  siempre es difícil cuantificar su incremento o disminución en el estado de ánimo de la ciudadanía en los momentos previos a los grandes cambios y desafíos; las mafias, los traficantes de droga y los terroristas, pasaron a disfrutar y utilizar de inmediato las ventajas de un mercado interior sin fronteras, sin control de los movimientos de mercancías, de personas y de capitales, mientras que la respuesta de la UE, el espacio de Libertad, Seguridad y Justicia no dejaba de ser tan solo un objetivo hacia el que se avanzaba muy lentamente.

A pesar de todo, los pueblos europeos y sus dirigentes son hoy bien distintos de aquellos que hace 45 años sacaron a Europa de la crisis del final de los 70, ampliaron con gran éxito la CE a España y Portugal, crearon un mercado interior sin fronteras tras el Acta Unica, avanzaron hacia la unión económica y monetaria y sentaron las bases de una posible unión política.

Pero no es el estudio del fracaso de la aprobación de una Constitución Europea como norma de normas lo que nos trae aquí sino la aparente contradicción entre la negativa a la aceptación de la influencia cultural del cristianismo en la identidad europea en los trabajos preliminares y la imagen de un protestante y un judío conversando solos, aislados de sus cortejos, y sentados en severas sillas en medio de nobles mármoles pulidos de un templo católico capital, acerca de un conflicto territorial violento que tiene su origen próximo en un criminal ruso que gusta de sostener cirios en ocasiones patrióticas de preferencia y en medio de las  graves e icónicas ceremonias de los templos ortodoxos.

A pesar de las exageraciones propias de los medios, la impronta reformista del pontificado de Francisco  y el alcance popular de su figura se ha visto reconocida por la abrumadora presencia de mandatarios reunidos para tributar su último adiós al obispo de Roma. 

En el centro de la escena un sencillo ataúd de madera a los pies del altar efímero parecía un mudo reproche a la ostentación del poder representado en la tribuna. Cincuenta  jefes de Estado contemplaban el despliegue litúrgico de las exequias fúnebres mientras dos dicharacheras ministras del gobierno de España se hacían un selfie.

Como soy católico nominal educado en los reverendos padres jesuitas  – cuyos sermones siniestros solo mejoraba la calidad de la prosa de un Edgar Allan Poe – no he desarrollado una viva simpatía por este miembro argentino que no volverá a ceñirse la mitra papal, que dio siempre la impresión de llevar sin entusiasmo, como un honor oneroso o faena fatal que le hubiera hecho el Espíritu Santo. Tal ambigüedad no debe de ser rara en los sucesores en la cátedra de Pedro, si bien en Francisco los extremos no parecían encaminarse a una síntesis aceptable o siquiera comprensible por una mayoría de fieles. 

Papa contradictorio, su bondad tenía un punto intransigente, su humildad algo de exacerbada. Ortodoxo en el aborto y la eutanasia, no le importó afectar incomodidad con otras páginas del catecismo. En materia social cabía catalogarlo como izquierdista, pero por ahí viene el problema: su condena de la pobreza se confundía a menudo con una censura del dinero que poco ayuda, a la postre, a los pobres.

Pero mis preferencias poco importan ante sus indudables logros de audiencia y simpatías que lograba concitar entre su grey populista. De los 135 cardenales electores que participarán en el cónclave, 108 han sido elegidos por Francisco; Benedicto nombró 23 y Juan Pablo II solo cuatro, es decir más democrático que un Congreso Federal del PSOE aunque con un inevitable sesgo jesuítico.

«Un cónclave no es un parlamento con distintos partidos políticos. Todos los cardenales van vestidos igual», afirma un vaticanista de pro, Eric Frattini.

Sobre la temporalización del Plan Industrial y Tecnológico para la Seguridad y la Defensa

Lluís Camprubí

Vaya por delante que si de mi dependiese hubiese hecho el incremento del 1,4% al 2% que propone el Plan en dos años, y no en uno. En toda decisión política de este tipo que tiene un componente de incomodidad siempre está la discusión sobre si es mejor ejecutarla en una sola vez o por tramos en varias veces. Aunque la sabiduría popular concluyó que es “mejor ponerse una vez rojo que varias colorado” seguro que hay dichos en sentido contrario que desconozco. Sabiendo y asumiendo la necesidad del incremento (para atender unas necesidades y unos compromisos no cubiertos) mi preferencia hubiese sido hacerlo a través de varios incrementos en sucesivos años. Principalmente por aquello de la gradualidad y la posibilidad de seguir haciendo pedagogía en la sociedad, y también porque haberlo realizado como se ha hecho, genera mayor dificultad de mantener el 2% en sucesivos años (2026,…) . No tengo una respuesta clara sobre cómo consolidar algo hecho como extraordinario y puntual en unos futuros presupuestos (que a la vez parecen difíciles de aprobar). Puede ser (y es razonable) que se haya optado por el “partido a partido” o el “cuándo lleguemos a ese río, cruzaremos ese puente” en un contexto tan incierto.

Fruto de estas dudas, he intentado listar algunas consideraciones sobre el Plan para intentar entender su aceleración:

1. Aunque el ensamblaje del Plan parece hecho con urgencia, las necesidades y prioridades que asume no son improvisadas y responden a análisis hechos hace tiempo. Las amenazas y riesgos son diversos y explícitos. Esto es compatible con ir actualizando algunas necesidades en el futuro próximo.

2. El desglose por partidas y componentes incluye todos los aspectos que se han señalado como prioritarios en clave estrictamente estatal: convencional, amenazas híbridas/ciber y protección civil/dual. En armamentos/munición se tienen muchas necesidades y nuevos retos que hay que cubrir.

3. “Para salarios sí, para armamento no” no se puede sostener como criterio político (aunque sea comprensible en clave sindical). Las necesidades son en ambas dimensiones.

4. El 2026 es un año electoral. Lo que implica distorsión en todos los sentidos si se arrastra la discusión. Es legítimo y correcto no querer convertir esta cuestión en una de las centrales en el inicio del próximo ciclo electoral.

5. Las presiones de los actores con quién tenemos (OTAN) mancomunada / queremos (UE) mancomunar nuestra defensa son legítimas (aunque incómodas), no se pueden ignorar y hay que integrarlas como un factor más (no el único) en las decisiones.

6. Los otros países europeos con gastos sensiblemente más bajos al 2% (Italia y Bélgica) han anunciado incrementos significativos para este año. Convertirse en el outlier/rezagado implica quedarse fuera de las discusiones estratégicas.

7. Aunque este Plan atiende necesidades en clave estatal principalmente, es condición necesaria hacer el salto en gasto/inversión para poder negociar un enfoque comunitarizado europeo de la defensa.

8. Los porcentajes que están lanzando al debate voces relevantes en el ámbito son de máximos y no son nuestros números, pero hay que atender la llamada y compromiso a la armonización del gasto (aunque no sea el principal factor para asegurar la disuasión europea).

9. La necesaria comunitarización del Rearm Plan/Defence Readiness 2030 tiene unos tiempos más lentos que las preparaciones estatales (algunas de ellas potencialmente integrables a lo comunitario). Consolidar el “buy Europe” en el Plan es relevante.

10. No está asegurado que el Rearm/Readiness 2030 acabe pasando de lo intergubernamental a la integración comunitaria europea. Dependerá de la acción política. Sin embargo, haber resuelto los retos en clave estatal puede ayudar al salto comunitario.

El apagón

LBNL

Si están leyendo estas líneas será porque se he restablecido el suministro eléctrico, como ya parece ser el caso para la mayoría de hogares españoles a medianoche del lunes al martes. En las próximas horas y días se esclarecerá la causa del mayor apagón eléctrico sufrido por la península ibérica que, a salvo de prueba en contrario, parece ser técnico/natural antes que provocado por un agente externo.

Lo más importante es que la red eléctrica española haya sido capaz de superar la crisis en unas pocas horas. Unas pocas horas críticas para millones de españoles, no tanto los ingresados en hospitales que inmediatamente suplieron el corte de suministro con generadores como los millones de varados en calles, carreteras, trenes, metros o aeropuertos, o en sus domicilios necesitando electricidad para sobrevivir. No somos buenos en previsión y protocolos de crisis pero sí en responder a las emergencias con calma, resignación e incluso sabiduría, en plan qué se le va a hacer, toca esperar que ya volverá la luz. Que no es fe infundada sino confianza en que la administración, los frecuentemente denostados funcionarios, serán capaces de restablecer la normalidad, como así ha sido.

Cosas de la vida, estaba yo fuera de España reunido con una veintena de funcionarios de una organización militar internacional a la que pertenece España cuando llegaron las noticias del apagón. No fueron pocos los que, como tantos otros en las redes, inmediatamente apuntaron a “los rusos” como causantes. Podría ser porque de “los rusos” que invaden a los vecinos, mandan paquetes incendiarios en aviones de carga, envenenan a ex espías en Occidente y cooperan con el crimen organizado para propagar el mal cibernético, cabe todo esperar. Es lo que tiene ejercer activamente de malo que, cuando algo malo pasa, es fácil que se sospeche de ti.

Pero una cosa es una cosa y otra bien distinta es tener certezas que permitan actuar contra el supuesto actor que te ha atacado, ya sea ruso o, como también he oído, marroquí, lo cual no es sorprendente dado el solido poso anti moro que albergamos, desdeñando que los gaseamos con armas químicas en los años 20 del siglo pasado: los malos son ellos, es asín.

En paralelo a los conspiranoicos – por la falta de indicios – han surgido inmediatamente también los expertos en energía, electricistas premium, para explicar las causas técnicas por las que se cayó el sistema: la introducción de las renovables desestabiliza el sistema y zas, de repente se cae. Lo que no explica por qué no se ha caído antes, aquí o en otros lados, dado que las renovables no se introdujeron en el sistema ayer. Pero quién sabe.

Ya veremos. Me quedo con un par de cosas. Primera y más importante: España sabe responder a las emergencias con calma y sentido común, con un trasfondo de profesionalidad para la vuelta a la normalidad. No es baladí. En muchos sitios un apagón provoca saqueos a los comercios presa del pánico, disparos de la policía para impedirlos y caos en la administración encargada de restablecer la normalidad.

Segundo, la normalidad a la que estamos acostumbrados es mucho más vulnerable de lo que somos normalmente conscientes. Hace solo unas pocas semanas todo el mundo se tomó a chifla el aviso de la Comisión Europea de que había que estar preparados para una crisis de 72 horas en la que nada funcionara: electricidad, cajeros, supermercados, etc.

Tercero, para combatir la vulnerabilidad, tanto ante causas técnicas como ante posibles ataques externos, es necesario aumentar nuestra resiliencia, es decir, nuestra capacidad de resistir crisis semejantes, duplicando sistemas de emergencia y respuestas de crisis a fallos en el sistema. No es lo mismo tener una subestación eléctrica que dos, o cuatro, u ocho. No soy ducho en el tema eléctrico pero los aviones siempre vuelan con dos generadores, uno en funcionamiento y otro en reserva, por si se cae el primero. Cuesta pasta pero salva vidas, lo digo con conocimiento de causa porque una vez se cayó el primero y aterrizamos rápidamente con el segundo: porque con uno solo está prohibido volar, precisamente porque puede romperse.

De nuevo, la Comisión Europea lleva un par de años empujando a los Estados Miembros de la UE a mejorar sustancialmente la seguridad de las infraestructuras críticas, eléctricas incluidas. Los Estados Miembros cooperan, porque saben que es necesario. Pero cuesta pasta. De ahí la necesidad de los impuestos, siempre denostados. Queremos seguridad, queremos que todo funcione, que todo funcione bien. La administración responde pero la prevención cuesta dinero. Nada es gratis.

Hacienda somos todos.

Ramón y sus pistolas

Carlos Hidalgo

Esta semana pasada hemos tenido drama a cargo de una compra de municiones por parte de la Guardia Civil. El instituto armado iba a comprar a la empresa Guardian Defense & Homeland Security unos cuantos millones de balas de 9 milímetros, lo cual ha sido motivo de conflicto entre los socios de la coalición de gobierno, debido a que la empresa fabricante es israelí y desde Sumar creen que han de boicotearse las compras de armas y munición a Israel.

Todo el mundo se ha apresurado a señalar al ministro del interior, Fernando Grande-Marlaska, como si la compra de esas balas se hubiera realizado de mala fe y como regalo al gobierno de Binyamin Netanyahu, lo cual no es cierto, aunque la historia real, sin ser tan malintencionada, no desentonaría demasiado en un libro de Mortadelo y Filemón.

Hace tiempo que la Guardia Civil estaba buscando una pistola que fuera sustituyendo progresivamente a las Beretta que la Benemérita había estado usando hasta ahora. Como ahora la moda en los cuerpos policiales es la pistola austriaca Glock, la idea era buscar algo parecido a esa arma; de munición estándar de 9 milímetros, compacta y fabricada con polímeros en su mayor parte, de tal manera que fuera más ligera que las armas cortas que la Guardia Civil había estado portando hasta el momento.

Y fue Glock quien se presentó al concurso que se convocó para la renovación de armamento, pero perdió frente a una empresa israelí, Guardian Defense & Homeland Security, que presentó al concurso a su propia versión de una pistola de 9 milímetros de polímeros, la EMTAN Ramón. Sí, Ramón. La razón por la que los israelíes ganaron el concurso frente a los austriacos fue que, a características técnicas más o menos parecidas, la pistola Ramón costaba 269€ la unidad, frente a los 305,87€ de cada Glock.

Lo malo es que las Ramón tendían a encasquillarse, al no expulsar bien los cartuchos después de cada disparo. Lo cual no se detectó en las pruebas técnicas de la licitación, pero sí en los ejercicios de tiro de los guardias y en algunas de las ocasiones en las que los agentes de la Guardia Civil han tenido que hacer uso de éstas. Hay quien dice que esto es normal, al ser la Ramón una “copia barata” de las Glock o, incluso al ser definidas como “pistolas low cost”, lo cual enfada sobremanera a sus fabricantes, que han colgado en internet varios comunicados desmintiendo esas acusaciones y poniéndose también en contacto con varios medios españoles.

Como esto se detectó con las pistolas recién compradas, sus fabricantes se comprometieron a resolver el problema sin incurrir en más costes, no sin asegurar antes que la culpa era de las municiones empleadas por la Guardia Civil y, de paso, ofrecerles un cargamento de munición de 9 milímetros a un precio por debajo del mercado. Y aquí volvemos al principio; estas son las municiones de la discordia. Todo esto se resolvió en febrero de 2023. Las pistolas Ramón fueron modificadas de tal manera que no hubiera problemas con la expulsión de municiones, así como el acuerdo israelí para proveer de municiones baratas a la Guardia Civil. Ocho meses antes del comienzo de lo que hoy se llama “guerra de Gaza”.

Y aunque todo esto ha estado cerca de provocar una importante crisis de Gobierno, no dejo de pensar en el tebeo que Francisco Ibáñez nos hubiera escrito de seguir vivo. “Mortadelo y Filemón: Las pistolas Ramón y su loca munición”

El aumento del gasto en defensa o la cuadratura del círculo

David Rodríguez Albert

En los cursos más básicos de economía suele explicarse el concepto de la Frontera de Posibilidades de Producción (FPP). Se define como el conjunto de las principales combinaciones de bienes que puede producir una economía de manera eficiente, y curiosamente suele explicarse con el ejemplo de los cañones y de la mantequilla. Así, dados unos recursos concretos, se traza una curva con las distintas cantidades que pueden ofrecerse de ambos productos, y se dice que una economía es eficiente si estamos sobre la línea, con composiciones que pueden oscilar entre ‘0’ cañones y ‘x’ mantequillas o justo todo lo contrario, pasando por todas las situaciones intermedias. Obviamente, la realidad económica es mucho más compleja, pero la FPP sirve para ilustrar estos conceptos básicos.

La descripción de este modelo viene a propósito del anunciado incremento del gasto militar en Europa, que de manera inevitable nos recuerda a los cañones de turno y, sobre todo, al hecho de que si nos movemos sobre la FPP, la fabricación de más armas debe hacerse necesariamente a costa de menos mantequilla. Llegados a este punto, hay que recordar que, afortunadamente, la economía es algo dinámico, y así llegamos a la explicación del desplazamiento hacia fuera de la FPP o, dicho de otra manera, que si crecemos podemos producir más de todo y así quedarnos más tranquilos. Y esto es lo que nos recuerdan algunos economistas que se han pasado al lado optimista del dinamismo, después de muchos años argumentando que si la población envejece no se podrán pagar las pensiones, manteniendo el nivel de producción en posición más inmóvil que el primer motor aristotélico.

Sin embargo, en el momento actual tenemos un pequeño problema, y es que el gasto en defensa pretende aumentarse de manera significativa e inmediata (no como las pobres pensiones / mantequilla), mientras que el crecimiento parece estar entrando en una coyuntura de previsiones más bien algo pesimistas. Aun así, la economía real (esa que va más allá de los manuales) vuelve a obsequiarnos con varias alternativas para producir más cañones sin tocar la cantidad de mantequilla. Lamentablemente, dos de estas posibilidades no están sobre la mesa de la Unión Europea: aumentar los impuestos para financiar más armas (tema tabú para los escolásticos de Bruselas), o hacer más atractiva la emisión de deuda (asunto complejo dado el peso actual de la misma y la disminución de los tipos de interés).

Una vez descartadas estas opciones, desde la lógica gubernamental nos quedan dos grandes vías para permitirnos la espiral militarista europea. La primera de ellas es incrementar sin más el déficit público, proponiendo una suerte de “keynesianismo de derechas”, que algunas grandes potencias ya aplicaron hace unas décadas (con el desarrollo del complejo militar e industrial en los Estados Unidos). Esta parece ser la vía española, que no pretende tocar el Estado del Bienestar y desarrolla un proyecto con una denominación que adquiere reminiscencias orwellianas: “Plan industrial y tecnológico para la seguridad y la defensa de España y Europa” (solamente les falta hablar de paz). Obviamente, desde el gobierno preferirá hablarse de “keynesianismo” (a secas), sustentando el nuevo gasto en una obtención altamente creativa de los recursos disponibles y con el apoyo de las fuerzas ahora sí “de derechas” (las mismas que reniegan de cualquier atisbo de planificación en sus manuales de referencia).

Llegados a este punto, alguien podría pensar que es altamente contradictorio plantear el aumento del déficit público tras varias décadas en las que la ortodoxia neoliberal lo ha llegado a limitar por imperativo legal. De todos modos, hay que pensar que estamos en un momento histórico en el que la fase que hemos llamado de “globalización neoliberal”, que ya había sido puesta en entredicho tras la crisis financiera que estalló en 2008, ahora parece recibir la puntilla por parte de Trump. El gobierno de los Estados Unidos, viéndose perdedor en una dinámica de libre comercio en la que China y los BRICS ganan enteros, se repliega en un proteccionismo sin tapujos, y pone en duda cada vez más si el nuevo capitalismo ha de ser tan liberal como el de hace unos años.

La segunda vía que contempla Europa para aumentar el gasto en defensa es la que expresa sin tantas contemplaciones Mario Draghi en su informe de 2024, encargado por la misma UE: “No podremos financiar nuestro modelo social. Tendremos que reducir algunas de nuestras ambiciones, si no todas”. Obviamente, esta afirmación puede resultar algo impopular, y para llevarla a cabo habría que crear en primer lugar un estado de miedo permanente entre la ciudadanía, que podría comenzar con algo así como “prepare un kit de supervivencia en casa por si vienen los rusos”. De seguir las recomendaciones del banquero italiano, el modelo básico de la FPP sería de gran utilidad, ya que podríamos fabricar más cañones lanzando las tostadas de mantequilla al suelo (de qué lado caen ya depende más de la Ley de Murphy que de las escuelas de pensamiento económicas).

He dejado para el final la alternativa que a mi juicio parece más razonable, y que consiste en avanzar por la FPP en sentido contrario, esto es, con más Estado del Bienestar y menos devaneos belicistas. Pero parece que para ello la ciudadanía europea tendría antes que hacer algo muy sencillo y a la vez bastante complicado: cambiar a la mayoría de los gobernantes de turno, sustituyéndolos por otros con una visión estratégica más en consonancia con la democracia, la cooperación, la solidaridad y los derechos humanos.

El mito que no muere: culpar a la OTAN por la guerra de Rusia 

LBNL

Oigo tantas veces este argumentario de que la OTAN es culpable de la guerra de Ucrania que me permite pegar este artículo de hoy mismo de EUvsDisinfo que me parece tan certero como bien argumentado:

«En el turbio panorama de la desinformación, pocas narrativas han demostrado ser tan persistentes como la afirmación de que la expansión de la OTAN provocó a Rusia a invadir Ucrania.

Este mito, reciclado y rebautizado por los apologistas del Kremlin, culpa a Occidente de la agresión rusa, ignorando la historia y los hechos. Es hora de llamar a esta narrativa por su nombre: una distorsión conveniente diseñada para justificar una guerra injustificable.

Mito 1: «Rusia fue provocada. La OTAN rompió una promesa».

Uno de los mitos más comunes en la retórica pro-Kremlin es que la OTAN prometió no expandirse «ni un centímetro hacia el este» después de la Guerra Fría. Pero no hay evidencia de ningún acuerdo formal al respecto. Múltiples líderes occidentales y documentos desclasificados confirman que, si bien hubo discusiones sobre la posición de la OTAN en Alemania durante la reunificación, no se asumió ningún compromiso vinculante ni global para congelar las fronteras de la alianza indefinidamente.

Y aquí hay un punto crucial: si Rusia realmente quería tal garantía, sabe perfectamente cómo funciona la diplomacia internacional. Habría impulsado un tratado, un acuerdo formal o, como mínimo, un compromiso públicamente documentado. Pero eso nunca ocurrió, porque tal promesa nunca se hizo ni se buscó oficialmente. Incluso Mijaíl Gorbachov , el líder soviético en ese momento, confirmó que no había acuerdo ni promesa de no ampliar la OTAN. En diplomacia, si no hay tratado, acuerdo firmado ni declaración pública, no hay promesa vinculante. Rusia lo entiende. No es ignorancia, es revisionismo deliberado por parte de Putin.

Más importante aún, las naciones soberanas de Europa del Este querían unirse a la OTAN, no porque la OTAN buscara cercar a Rusia , sino porque estos países habían soportado décadas de ocupación e invasiones soviéticas y estaban decididos a no volver jamás a esa subyugación. Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Rumanía: estos no eran peones manipulados por Washington. Eran democracias que tomaban decisiones estratégicas para su seguridad. Sugerir lo contrario es negarles capacidad de acción e ignorar su historia y soberanía.

Mito 2: «Ucrania estaba a punto de unirse a la OTAN. Rusia no tenía otra opción».


A pesar de las reiteradas afirmaciones, Ucrania no estaba a punto de unirse a la OTAN a principios de 2022. Si bien Ucrania llevaba tiempo expresando su interés en la membresía, no hubo una invitación formal ni un proceso acelerado. La idea de que la adhesión de Ucrania a la OTAN fuera inminente es más ficción que realidad. Era una posibilidad remota, no una política vigente. El ultimátum

de Rusia en diciembre de 2021.Una garantía de que Ucrania nunca se uniría a la OTAN nunca fue una oferta diplomática genuina, sino un pretexto. Exigir que la OTAN no solo excluyera a Ucrania para siempre, sino que también redujera su presencia en todos los países que se unieron después de 1997, borrando décadas de decisiones soberanas de los estados de Europa del Este, no fue una negociación, fue una exigencia imposible. Putin sabía que la OTAN nunca podría aceptarla sin abandonar sus principios fundamentales y la seguridad de sus miembros. El ultimátum estaba destinado a ser rechazado. Fue una trampa, no un esfuerzo diplomático (como hemos descrito aquí ).

¿Y quizás la prueba más clara de que la OTAN no fue la verdadera razón de la invasión? Las propias palabras de Putin. En su discurso de febrero de 2022 , justo antes de la invasión, apenas se centró en la OTAN. En cambio, cuestionó el derecho mismo de Ucrania a existir como estado independiente, afirmando que fue «creada por Lenin» y debería ser parte de Rusia. Esa retórica no apunta a preocupaciones defensivas, sino a ambición imperial .

Si Rusia realmente temía la incorporación de Ucrania a la OTAN, lanzar una invasión a gran escala es quizás la forma más eficaz de garantizar un mayor alineamiento y apoyo occidental. La guerra no impidió que la OTAN se acercara a Ucrania, sino que aceleró ese proceso. Eso no es miedo, es una apuesta arriesgada basada en ambiciones diferentes.

Mito 3: «Rusia temía a la OTAN en su frontera».

La idea de que Rusia invadió Ucrania por miedo a la OTAN se contradice con sus propias acciones. Si Moscú realmente viera a la OTAN como una amenaza inmediata, creyendo que planeaba usar Ucrania como plataforma de lanzamiento para una guerra contra Rusia, probablemente habría calculado un enfoque más cauteloso, sobre todo dado el poder militar de la OTAN.

De hecho, la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 demuestra lo contrario: una confianza calculada en que la OTAN no intervendría directamente y que no buscaba una guerra con Rusia. Y ese cálculo fue correcto. La OTAN, a pesar de su poderío militar, enfatizó repetidamente que no enviaría tropas a Ucrania ni se enfrentaría directamente a las fuerzas rusas. Putin lo sabía, y apostó en consecuencia.

Si el Kremlin realmente temiera a la OTAN, no habría provocado un escenario que pudiera atraer aún más la atención y el armamento de la OTAN. Pero lo hizo, porque la verdadera motivación no era el miedo a la OTAN. Era el deseo de reafirmar el control sobre Ucrania e impedir sus ambiciones generales hacia Occidente.

Mito 4: «Hubo un golpe de Estado en Ucrania en 2014, liderado por Occidente».

Este cliché trillado intenta borrar la voluntad del pueblo ucraniano, que salió a las calles en 2013-2014 exigiendo rendición de cuentas, reformas y el fin del liderazgo corrupto respaldado por Rusia. La Revolución de la Dignidad.No fue orquestada por la CIA ni la OTAN, sino provocada por el abrupto rechazo del presidente Yanukovych a un popular acuerdo de libre comercio y asociación  con la UE y su violenta represión contra los manifestantes.

El Kremlin presenta este levantamiento democrático como un golpe de Estado liderado por Occidente porque no puede reconocer que sus vecinos podrían elegir un camino diferente, uno que no gire en torno a Moscú. Para los regímenes autoritarios, el poder de las personas libres siempre es el enemigo.

Lo que el mito ignora.

Para comprender verdaderamente esta guerra, no mire las decisiones de la OTAN, sino las propias palabras de Vladimir Putin. En su infame ensayo de julio de 2021 y su discurso de febrero de 2022 , Putin desestimó la soberanía ucraniana y enmarcó al país como una parte histórica de Rusia. Sus motivaciones no son defensivas, sino imperiales. La invasión buscaba reafirmar el control sobre una antigua república soviética, aplastar una democracia próspera en la frontera rusa y señalar a otros estados postsoviéticos que girar hacia Occidente tiene consecuencias.

Putin no teme a la OTAN. Teme a la democracia. Teme que los vecinos democráticos de Rusia, anteriormente ocupados por Moscú, demuestren que los rusos pueden vivir libremente sin oligarcas ni autoritarismo. Esa es la verdadera amenaza al poder del Kremlin.

La OTAN es la excusa, no la causa.

Culpar a la OTAN por la guerra de Rusia es una narrativa de conveniencia, no de credibilidad. Absuelve al agresor, ignora la agencia de naciones más pequeñas y cambia el guion de décadas de historia posterior a la Guerra Fría. Es un mito que solo sirve a un amo: el Kremlin.

No se dejen engañar. Ucrania no «provocó» a Rusia más de lo que un ladrón es provocado por una casa que instala una cerradura. Esta guerra no se trata de promesas rotas o líneas rojas malinterpretadas. Se trata de poder, control y la negativa a dejar que otros vivan libremente fuera del alcance de Moscú.

Cuanto antes enterremos este mito, antes podremos centrarnos en responsabilizar a la parte correcta y defender la verdad.»

De la recomendación del día del libro

Juanjo Cáceres

En estos días de sugerencias literarias, que culminan este miércoles con la celebración de la Diada de Sant Jordi, me parece oportuno sumarme a las recomendaciones de libros para leer y lo hago animando a la lectura de este trabajo, recientemente publicado, del activista e investigador Jaime Palomera:

Palomera, J. El segrest de l’habitatge. Per què és tan difícil tenir casa i com això pot trencar la societat. Barcelona: Pòrtic,2025.

Se trata de un texto orientado claramente al público en general, de lectura rápida y fácil comprensión tanto de conceptos como de argumentos, que describe perfectamente en su título cuál es su propósito: dinamizar el debate sobre el estado actual del problema de acceso a la vivienda y poner sobre la mesa un conjunto de argumentos, que no solo ponen en cuestión las políticas de vivienda todavía vigentes y las realizadas a lo largo de las últimas décadas, sino que alerta del riesgo de vulnerabilidad que el encarecimiento del coste de la vivienda impone a sectores cada vez más amplios de la sociedad.

La estructura del libro consiste principalmente en un diagnóstico del pasado y del presente, que supone aproximadamente el 85% del texto y un capítulo final de propuestas, más condensado, que se alinean con política ensayadas en otros puntos de Europa o del planeta, algunas de las cuales ya van siendo señaladas en los capítulos anteriores. Todo ello en menos de 200 páginas, muy bien aprovechadas, elaboradas con una narrativa seductora y con una estrategia argumental bastante eficaz. Sigue leyendo