Julio Embid
El pasado domingo no tenía nada en la nevera y estaba solo en casa y decidí bajar al kebab que hay en mi barrio. No habrá ni diez minutos y mientras cruzaba un parque donde cuarentones de clase media sacaban a sus perros a mear, soltándoles la correa para que fueran libres durante cinco minutos, pensé como de vez en cuando a los humanos nos sueltan la correa fugazmente. Jugaba el Barsa contra el Madrí y los bares con televisión estaban llenos, pero como hacía frío y era tarde, las 21.30h, no se veía ningún niño. Tampoco es que en España y en Zaragoza haya tantos niños. España tiene una de las tasas de fecundidad más bajas del mundo (1,3 de hijos por mujer) y la edad media de las mujeres en el nacimiento del primer hijo es de las más altas del planeta (30,9 años). En el fondo no considero que esto sea un problema porque cada vez soy más nihilista y porque, a nivel individual, no contribuyo en absoluto a la pervivencia del homo sapiens sapiens. En 2125 todos calvos y bajo tierra.
Entré en el local y Ahmed tenía la tele apagada (no paga los derechos de emitir fútbol porque no le llega aunque le gustaría) pero estaba trabajando a tope. Había una pila de durums envueltos en papel de plata en bolsas blancas de plástico dispuestos para ser recogidos, transportados y engullidos. Ahmed, al cual un día le pregunté su edad, tiene 41 años. Los mismos que servidor de usted. Y encima nació el mismo mes que yo, así que podría decirse que somos de la misma generación. Pertenecemos ambos a la Generación Y o millenials, y aparte de eso, los cromosomas XY y nuestro horóscopo (tanto occidental como chino), no tenemos nada en común. Ahmed está casado, tiene tres hijos, no pudo estudiar, vive de alquiler en un país que no es el suyo y trabaja día y noche siete días a la semana. Yo no. Por eso me suelo burlar de aquellos que en sociología o en medios de comunicación hablan de manera genérica de las generaciones y de los problemas generacionales. El principal clivaje no es entre boomers, millenials o zoomers. Lo que nos divide esencialmente es la clase social. Ya no tanto entre capitalistas y proletarios sino entre arrendadores y arrendatarios. Eso sí que influye en el comportamiento y en los intereses. Sigue leyendo