Arthur Mulligan
Hace unos días en el transcurso de un debate entre ex compañeros de universidad, uno de los asistentes lanzó a bocajarro la pregunta bienintencionada de si tal vez había llegado en nuestra opinión, el momento de no retorno sobre la posibilidad de compartir una visión de la realidad política actual por muy fragmentaria que pudiera llegar a ser, algo que nos pueda salvar de nuestros más persistentes y cada día más abundantes desencuentros, inmersos en la asfixiante circularidad de los temas y personajes en presencia.
Nos conocemos desde hace medio siglo y salvo dos trostkistas que habían leído la vida de León – armado y desarmado -, un lujo en su momento, las demás recibimos doctrina en el PC al que agradecimos de corazón el tiempo que nos dedicó en aquel erial del 71. Los profesores apenas nos llevaban tres o cuatro años de edad pero la distancia era enorme y, aún así, leímos un resumen de El Capital adaptado por un voluntarioso alumno de la Facultad de CC. Económicas, dando por hecho que todo estaba bien, más o menos como la fórmula del volumen de una esfera, bellísima en sí misma y más asombrosa aún con el ingenio matemático del gran Arquímedes de Siracusa y sin calculadora. Ese era el tono de la época, un estado de ánimo vital que ya anunciaba grandes cambios. El partido por entonces todavía respiraba optimismo y nosotros apenas conocíamos obreros a pesar de las descripciones del responsable político. Llegamos a celebrar alguna reunión en el monte con muy mal tiempo hablando en medio de la ventisca de la primavera de Praga y que hoy recordamos con una mezcla de melancolía no exenta de vértigo habida cuenta de la abundancia de predicadores a confrontar. El PC, con todo, era un admirable partido de orden, un lugar seguro para los cadetes. Sigue leyendo