Julio Embid
La primera vez que me llamó Javier Lambán al teléfono fue a comienzos de 2018. Era un sábado por la mañana y estaba en casa pasando la aspiradora. Recibí una llamada de un móvil desconocido y, al descolgar, me dijo: – ¿Eres Julio Embid? Soy Javier Lambán. Necesito que me expliques con detalle a qué vamos esta semana juntos a Bruselas.
La verdad es que aluciné bastante. Acababa de ser nombrado Director General de Relaciones Institucionales del Gobierno de Aragón, en una reconversión de puestos, y servidor era responsable, entre otras materias, del Servicio de Acción Exterior de Aragón y de la Oficina de Aragón en Bruselas. Estuvimos hablando de la agenda apretada que teníamos durante esos dos días, de los compromisos que queríamos lograr y de las reuniones previstas con un par de comisarios, directores y eurodiputados. Me mandó buscar más información y, al terminar, me dijo: – Julio, ¿tú hablas inglés, no? No te despegues de mí.
Esta semana, Javier Lambán fallecía en su localidad natal, Ejea de los Caballeros, tras una larga enfermedad pública y notoria. Hubo numerosas muestras de afecto: de quienes lo apoyamos siempre, de curiosos, de rivales externos, de sus rivales internos y de los chaqueteros habituales, especialmente si había prensa delante.
Lambán, que contó durante una década con el apoyo mayoritario de la militancia -al menos en dos de las tres provincias aragonesas-, pudo comprobar con pesar en los últimos dos años cómo aquellos que le juraron fidelidad eterna iban cambiando de bando. Él, como líder del principal partido de la oposición, delegaba la tarea de confrontar al gobierno de Jorge Azcón en su mano derecha, la portavoz Mayte Pérez, mientras dedicaba su tiempo a luchar contra una durísima enfermedad y a publicar su libro de memorias. En él ajustaba cuentas y defendía una valiente idea de España Federal basada en la igualdad entre comunidades autónomas y en el multilateralismo, no en los chantajes bilaterales.
Sobra decir que Javier Lambán cada vez tenía más amigos entre aquellos que no le votaron nunca, ni lo votarían jamás y que le jaleaban para que saliera contra La Moncloa de tanto en tanto. Sin embargo, fue un presidente de Aragón excelente y los datos lo avalan: pleno empleo, paz social, apuesta por las renovables, modernización agrícola y llegada de multinacionales tecnológicas. También supo garantizar estabilidad parlamentaria: primero con un pacto con Chunta, y después con Chunta, Podemos y el PAR. Así siempre hubo presupuestos y siempre hubo gobierno. Nada que ver con la relación tóxica, de alejamiento en público y amor en privado, que hoy mantiene el PP de Aragón con Vox.
En Madrid y en las redes sociales siempre pensaban que Lambán era el ala derecha del partido por discrepar de Pedro Sánchez. Sus decisiones políticas y sus acuerdos no dicen eso. Las manifestaciones más duras que sufrió Lambán durante su mandato fueron las de las escuelas concertadas. Y desde luego, está el cupo catalán que, por definición, no es muy progresista. Haciendo autocrítica, creo que los socialistas aragoneses (y aquí me incluyo) perdimos las elecciones de mayo de 2023 por tres motivos:
1. Una corriente estatal contra La Moncloa que castigó a alcaldes y presidentes autonómicos socialistas fueran críticos o no con Sánchez.
2. Una durísima campaña del PP sobre las ambulancias rurales, plagada de mentiras que calaron.
3. La aparición de Teruel Existe, que sedujo a numerosos exvotantes socialistas, chunteros y podemitas, especialmente en la capital turolense, con un discurso adanista dispuesto a pactar indistintamente con las derechas.
Ese conjunto de circunstancias hizo que el PSOE de Lambán bajase de 24 a 23 escaños, pero que sus socios prácticamente desapareciesen, allanando el camino para que Jorge Azcón llegara al Pignatelli. No considero injusto que Lambán perdiese las elecciones: ante todo soy demócrata, y las derechas sumaban mayoría clara. Pero el tiempo pondrá a cada uno en su lugar y con los años habrá que reivindicar su papel al frente del Gobierno de Aragón frente al actual que vive de las rentas y de inaugurar lo que otros consiguieron.
En 2018 publiqué un libro de ensayo titulado «Con capa y antifaz». La ideología de los superhéroes (Ed. La Catarata) y le pedí a Javier Lambán que lo presentase en Zaragoza. Aceptó encantado. Lo hicimos en el Museo Pablo Gargallo y nos acompañaron ese día mi amigo y poeta Nacho Escuín y la periodista Eva Pérez-Sorribes. Vino muchísima gente y también la televisión autonómica. Empezamos hablando de Batman y Superman, pero terminamos conversando sobre el Capitán Trueno y la serie «Vikings» de Netflix. Aquel día Lambán estuvo espléndido. Declaró que, si Erik el Rojo no hubiese soñado con un mundo mejor para su gente, con tierras verdes, jamás se habría embarcado en su viaje suicida hacia el oeste.
Lambán quiso siempre lo mejor para Aragón y su gente, y por ello peleó hasta el final. Y por ello se enfrentó sin miedo a Moncloa y a Ferraz, a la Generalitat de Catalunya y a quien hiciera falta. A veces suicida, siempre con la convicción de luchar por Aragón y los aragoneses. Y nunca le faltaron feroces vikingos para acompañarlo en la batalla.
*Julio Embid es escritor. Fue Director General de Relaciones Institucionales del Gobierno de Aragón entre 2017 y 2019