Arthur Mulligan
En una sala privada el presidente Sánchez con mala cara se sienta en su sillón preferido. Los días anteriores ha dormido poco y apenas le quedan ganas para leer los numerosos documentos pendientes que rodean la habitación. Él solo quiere hablar del futuro de todos esos planes que según dice con insistencia van a mejorar la vida de las gentes aunque todo conspira para volver la mirada hacia atrás, hacía un pasado sin interés inmediato y que ya nada puede ofrecer. Recuerda que este año justamente es un año especial con más de 50 actos programados por no sé qué de la memoria histórica, y maldice el día en el que José Luis empezó a reivindicar la República, las cunetas, lugares de memoria, trincheras y tristezas. Por qué en lugar de pensar en el pasado no hablar de Gaza, de Irán, del Líbano y también de Ucrania, conflictos de actualidad y no seguir empantanados en el barro de la memoria, de esos odios africanos que no hemos vivido, que tanto nos dividen y que jamás podremos reconstruir. Vale, algo había que hacer después de las derrotas de 2023, sí, las autonómicas y locales que todo el mundo de mi entorno planeó como un plebiscito después de la catástrofe de Andalucía, nuestro granero de votos particular.
Y ahora esto, todos mirándome como si fuera el único responsable, yo que tantos cargos y honores he repartido entre estos desagradecidos, sobre todo algo que no tenían, respetabilidad y presencia pública. Estos niños bonitos, estas poses de asamblea universitaria… ¡Como si fuera fácil dirigir a tantas decenas de miles de personas! ¡Y me piden control, control, control!
Debería explicarme mediante aikus, ejercitar habilidades dando forma a las ramas de un bonsai y ordenar de una vez por todas el despido del ministro de asuntos exteriores y su disipada energía; solo deberíamos recibir visitas con caras sonrientes.
Mientras se iba calmando, el presidente se puso de pie y se acercó al ventanal para contemplar los dos cipreses en el jardín y tratar de concentrar su atención en el cálculo de su altura para distraerse mediante el teorema de Tales ¿o era el de Aquiles? ¡No hombre, qué torpe estoy¡ ¡el de Pitágoras! Pitágoras quería decir (debo prestar más atención a las citas de autoridad antes que pseudo medios hostiles me vapuleen).
Un momento ¿y esos libros? Un inmenso sobre blanco con la particular caligrafía en chino clásico con tinta roja estaba semiabierto: Edgar Snow «Red Star over China: The Classic Account of the Birth of Chinese Communism.» Dentro el volumen en edición distinguida con papel biblia.
Después de pedir un café y agua ordenó que nadie le molestase y de este modo comenzó a leerlo, sin ganas pero convencido de que allí encontraría algo que valiese la pena. En la universidad siempre había pensado en los chinos sin verdadero interés, porque le agobiaban las masas y la revoluciones que no entendía, aunque admiraba la figura de Mao Zedong más por la cantidad de millones que le seguían que por su pensamiento del que desconocía casi todo.
«Al celebrarse la gala de los 70 años de Stalin en el teatro Bolshoi, el dictador compareció para mostrarse ante las cámaras, flanqueado por Mao Zedong y Nikita Jruschov. Estaba huraño, pero resentido al mismo tiempo por el trato recibido, impresionado por su homólogo del Kremlin. Antes de concederle una audiencia formal debió esperar varias semanas fuera de Moscú. No perdía la paciencia y refunfuñaba que no había ido hasta allí «solo para comer y cagar».
Lenin había comprendido que los principios del bolchevismo apenas hallaban apoyo popular fuera de Europa y razonablemente sugirió que no recibirían ayuda hasta que no se unieran a las fuerzas nacionalistas en un frente que derribara a las potencias coloniales…
(…) Llevaba años buscando su camino. De joven, había sido un lector voraz y se había visto asimismo como un intelectual que escribía artículos de tendencia nacionalista. Había trabajado como bibliotecario, maestro de escuela, editor y activista sindical. En las zonas rurales, por fin, descubrió su vocación: aunque no pasara de figura menor dentro del partido, sería él quien movilizara a los campesinos para alcanzar la liberación.
Sánchez continúo leyendo: «en abril de 1927, las tropas de Chiang Kai-Shek entraron en Shanghai y el líder nacionalista lanzó una sangrienta purga en la que cientos de comunistas fueron ejecutados. El Partido Comunista chino pasó a la clandestinidad. Mao se retiró a la montaña con un variopinto ejército de 1300 hombres, en busca de campesinos que lo llevaran al poder.»
Sánchez continúo pasando hojas y, siguiendo las vicisitudes del ejército de campesinos, se detuvo en los choques ideológicos con el comité central que seguía oculto en Shanghai, cerca de los trabajadores fabriles. Había quien veía mal las prácticas heterodoxas de Mao. Era terco en la búsqueda del poder y lo impulsaba una ambición feroz al servicio de una personalidad manipuladora y grandes habilidades políticas. Además, era implacable. En cierto incidente que tuvo lugar en una ciudad llamada Futian, mandó confinar en jaulas de bambú un centenar de oficiales de batallón que se había amotinado contra su liderazgo, los hizo desnudar y torturar, y a muchos de ellos se los remató con bayonetas.
En un momento de cansancio, vencido por el sueño, convocaba sorpresivamente elecciones generales y comparecía ante el Grupo Parlamentario socialista del Congreso donde, lejos de que los diputados le hicieran una sola critica por la debacle electoral, poco menos que lo recibían bajo palio con atronadores aplausos, y entonces se plantea como estrategia electoral la imperiosa necesidad de hacer frente a la supuesta amenaza fascista de la derecha y ultraderecha del Partido Popular y Vox, que logra movilizar al electorado.
Recordaba en el sueño las elecciones generales en julio, como las gana el Partido Popular, pero también como él logra formar un gobierno que sus corifeos mediáticos no se cansan de calificar como “progresista”, cuando saben y ocultan la ascendencia etarra de BILDU; que JUNTS, heredero de Convergencia, liderado por un prófugo de la Justicia, es el arquetipo de la derecha capitalista reaccionara catalana, nido de corrupción; que el PNV es un partido conservador histórico de la democracia cristiana; y que ERC es más un partido nacionalista independentista que un partido de izquierdas que traicionó a la Republica en 1931, en 1934 y durante la guerra civil, como dejaron constancia escrita Azaña y Negrín.
Maquiavelo, piensa, se quedaría asombrado por su astucia y por su habilidad para manipular y calificar falsamente como ultraderechista a la derecha, logrando convencer a la militancia socialista de que el Partido Popular es fascista, cuando es un partido, equiparable a la derecha europea, que defiende la Constitución, la unidad de España y el Estado de Derecho, como lo demostró con los gobiernos de Aznar y Rajoy por mayoría absoluta, sin que produjera un liberticidio de los derechos y libertades; y que VOX es la ultraderecha cuando no tiene posibilidad alguna de llegar al gobierno como sí ha llegado la ultraderecha italiana y puede llegar la francesa.
Pero lo más grave es que él y antes José Luis Rodríguez Zapatero con la Ley de Memoria Histórica, también han dividido a los españoles con La Ley de Memoria Democrática 20/2022 de 19 de octubre, pactada con BILDU, que ha vuelto a reabrir la «doble herida», que ha caracterizado la turbulenta y dramática historia contemporánea de España, desgraciadamente, y originado “la progresiva separación entre los españoles y la creciente división entre las regiones”, de la que hablaba Laín Entralgo. Esto, en su fuero interno, le desagrada porque no termina de verlo.
Y entonces Sánchez despierta y recuerda que ha dado orden de que nadie le moleste; bebe un poco agua, coge de nuevo el libro y prosigue:
Estrella roja sobre China alcanzó un gran éxito. Tan solo un mes después de su publicación, se habían vendido 12.000 ejemplares en Estados Unidos. Bueno – se dijo Pedro – yo he vendido mucho más.
Allá por 1940, en un panfleto titulado “Sobre la nueva democracia”, Mao prometía un sistema multipartidista, libertades democráticas y la protección de la propiedad privada. Aquel programa era ficticio por completo, pero gozó de un gran atractivo popular. Destacados miembros que se habían enfrentado a Mao en el pasado sufrieron humillaciones y fueron obligados a escribir confesiones y a pedir perdón en público por sus errores. Zhou Enlai fue uno de ellos. A diferencia de Stalin, Mao rara vez ordenaba la ejecución de sus rivales, y en cambio los transformaba en cómplices sometidos a vigilancia constante, obligados en todo momento a demostrar su fidelidad. Al final, logró que otros cerraran filas en torno a su liderazgo y se refirieran a él como «gran timonel revolucionario, estrella salvadora, genial estratega y político genial».
En abril de 1945, tras un intervalo de 17 años, se celebró un congreso del partido. Por fin, Mao había transformado el partido en un instrumento de su propia voluntad. El estudio del pensamiento Mao Zedong se volvió obligatorio y adultos de toda extracción social tuvieron que estudiar de nuevo y leer los libros de texto oficiales de la nueva ortodoxia. Todos los días, colegiales, soldados, presos y oficinistas entonaban a pleno pulmón canciones revolucionarias como «Mao Zedong es nuestro sol» o el «Himno al presidente Mao».
Sus concisos eslóganes llegaban a todos los hogares. Así por ejemplo, «Las mujeres sostienen la mitad del cielo»… y Sanchez despertó. El pasaje le recordaba a Jone Belarra y sintió un incómodo escalofrío. Luego siguió leyendo.
«Igual que Stalin, era una figura remota, casi divina, apenas vista, apenas oída, oculta en lo más recóndito de la ciudad prohibida donde en otro tiempo habían morado los emperadores.»
En 1956, Mao sufrió un revés. El 25 de febrero, el último día del XX Congreso del Partido Comunista Soviético, Nikita Jruschov convocó una sesión secreta, no programada, en el gran Palacio del Kremlin. En un discurso de cuatro horas, sin interrupciones, denunció las sospechas, el miedo y el terror creados por Stalin.
Se enviaron copias del discurso a los partidos comunistas extranjeros y así empezó una reacción en cadena. En Pekín, el presidente se vio obligado a ponerse a la defensiva. Mao era el Stalin de China, el gran líder de la República popular. La desestalinización era nada menos que un desafío a la autoridad del propio Mao.
En septiembre de 1956, el pensamiento Mao Zedong desapareció de los estatutos y se censuró el culto a la personalidad, pero la revuelta húngara dio a Mao una oportunidad de volver a imponerse: el presidente culpó al partido comunista húngaro de haber causado su propia desgracia al no prestar atención a los agravios que sufría el pueblo y haber permitido que se encontraran y escaparan a todo control. Mao se hizo el demócrata, el campeón del hombre corriente, y exigió que se permitiera a quienes no eran miembros del partido que expresaran su descontento y así nació la campaña de las 100 flores. Entonces la gente escribió ingeniosos eslóganes en defensa de la democracia y los derechos humanos y había incluso quien exigía que el Partido Comunista abandonara el poder. Mao se sintió abrumado y promocionó una campaña en la que se denunciaba a medio millón de estudiantes e intelectuales como derechistas deseosos de destruir al partido enviándose a miles de ellos a campos de trabajo situados en los confines del imperio.
«¿Qué hay de malo en la veneración?» preguntaba retóricamente «si la verdad se halla en nuestras manos. ¿Por qué no vamos a venerarla? Todo grupo debe venerar a su líder, no puede no venerar a su líder» observaba Mao, que así explicaba que este era el culto a la personalidad correcto. El alcalde de Shanghai, exclamaba con entusiasmo: «Debemos tener fe ciega en el Presidente, debemos obedecer al Presidente con absoluta entrega».
Sánchez se había quedado definitivamente dormido con una sonrisa infantil de bienestar.
Los días siguientes iría a Ferraz y al Congreso. Solo dos personas le plantarán cara en la sede del PSOE, y luego no podrán hablar. Sánchez atacará el pasado del PP y del PSOE. Yolanda volverá a llorar, en esta ocasión por su padre. Rufián no, pero gesticulará como si fuera de izquierdas; los de Bildu, siniestros, como siempre; el PNV perdido y Junts desafiante.
Cuando Sánchez apareció en el horizonte político Vox era el 0,2 %, hoy el 15%
No vamos bien.