Verónica Ugarte
Han sido publicados los temidos resultados acerca de cómo se aplican nuestros jóvenes en la escuela. Matemáticas con bajos niveles. Leí en diagonal los resultados, ya que lo que me llamó poderosamente la atención fueron las críticas hacia el sistema educativo por parte de padres, casi pidiendo la cabeza de profesores, a quienes culpan de los malos resultados de sus hijos.
El sistema educativo que viví no fue el mejor, pero tenía una red de soporte que nunca me falló y que cuidó de mi educación: mis padres y hermanos. Los deberes los hacía con quien estuviera en casa nada más terminar de comer. En Barcelona he pasado por la experiencia de lidiar con un sistema diferente, pero como madre, la responsabilidad estaba en adaptarme y hacer todo lo posible por dar a mi hija el mismo cuidado que me dieron a mí.
Cada día revisaba la agenda escolar, preguntaba cómo había ido el día y me ponía con ella para hacer deberes juntas. Ya eso es prueba de fuego: aprender la gramática castellana que difiere de la que aprendí en México. Eso solo para empezar, pero seguí a rajatabla el sistema de mis hermanos, donde el maestro no está solo en su trabajo y debe ser apoyado por la familia del alumno.
Gracias a ello, la escuela fue un paraíso para mí, a la par que disfruté de las ocurrencias locas de mis padres, mismas que he pasado a mi hija: la lectura y la pintura. Mi madre me inoculó el veneno de la lectura a los seis años con Oscar Wilde. Mi padre me llevó a los nueve años a ver “Los Picassos de Picasso”, exposición itinerante que caló en mí.
Los chavales de ahora, y antes de ahora, tienen una gran barrera: los padres. No lo afirmo de manera superflua. La manera en que falta respeto, educación y disciplina no ayuda al trabajo de un maestro. Es casi imposible dialogar con un padre que exige que se le rían las gracias a su hijo y que no sea castigado, así lo hayan pillado pinchando una rueda.
No falta razón cuando se exige encarar los fallos del sistema educativo. Pero también hay que encarar los de la sociedad. No es aceptable que un padre se queje porque le ha dicho el tutor de su hijo que debe hacer los deberes con él y que debe también leer con él cada día. No vale decir que no hay tiempo, que se está cansado, que nadie le dice cómo educar a un hijo.
Demasiadas veces vi niños abandonados, de manera figurada. Mis compañeros de clase no tenían el apoyo y exigencias que tuve yo. Mi hija era la única que tenía libros desde los cuatro años. Y se puede seguir hasta el infinito. No puedo afirmar que hubo excelencia en ambos casos, pero si hubo responsabilidad, amor y toda la intención de formar, no solo para aprobar, sino para entender, disfrutar y reír.
Porque el saber sí que ocupa lugar. En la mente y en la decencia. Como sociedad, estamos dejando a su suerte a jóvenes que el día de mañana no serán capaces de encontrar un trabajo. No solo por falta de oportunidades, sino también por talento desperdiciado.
Le estamos allanando el camino a la extrema derecha, sea VOX o Aliança Catalana, ya que la ignorancia y la demagogia son la columna vertebral de sus discursos.
Si somos padres, tenemos una función y una responsabilidad mucho más importante de lo que creemos. No apoyar a la escuela no es una de ellas.
“El Maestro que prometió el mar” es una bella película acerca de los problemas de la enseñanza y sus logros. La recomiendo.