Juanjo Cáceres
El pasado mes de mayo se cumplían 90 años de la finalización, por parte del historiador belga Henri Pirenne, de la obra Mahoma y Carlomagno, cuya publicación tendría lugar algunos años después, de forma póstuma, tras dos revisiones realizadas por su propio hijo, Jacques Pirenne, y por el historiador Fernand Vercauteren.
Se trata de una breve monografía de algo más de 200 páginas, muy leída por diferentes generaciones de historiadores y estudiosos del pasado, que todavía se encuentra en las librerías de nuestro país, ya que forma parte de la extensa colección de obras especializadas, publicadas bajo el sello de Alianza Editorial. Pero como todo en la vida, es un trabajo que el paso del tiempo va dejando atrás, sepultado, primero, por una oleada de trabajos que abordan la misma problemática -el surgimiento de la Edad Media- discutiendo las conclusiones del autor y, después, por la proliferación incesante de libros de cualquier temática, que castigan con la marginalidad a todas aquellas obras que no gozan de una especial protección o prestigio.
Sin embargo, este trabajo marcó un profundo cambio de paradigma y dejó una extensa huella en la forma de analizar la continuidad y el cambio histórico. Para cuando este historiador se incorpora a la Universidad de Gante, en 1892, las visiones sobre el fin de la Antigüedad siguen ancladas en una percepción apocalíptica de las invasiones bárbaras y en la fijación del inicio del Medievo en la fecha de sustitución del último emperador del lado occidental del Imperio considerado propiamente romano, en el año 476. Tras Mahoma y Carlomagno, aunque no solamente por esa obra y no de forma inmediata, empezará a cobrar forma el concepto de “Antigüedad Tardía”, para referirse a los siglos posteriores al siglo IV. Y es precisamente Pirenne quién sitúa algunas de las principales claves interpretativas para referirse a ese extenso periodo en que la edad antigua no acaba de terminar y la edad media tampoco despega del todo.
Son varios los elementos que Pirenne describe para asentar sus puntos de vista y nos da con ello una importante lección sobre la interpretación de los hechos históricos y sobre la ambigüedad de aquello que consideramos continuidad y de aquello que consideramos cambio.
Revisando el siglo V, destaca que la formación progresiva de las monarquías de origen germánico -visigoda, ostrogoda, franca, burgundia, etc.- se asienta sobre las estructuras administrativas, jurídicas y fiscales del Imperio Romano y sobre la preservación del origen romano -no germánico- entre los funcionarios de alto rango. También el relevante papel del Imperio Romano de Oriente, con capital en Constantinopla y con un Emperador al frente que no deja de ejercer de forma simbólica la toga imperial sobre todo el antiguo territorio romano. Un territorio que sigue siendo la principal potencia mediterránea y que va a ampliar su dominio cuando, bajo el gobierno de Justiniano, vuelva a poner bajo su control todo el norte de África -tras conquistar el reino vándalo-, se apropie de una parte del Levante ibérico y recupere una importante franja de la península itálica.
La preminencia de Constantinopla, la centralidad del Mediterráneo, la permanencia del latín, lo reducido del contingente germánico, la continuidad de un ordenamiento jurídico de inspiración claramente romana o el carácter laico de la designación de los reyes de esas nuevas dinastías, llevan a Pirenne a subrayar la continuidad de la unidad mediterránea y de lo esencial de la cultura romana hasta la irrupción en Europa del Islam en el siglo VII, lo que implicaría, a su vez, continuidad en el orden económico y en el orden social.
Esa irrupción es, en cambio, la que marcaría el punto de fractura con lo anterior. En parte, porque supondría el fin de la unidad mediterránea, tras quedar el Mare Nostrum dividido, por un lado, en los territorios dominados por los árabes (todo el sur, desde la parte más oriental hasta la Península Ibérica), que reorientan sus coordenadas comerciales hacia Bagdad, y, por el otro, por una zona central y nororiental cristiana sometida a intensos conflictos. Y en parte, porque ese ascenso del poder árabe, no solo instaura un nuevo orden sino que impulsa la transformación del único reino superviviente de los formados en el siglo V, el reino franco, en un espacio de naturaleza distinta mientras se produce el ascenso de la dinastía carolingia, que culmina con la proclamación de Carlomagno como emperador en la Navidad del año 800.
De acuerdo con estos análisis que Pirenne expone detalladamente mediante una enumeración de diferentes hechos históricos, ha sido posible establecer -y así se ha ido estableciendo académicamente- ese primer periodo de entre 250 y 300 años tras la caída de Roma, que luego se ha denominado Antigüedad Tardía. Con el paso del tiempo se ha discutido mucho sobre buena parte de la exposición que el historiador hizo en su libro y a este hecho trascendental que fue la expansión islámica sobre Oriente Medio, el norte de África y Europa, se han añadido otros igualmente cruciales para la transformación de Europa durante este periodo y que darán forma a la edad media que después conoceremos: la evolución del papado, la irrupción de nuevos estados del este europeo en la historia de Europa, etc.
Pero Mahoma y Carlomagno aporta además el valor añadido de reflexionar sobre la naturaleza del poder político y los diferentes grados de profundidad con los que puede impactar a la sociedad, según cual sean sus características y circunstancias. También sobre la forma de ejercer el poder, la diplomacia y sobre la naturaleza de la autoridad, que es mucho más que los títulos sobre los que se ostentan. Igualmente enriquecedora es su visión del Estado como una estructura duradera, pese a que al frente del mismo se produzcan cambios de la magnitud de los vividos en Europa en el siglo V.
Porque, al fin y al cabo, el factor clave para el cambio no es ni ha sido nunca la identidad de quien ostenta la titularidad del poder, sino la voluntad de elevar un nuevo orden social, institucional o religioso, tal y como hizo el Islam en su periodo de expansión o tal y como intentó hacer Carlomagno, sin lograrlo de forma duradera, quién sin embargo acabaría alimentando las condiciones para el desarrollo de un nuevo orden, el orden feudal. Esos matices, que delimitan las posibilidades y capacidad de penetración del poder político, son importantes tanto en nuestra época, como en aquella.