Carlos Hidalgo
Mucho se está hablando estos días sobre lo sucedido con Íñigo Errejón, el que hasta ahora era el personaje preferido de toda esa izquierda burguesa que veía al PSOE como demasiado rodado e impuro y a los comunistas y a los de Podemos como demasiado toscos y poco civilizados. Errejón era el favorito de toda la izquierda que pela mandarinas con cuchillo de postre y siempre tenía un asiento reservado en las mesas de acomodados periodistas y opinadores de la progresía, a los que deslumbraba con su rapidez mental, su cara de niño bueno y sus frases llenas de subordinadas y esdrújulas.
Los que coincidimos en la facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid con ellos sabemos que, pese a sus buenas caras en público, tanto Iglesias como Errejón como Ramón Espinar, entraron en la vida adulta como machitos de asamblea y chulitos de pasillos de facultad, amparados por la impunidad que les confería ser los elegidos de los profesores Juan Carlos Monedero, Carolina Bescansa y el entonces vicedecano Heriberto Cairo, todos próximos entonces a Izquierda Unida. Daba igual lo que hicieran o cómo lo hicieran, allí estaba el benéfico Cairo para templar gaitas, desactivar crisis y encargarse de que la academia nunca tomase medidas, ya fuera reventar clases, insultar a alumnos o alumnas o intentar agredirles. Como solíamos comentar otros alumnos, si Errejón, Espinar o Iglesias te dieran un puñetazo por el pasillo, era más fácil que te echasen a ti que a ellos. Sigue leyendo