Arthur Mulligan
La huella de Sánchez. El régimen de 2018. Los años de la destrucción. José Antonio Zarzalejos. La esfera de los libros
Al siempre estimulante autor de Bilbao le seguíamos en las páginas de El Correo bajo el seudónimo de Vicente Copa y apreciábamos la lucidez de sus análisis aunque bajo el marchamo de un conservadurismo distante pero eficaz. Eran piezas breves a la vez que intensas e introducía autores de los que no habíamos oído hablar, como Raymond Aron, acostumbrados como estábamos a la centralidad del marxismo histórico y sus últimos representantes españoles, franceses e italianos.
Analítico y reflexivo, a duras penas se le puede calificar de hombre perteneciente a la facho esfera por su defensa de la convivencia democrática, el respeto mostrado en los debates hacia sus adversarios y la calidad de sus argumentos, recibiendo muchos galardones entre los que destaco su condecoración con la Orden de la Legión de Honor por el Gobierno francés.
Ya en la introducción y sin más preámbulos nos dice: «Concluya cuando concluya la gobernación de Sánchez, lo cierto es que sus mandatos ya han creado usos derogatorios esenciales de la Constitución de 1978 y han establecido las condiciones de un modelo de régimen personalista y arbitrario. Ha podido permanecer en el poder sin presentar los presupuestos generales del Estado; ha logrado mantenerse en la presidencia del gobierno sin mayoría parlamentaria; colonizado las instituciones y organismos públicos sin la más mínima resistencia del sistema; ha validado sus decisiones mediante la intervención de un órgano de garantías constitucionales infiltrado de colaboracionistas que, con una serie de sentencias estratégicas, ha alterado la naturaleza normativa de la Constitución; ha mentido impunemente al electorado, pactando para ser investido todo lo contrario de lo que le prometió cumplir y, entre otros muchos comportamientos jurídicas y políticamente impúdicos, a dinámico la exigencia de la responsabilidad política. Con todo ello, ha creado un capital de mores (costumbres) que dejan sin efecto los mandatos constitucionales, sustituyéndolos por medidas que se legitiman en los recursos dialécticos del populismo: el mayoritarismo y el decisionismo del líder.»
Tras un capítulo que recoge el ascenso al poder de Sánchez que concluye con el discurso de investidura en noviembre de 2023, en el que anunció su propósito de alzar un «muro» entre españoles, pasa a realizar un retrato de nuestro protagonista, pero no sin antes relatar la peripecia de un escalador, Alex Honnold, quien desafió todos los peligros en impresionantes ascensos. Sorprendidos médicos y científicos sometieron al deportista a un estudio neurológico, comprobando mediante imagen que la amígdala cerebral de ese chico no funcionaba porque la zona de acumulación de sensaciones de temor, miedo, angustia, no vibraba. La gran cuestión consiste en que quien no experimenta el miedo no debe superarlo, y, por lo tanto, no es valiente.
A Sánchez solo le delata una baja emocionalidad su expresión gestual y verbal.
José Luis Álvarez, sociólogo y docente en la escuela de negocios francesa INSEAD, formula una crítica sagaz: «A Sánchez no le cuesta emocionalmente la política, pero tampoco le proporciona placer: por su narcisismo, lo que le hace disfrutar es resistir… desmentir expectativas. No pertenece a las élites jurídicas o económicas. De hecho, no pertenece de origen a ninguna élite. Es un desclasado… que quiere ser más que el Presidente del Gobierno de España.»
Tiene alarmados a los cuadros del partido, y a más de media docena de ministros, también su estilo desleal con sus colaboradores que han pasado de la adhesión al miedo. Muchos de ellos, perdida la dignidad, quemados los barcos de su reputación y sin vuelta atrás, están pendientes de aparecer en esos recados a Ábalos, víctimas de la iracundia del presidente o de su prepotencia. Nadie está allá en la clave de Pedro, el admirable y renovador social demócrata, sino en la de Sánchez, avieso, vengativo, injurioso; unos atributos que se concibieron en la tabernaria expresión de su jabalí parlamentario y trol de choque, Oscar Puente: Sánchez sería “el puto amo”.
«El personaje, sin embargo, con discursos indigestos entrelazando lugares comunes y esa suerte de neolenguaje hueco que pretende transmitir sinceridad y empatía- nunca logrado – siempre ataviado en dos versiones: con trajes de corte “slim” de pata corta y estrecha y tonos azules, preferentemente, o con cazadoras y vaqueros en los mítines y recorridos informales. Muy pendiente de su esbeltez, come austeramente y hace ejercicio frecuente. Se cubre las canas sin estridencias de tintes azabaches y cuida el corte de su pelo, apenas sin patillas. El resultado no siempre es elegante, ni mucho menos prescriptor, y resulta ligeramente hortera no solo por la indumentaria, sino también por el añadido a tanto atildamiento de unos andares en los que adelanta las caderas al tiempo que el tronco se bambolea en el paseíllo. Y la sonrisa, de serie.
La imagen comparada del Pedro Sánchez de 2018 con la del Pedro Sánchez de la crisis del verano de 2025 presenta diferencias abismales, con un deterioro físico que transparenta una tensión interior en la que se intuye más rabia que autocontrol, más rencor que responsabilidad.»
Aparecen interesantes consideraciones sobre la desactivación de la coalición creando una superestructura en la presidencia del gobierno y añadiendo al titular anterior de presidencia y relaciones con las cortes competencias críticas en materia de justicia. De tal manera que en el mismo recinto de la Moncloa se produce una concentración de poder con una capacidad decisoria que anula la operatividad del Consejo de Ministros, haciendo de la coalición un trampantojo, un montaje, un escaparate para lucir la falsa diversidad de las izquierdas. Varios de los ministerios asignados no exigirían una categoría política y administrativa superior a una Secretaría de Estado, incluso, a una mera dirección General. El tamaño es casi obsceno y la falta de solidaridad de las decisiones del conjunto del Consejo de ministros deriva con alguna frecuencia en portavoces duplicadas y contradictorias, cuando no en abiertos disensos entre la ministra portavoz y otros colegas comparecientes tras las sesiones del gabinete. En ocasiones, primero en la coalición con Unidas Podemos, pero también después con Sumar se han emitido vídeos de respuesta al relato de los portavoces autorizados de la Moncloa. La falta de credibilidad de la coalición está en el origen del desplome electoral que predicen las encuestas a las formaciones a la izquierda del PSOE, que la vicepresidenta Yolanda Díaz no ha logrado aglutinar y que se fomenta sibilinamente desde el PSOE para lograr transferencias de votantes que sujeten su suelo electoral. Es reiterado el dato demoscópico según el cual los electores de partidos de extrema izquierda valoran más y mejor a Sánchez que a sus propios líderes -ocurría lo mismo con Rodríguez Zapatero-, tendencia que ha ido decayendo a partir del estallido de los casos de corrupción protagonizados por los exsecretarios de organización del PSOE.
La opción de un frente popular que reúna a toda la izquierda en unas futuras elecciones, con un acuerdo previo con los separatismos vasco y catalán para voltear el sistema constitucional, se barajaba ya en el verano de 2025 y no es una posibilidad descartada. Una agrupación de esa naturaleza -ya ensayada en las legislativas francesas celebradas en junio de 2024 y con precedentes en las europeas en España- con una propuesta constituyente debiera ser considerada probable y las circunstancias en las que se desarrolla la legislatura que se inició en el mes de julio de 2023. La debilidad de las siglas del PSOE podría sugerir a sus dirigentes en buscarse en un frente unitario de izquierdas, tal como ha propugnado el portavoz parlamentario de ERC, Gabriel Rufián.
Un capítulo dedicado a Sanchez y la prensa, se inicia con esta cita:
«Pedro Sánchez ha resultado no ser un dirigente cabal, sino un insensato sin escrúpulos que no duda en destruir el partido que con tanto desacierto ha dirigido antes que reconocer su enorme fracaso». Este juicio de valor, rotundo, era el contenido nuclear del editorial de EL PAIS del 1 de octubre de 2016 titulado «Salvar al PSOE».
Casi nueve años después, el 17 de marzo de 2025 el presidente de la sociedad editora de El País, el grupo PRISA, publicó en el periódico un artículo titulado «Mi compromiso con EL PAIS: libertad editorial e independencia». El texto también tenía una idea fuerza como el editorial de 2016:
(…) «Sería inaceptable que, cuando estamos recordando que hace ya 50 años murió el dictador Francisco Franco, alguien cayera en la tentación de tratar de adueñarse de un medio de comunicación independiente desde el poder, bien directamente, bien utilizando alguna empresa estatal como instrumento.»
El editorial anterior se llevó por delante al director de El País, Antonio Caño, en junio de 2018, cuando el socialista se hizo con la presidencia del gobierno mediante la exitosa moción de censura contra Mariano Rajoy. Luego fue despedido de la empresa en junio de 2021. Venganza a plazos. Inmediatamente antes de la publicación del artículo de Oughourlian, en febrero de 2025, el Consejo de administración del grupo editorial había cesado al consejero delegado de PRISA media, responsables del diario y de la Cadena SER, Carlos Núñez, y al director de contenidos, José Miguel Contreras. Y en junio de 2025 el editor franco armenio destituyó a la directora del diario que lo era desde 2021, Pepa Bueno, y la de contenidos de la Cadena SER, Montserrat Domínguez.
Este capítulo, a mi juicio, es uno de los más interesantes, dada la personalidad de los autores citados y los posicionamientos en las distintas etapas del diario.
Zarzalejos defiende al diario EL PAIS en su función organizadora de la opinión de las izquierdas moderadas desde la transición y denuncia una vez más al verdadero propietario de la máquina del fango, quién mediante el “efecto desaliento” obstaculiza el ejercicio de las libertades civiles mediante sugerencias coercitivas de diferente género: dictar leyes restrictivas que luego nunca se promulgan; avisar sobre controles a los medios; ingerirse en los sistemas de medición de audiencias; amenazar con acciones judiciales abusivas que no se interpone o que se interpone y se retiran; distribución arbitraria de la publicidad institucional y de los patrocinios públicos; discriminación en la asignación de subvenciones para la digitalización y en fin, potenciación de los medios públicos de comunicación-radio y televisión-a costa, bien de drenar el mercado publicitario, bien mediante el engrosamiento de las partidas presupuestarias para financiarlos. Trumpismo y Sanchismo no son lo mismo, pero se parecen demasiado, concluye el periodista.
El libro finaliza con un capítulo notable que trata de la mentira como corrupción y comienza por la despedida de la actividad política de Iñigo Errejón:
«Yo, tras un ciclo político intenso y acelerado, he llegado al límite de la contradicción entre el personaje y la persona. Entre una forma de vida neoliberal y ser portavoz de una formación que defiende un mundo nuevo, más justo y humano. La lucha ideológica es también una lucha por construir formas de vida y relaciones mejores, más cuidadosas, más solidarias y, por tanto, más libres. No se le puede pedir a la gente que vote distinto de cómo se comporta en su vida cotidiana.»
«Abría de este modo una perspectiva diferente para observar la falsedad de los códigos éticos de una izquierda progresista que, con ademanes inquisitoriales -la cancelación-, implantaba en nuestro país un doctrinarismo riguroso pero falsario. Porque, en el mientras tanto, hombres del núcleo duro del presidente del gobierno compraban sexo con fondos públicos, cambiaban de amiga como si de un mueble se tratara, las colocaban en empresas públicas en falsos puestos de trabajo y se expresaban al modo más tabernario de los puteros consumados y procaces. Y, sí, la banda sospechaba. Pero callaba. ¿Qué importancia podía tener en esas circunstancias extender la mentira como hábito, la mendacidad como método y la simulación como excusa en todos los ámbitos, incluidos el político, el electoral y el institucional? Ninguna.
Por eso, al mismo tiempo que el mar punitivo para la incorrección política se incrementaba, se ha introducía la latitud sancionadora para los delitos contra los valores constitucionales, primero con indultos y con amnistía, se suprimían tipos penales que amparaban bienes jurídicos intangibles, se suavizaban las penas por ilícitos como la malversación, se desactivaba la protección de las instituciones del Estado -la Corona entre ellas-, se establecía una praxis política en la que los golpistas y los terroristas formaban parte de la dirección estratégica del Estado y, en definitiva, la verdad se convertía en una opinión, mientras que la mentira dejaba de serlo para transformarse en un cambio de criterio».
«Al Partido Popular en 2004, la mentira sobre el 11-M le costó la pérdida del poder. En la segunda legislatura de Rodríguez Zapatero, la mentira sobre la crisis económica arruinó al PSOE. Será la mentira -la suya, pero también la de su familia- la que le arroje del poder a Sánchez, la que propiciará su descredito en el relato de la historia reciente y el bochorno ético a los que palmearon su mendacidad.»
«Presidente, ¿por qué nos ha mentido tanto? Pregunto Carlos Alsina a Pedro Sánchez en Onda Cero. La respuesta fue: «No he mentido, he cambiado de opinión»
El libro termina con esta consideración:
«Pedro Sánchez ideó la destrucción del sistema constitucional para sustituirlo por su autocracia. Desde siempre no ha habido en la política peor corrupción que la mentira. Esa campeona del pensamiento filosófico y escrutadora del totalitarismo llamada Hannah Arendt dedicó uno de sus mejores ensayos a la mentira en la política y nos pegó la esperanza de que la verdad es irreemplazable por más que tarde en imponerse. En España llevamos ya casi una década esperándola».