A verlas venir
El apagón de Barcelona no diré que es propio del tercer mundo porque a más de despropósito me parece crueldad, en los países donde los niños se mueren de hambre maldita necesidad tienen de electricidad para ver la tele o meter en el frigorífico alimentos de los que carecen. Diré, suavemente, que el apagón de marras es propio de políticos a quienes el bien público les trae sin cuidado y de empresarios usureros a quienes solo les interesa el beneficio fácil, ¿quién dijo que la empresa privada funcionaba mejor? Sí, para los accionistas. Lo grave y desesperante no es sólo que se produzca un percance de tal envergadura como el apagón, sino la reiteración en la chapuza y en la indolencia para remediarla y en ese afán en eludir responsabilidades y pasárselas a otros y maricón el último. Me es inevitable un recuerdo a modo de homenaje: ¡Oh, la demosténica y neurasténica y despótica Magadalena Álvarez!, ¿qué pacto de sangre habrá firmado Zapatero con ella pa sostenella y no enmendalla y no echalla y mandalla a la caralla a esa borralla de ministralla, vaya quincalla? Los designios de los políticos son ciertamente inescrutables, pero de Navarra a esta parte los de Zapatero son suicidas. Viene este introito a cuenta de lo que está pasando con Telefónica, lo que me ha pasado.
Un apagón generalizado es muy significativo, afecta a una zona muy concreta de ciudadanos y, por tanto, fácilmente contabilizables y propicios para lógicamente cabreados y amontonados recurrir a la protesta colectiva, a la cacerolada, a detener el tráfico rodado y hasta a tumbarse ante los tanques de Tianamén. ¿Pero qué sucede cuando te quedas sin teléfono, tú, pobre de ti, una gota de agua en la inmensidad del océano aliertano? Si me echo a la calle a tocar el tambor de hojalata de Günter que Calleja quiere meter en le cárcel, o a interpretar una cacerolada no sólo nadie me haría caso, sino que el vecindario se molestaría por los ruidos, me tiraría cubos de agua, huevos podridos, bombas fétidas, cócteles molotov, granadas de mano, ni sé, y el pérfido House me cazaría a lazo para internarme en un frenopático.