Frans van den Broek
Fernando miró a su alrededor, de súbito presa de un sentimiento de vago desconsuelo. El no podÃa imaginarse lo que habÃa sido la vida de Rafiri, sólo sabÃa de ella los hechos externos, algunos de sus comentarios al respecto. ¿Quizá este desconsuelo era común a los hombres y los hermanaba? En cualquier caso, la intensidad con que lo habrÃa sentido Rafiri tampoco le era imaginable de verdad, pues al lado de la de Rafiri su vida, por más que se quejara, era un paseo dominical por el Malecón de Miraflores en una tarde de sol y fresca brisa marina.Â
Repasó alguno de los hechos de la vida de Rafiri en su mente, hechos que habÃa reconstruido de las conversaciones algo atolondradas con él, mientras una colega se levantaba de su escritorio y buscaba conversación con la colega de al lado sobre algún tema trivial. Nacido en Kabul, cuando la ciudad era hermosa y floreciente, y el paÃs gozaba de paz y cierta democracia en una familia acomodada, Rafiri habÃa podido asistir a buenos colegios y a la universidad, graduándose de ingeniero electrónico. Su padre habÃa tenido admiración por el pensamiento progresista de occidente y habÃa sido un intelectual con tendencias izquierdistas moderadas. Quizá por esta razón el padre mandó a Rafiri a Moscú a perfeccionar su carrera. En cierto momento, sin embargo, habÃa sido reclutado por el servicio de inteligencia afghano, ya tras la llegada del régimen comunista, y sus estudios tomaron en Moscú otra dirección, ligada al servicio. ¿Cuándo y cómo habÃa decidido dedicar su vida a defender la causa del socialismo internacional de esa manera? De sus palabras pudo Fernando deducir que habÃa sido entrenado por la KGB y que luego de unos años habÃa vuelto a Afghanistán y ocupado un puesto en el ministerio del interior. ¿Qué habrÃa hecho exactamente, cuál habrÃa sido su función real? De nuevo, a Fernando no le habÃa dicho nada claro, sólo insinuado cosas, soltado frases medio incoherentes.