Juanjo Caceres
A menos de dos semanas de la proclamación de Trump como nuevo presidente estadounidense, amplios sectores de todo el mundo asisten con inquietud a las declaraciones del líder de la primera potencia mundial del planeta. Oír referirse a la ampliación de su territorio hacia Groenlandia o insinuar la necesidad de integrar Canadá en la Unión, resulta más propio de un liderazgo político de los años 1930 que de la actualidad. Pero ahora que ya no falta tanto para cumplir el centenario de aquellos momentos en que el mundo empezó a avanzar con fuerza hacia la catástrofe, vemos con claridad cómo se atenúan las barreras culturales y mentales que han limitado lo que se podía decir desde un cargo de tanta responsabilidad, impidiendo que palabras que evocan una anexión no fueran pronunciadas desde un cargo democrático.
Cuando se escuchan los alucinantes mensajes de Donald Trump, es inevitable que haya gente que se preocupe y que sospeche que la sombra de la guerra y de la catástrofe planea de nuevo sobre nosotros, pero lo cierto es que esa sombra nunca nos ha abandonado. Y no solamente porque esas palabras coinciden con el ruido de las balas que se disparan en conflictos como los de Ucrania y Palestina, sino también porque en la última centuria hemos vivido varias situaciones de crisis lo bastante profundas como para que las cosas se salieran de madre. De este modo, no ha sido tanto por la autocontención como por el devenir caprichoso de los acontecimientos, que las armas atómicas se han estado quietas. Varias veces se lanzó la moneda al aire y tuvimos la suerte de que saliera cara. Pero cuando a una crisis la denominamos “crisis de los misiles”, es porque algo muy destructivo pudo llegar a suceder. Sigue leyendo