Juanjo Cáceres
«Se podrían votar entre ellos», piensa un aragonés desde su terraza, a la media tarde del domingo. Mientras observa cómo la gente se dirige con ritmo y frecuencia desigual a ese colegio electoral, que durante la mayor parte del tiempo es una simple escuela, se dice una y otra vez: «Total para qué».
«Total para qué», grita sin darse cuenta, y de repente una voz le responde desde el piso de arriba: «¡Para que no nos gobierne la derecha, atontado!». «Atontado lo serás tú, payaso», responde enérgicamente, tras comprobar que se trata de su vecino Eleuterio, viejo militante que siempre se vio a sí mismo como la conciencia crítica de la sociedad. Y no es que el aragonés no sienta y sufra los desatinos de quienes gobiernan; lo que ocurre es que recuerda perfectamente que siempre ha sido así. De ahí que se haya acabado convenciendo de que votar no sirve de nada y que, como resultado, no solo haya dejado de acudir a las urnas, sino que también le moleste que la gente participe de la cita electoral.
Al cabo de un rato le asalta la sorpresa, tras escuchar en la radio que, a la espera del cierre de los colegios electorales, la participación parece subir levemente. «Aún hay quien cree que los ritos son importantes», murmura sin entender el porqué. Él nunca fue muy creyente; de hecho, se casó por la iglesia por la presión familiar, sobre todo de la que sería su futura suegra. «¿Por qué debería creer ahora en algo aún más difícil de demostrar que la existencia de Dios, como la utilidad del voto?», se dice a sí mismo.
En su fuero interno no se siente del todo bien, porque sabe que renunciar al voto es renunciar a empujar las cosas en una dirección en lugar de otra. Pero también sabe de su escaso valor, que se trata de una gota en medio del océano y que no cambia nada. «Si todos fueran como tú, apañados estaríamos», exclama la voz de antes, a la que no responde con la voz sino con el pensamiento: «No estaríamos, sino estamos».
No es menos revolucionario este aragonés que Eleuterio, o al menos eso cree, pero está convencido de que la auténtica rebelión no pasa ya por levantar la voz, sino por elevar el silencio. Desde el convencimiento de que gritando solo conseguía quedarse afónico, un día este aragonés se cansó de darse mus, decidió no seguir jugando y prefirió romper la baraja. A partir de ese momento dejó de pensar en él y empezó a pensar en el comportamiento de los demás, descubriendo que lo que hacen o dejan de hacer, es mucho más azaroso de lo que antes había imaginado. «¿Cómo entender, si no, que un día gobierne el uno y otro día, el otro, o que las papeletas se desplacen tan fácilmente de una opción a otra? Porque el tiempo que en general se dedica a elegir es poco y aquel que le dedica mucho, se da cuenta enseguida de qué va todo esto. O de que no va.»
Sin esperar el escrutinio, el aragonés se marcha a dormir y ya no se levanta hasta la mañana siguiente, cuando sin moverse de la cama, accede a la aplicación del Heraldo de Aragón para consultar los resultados: «Lo que todo el mundo imaginaba, pero ha hecho falta movilizar a todo el mundo para que un grupo de gente que se siente muy importante obtenga su foto electoral». Sale de casa y se cruza con Eleuterio, quien le lanza una mirada incriminatoria pero silenciosa, porque en las distancias cortas mengua la bravura. Se dirige después a la calle para comprobar que tras otro domingo extraño, todo vuelve a ser normal al día siguiente, como si nada hubiera pasado.
Y, en efecto, todo vuelve a ser igual. Los niños regresan al colegio y los padres se marchan a trabajar. En la entrada del Centro de Atención Primaria una larga cola augura que las visitas tardarán en atenderse y que tal vez alguna persona deba volver otro día. El ruido en las calles por momentos resulta ensordecedor y el ambiente nublado eleva la sensación de suciedad del aire. En el supermercado recibe el saludo del hombre sin techo, al que gentilmente entrega unas monedas. Algo más tarde regresa a casa, donde descubre, tras encender la televisión, que el aumento de su pensión sigue en el aire, aun cautivo del tacticismo parlamentario.
«Si se atreven a jugar con aquello de lo que comemos, ¿de qué más no serán capaces?», se pregunta mientras intenta recordar cuando fue la última vez que alguien le ofreció una esperanza creíble. La respuesta se hace esperar y cuando la noche cae de nuevo, concluye: «Da igual. ¿Qué prisa hay por recordar lo que ya no puede volver a suceder, no porque sea imposible, sino porque ya hemos dejado de creer?».