Carlos Hidalgo
Nuestro antiguo compañero de blog, Ignacio Urquizu, publicó hace poco en El País un artículo de opinión titulado “En defensa de Felipe [González]”. En él, el autor hace un merecido elogio repasando los logros políticos del expresidente del Gobierno y defiende su derecho a discrepar cuando se habla del actual rumbo del PSOE y del Gobierno de España.
No puedo sino estar de acuerdo con esas cosas: es verdad que con González España salió del segundo mundo para entrar en el primero. Y es verdad que, en el PSOE, como en cualquier otro partido democrático, ha de haber lugar a la discrepancia.
Pero es que hay una trampa y es que Felipe González no se ha limitado a discrepar, sino que ha anunciado públicamente que no va a votar al PSOE, el partido que él transformó y del que aún es parte, concretamente de la agrupación socialista de Moratalaz. Y eso no es discrepancia, eso es directa y consciente deslealtad. Y Felipe lo sabe, porque los propios estatutos del partido sancionan esa conducta desde antes de que él fuera secretario general hasta ahora. En general, todos los estatutos de los partidos políticos sancionan hacer declaraciones en las que no se pide el voto para ellos o se pide en blanco o para otras formaciones políticas. Todos, sin excepciones.
Y Felipe González conoce bien como en “su” PSOE Alfonso Guerra gobernaba con mano de hierro y, sí, había discrepancia, pero la deslealtad se castigaba con dureza. Se puede y se debe discrepar de la dirección de Pedro Sánchez, se puede y se debe abogar por cambios en el actual PSOE, pero lo que no se puede, siendo miembro de un partido, es negarle el voto al mismo en público. Porque al hacerlo no estás menospreciando a Pedro Sánchez, estás menospreciando a una organización y a una militancia que fueron leales al PSOE que hizo la dolorosa reconversión industrial, que legalizó los contratos temporales y a las empresas de trabajo temporal, que también asistió a los entendimientos de Felipe con las derechas vasca y catalanas, que vio cómo se abrazaba a Vera y a Barrionuevo al entrar en la cárcel por el caso GAL, que asistió a la ruptura con UGT y que apretó los dientes mientras el PSOE sufría los casos de corrupción de gentes como Mariano Rubio, tan de la “beautiful people” a la que González empezó a preferir entonces, por encima de las gentes trabajadoras que militaban en su organización.
Cuando Felipe González se acercaba a los 12 años de gobierno vio cómo medios, empresarios y el PP de Aznar estaban más que dispuestos a poner en riesgo la estabilidad del Estado y a saltarse todos los consensos, como el consenso antiterrorista, para echarle del poder a toda costa. Y en aquel momento González pedía responsabilidad y lealtad a las bases y cuadros del Partido Socialista. Entiendo que él no conciba que un expresidente o ex secretario general socialista le hubiera hecho lo mismo a él, porque los presidentes del gobierno estaban muertos, como Negrín y los ex secretarios generales estaban muertos, como Ramón Lamoneda, o expulsados, como Rodolfo Llopis.
Felipe González más que nadie debería de distinguir entre dañar a Pedro Sánchez o dañar al PSOE. Y él, más que nadie debería defender que no vale arrasar con todo para atacar a un solo hombre.
Puede que Felipe no lo vea o no lo quiera ver, pero Pedro Sánchez pasará, como él mismo pasó, pero el PSOE debería continuar. Por el bien de España. Y él en eso no ayuda.
Hace tiempo que González solo habla de sí mismo vaya a donde vaya. Y, sí, tiene méritos para hacerlo, pero no debería olvidarse nunca de la organización y de las personas que le ayudaron a ser quien fue y quien aún hoy es. Esa organización y esas personas no merecen ni la soberbia, ni la deslealtad, ni el ataque de alguien que debería recordar que les debe todo.