Juanjo Cáceres
“Necesitamos algo de esto”, reflexiona Álvaro tras escuchar la última tertulia de la Cadena Ser, donde han revisado las últimas acciones de Gabriel Rufián y los partidos de izquierda para armar un frente electoral que participe en las próximas elecciones generales. “Algo de esto, ¿pero qué?”, se pregunta desconcertado.
Se dirige a la cama desde donde realiza el pago del alquiler del próximo mes, siempre con la misma idea en la cabeza: “¿Cuánto tardará esta cifra en escalar exageradamente? ¿Cuándo llegará la notificación de finalización de contrato”. Una idea persistente que le golpea a menudo, sobre todo en aquellas noches en que no duerme bien y en que todo tipo de pensamientos inundan su mente sin orden ni concierto. A veces es la radio la que penetra en su cabeza: “Es que, si aquí no nos ponemos de acuerdo, nos van a matar por separado”, escucha decir a Rufián. “¿Matarnos? ¿Quién nos quiere matar?”, grita, sobresaltado.
El miedo que le produce su vulnerabilidad se acrecienta con el miedo que le transmite las voces que dicen hablar en nombre de la izquierda española. “¿Desde cuándo la política habla en términos de exterminio?”, se pregunta incómodamente. No logra entender su sentido. No logra distinguir si se trata de una amenaza real o simplemente de un giro discursivo cuya única finalidad es generar reacciones. No consigue evaluar si esa alerta permanente resulta movilizadora o, por el contrario, consolida dinámicas anestesiantes. Tras meditarlo un instante acechan a sus sentidos otras palabras de Rufián: “Lo que viene ahora no es lo de siempre”. Álvaro le da mentalmente la réplica: “¿Debemos temer por nuestra vida o lo que en realidad peligra es alguna forma de bienestar que ahora mismo, para muchos de nosotros, tampoco existe?”.
Le viene también un recuerdo sobre todo aquello que le decía su antiguo profesor de antropología: “Cuidado con las profecías autocumplidas, porque invocar miedos sin tener un plan claro, solo hace más probable que ocurra lo que se anuncia”. De aquel título cursado entre bares y manifestaciones contra el Plan Bolonia obtuvo muchas herramientas que le ayudaron después a comprender la realidad. “Si además me hubieran servido para acceder a un buen empleo, hubiera sido perfecto”, reflexiona brevemente con una palpable sensación de fracaso. Una sensación que siempre le ha acompañado, porque con el paso de los años, se cumplieron las advertencias que le hicieron: nula inserción laboral y precariedad para toda la vida.
Incapaz de conciliar el sueño de nuevo se levanta y mira por la ventana, donde golpea una fuerte lluvia, acompañada de viento. La intensidad con la que cae parece querer eliminar todo rastro de lo que había en la calle. Recuerda que no muy lejos de allí acampó el 15-M: “¿Qué diablos fue de todo aquello? ¿Dónde están ahora las masas del “no nos representan?”. Sin una respuesta que darse a sí mismo, Álvaro retoma el hilo de sus pensamientos y se le ocurre una metáfora con los mensajes que ha ido escuchando estos días: “Aquí llueve sobre mojado”. Y es que las palabras, seguramente, no resultan novedosas, pero de lo que no tiene duda alguna es de que ni siquiera suenan a nuevas.
Desmarcándose de los que aseguran que los partidos de izquierdas llevaban mucho tiempo ensimismados, él tiene la sensación de que todo este runrún sobre la unidad es algo que se lleva escuchando al menos tres años de forma continuada y que precisamente la manera como hoy se habla de ello es la prueba de ese ensimismamiento. Los titulares y las declaraciones que reflejan cómo unos y otros se han tirado los trastos a la cabeza, y cómo unos y otros se han despreciado mutuamente, siguen allí, presentes. Basta teclear algunos nombres para que reaparezcan las hemerotecas a modo de acusación silenciosa. Unas hemerotecas presentes en el recuerdo de los que asisten con sensación de agotamiento a esta nueva ronda de reiterativas reflexiones, sobre la forma concreta y específica como hay que acudir a unas elecciones para impedir la formación de un nuevo gobierno en 2027.
Un agotamiento, además, que Álvaro considera evidente y constatable: “¿Qué novedad pueden aportar Rufián, Podemos, Sumar, la vieja Izquierda Unida y las fuerzas periféricas más de una década después de aquellas elecciones de 2015 que lo cambiaron todo y tras ocho años de apoyo continuado e inequívoco al PSOE de Pedro Sánchez?”, medita, reviviendo esa larga etapa. “¿Quién de todos ellos es alguien acabado de llegar? ¿Quién no ha participado abundantemente de la desunión y de la incapacidad de empujar el gobierno en una dirección que reforzara la confianza en las políticas progresistas, mientras lo defendían todo a capa y espada?” De nuevo en la Ser, emerge la voz de Enric Juliana, señalando a modo de paradoja: “El hombre de las 155 monedas de plata es ahora el federalista de la izquierda española”.
“¿Cuándo empezó todo esto? ¿Cuándo nos volvimos tan aburridos y prescindibles?”, masculla Álvaro mientras se pone la chaqueta para ir a trabajar. Pensando que él siempre estuvo allí, pendiente, expectante, comprende que es igualmente parte del problema. Que aunque ellos solo se contemplan a sí mismos, cuando él se mira al espejo este también le devuelve siempre un reflejo parecido. Quizás porque no hay ya mucho sobre lo que innovar. O porque simplemente se ha llegado a la conclusión de que ya estaba todo inventado y nos hemos puesto un techo de cristal antes de hora.
De tanto observar siempre lo mismo, empieza a darse cuenta de que se le ha escapado lo más importante: que lo que seguramente imagina como una crisis temporal, es una quiebra en toda regla de propósito y de utilidad: “Ante eso no hay frente electoral que haga milagros”. Llegado a ese punto le inunda un lacónico pensamiento, a modo de conclusión: “Al final, todos manamos de la misma fuente”, y abandona el que todavía es su hogar con un fuerte portazo.