Juanjo Cáceres
Si cuando una persona poco conocida más allá de su entorno privado muere, debemos elegir bien quién le dedica unas líneas y qué decir al respecto. Cuando se trata de un personaje que ha basado su existencia pública en la escritura periodística, lo que se impone es hablar de lo que representó para nosotros, sus lectores, para quienes analizábamos sus artículos semanales en una época en que su agudeza se imponía a la versión dominante de la realidad y para quienes leíamos sus libros más relevantes. Porque Gregorio Morán no solo fue un redactor compulsivo con un gran talento literario, sino un narrador disruptivo: alguien con la extraña cualidad de desenmascarar relatos y desarrollar el suyo propio ante quien quisiera leerlo.
“Sabatinas intempestivas”, el nombre que recibió durante décadas su sección semanal de los sábados en La Vanguardia, son dos palabras que el viento se llevó hace algunos años, pero durante mucho tiempo fueron una de las grandes ventanas desde las que contemplar la realidad. Identificamos el periodo democrático como un momento de recuperación de las libertades, pero la libertad de expresión en los medios de comunicación y la necesaria ausencia de autocensura que debe acompañarla no es algo que podamos siempre dar por hecho. Su mayor enemigo no son los propietarios de los medios, las autoridades que deciden las líneas editoriales o los poderes fácticos, sino, sobre todo, los grandes relatos existentes, aquellos que se sirven a la opinión pública como verdades reveladas.
Gregorio Morán se enfrentó a cara descubierta a dos de los mayores relatos que han existido en España y en Cataluña en ese mismo periodo: el de la transición modélica y el del paraíso pujolista. Y no cuando ambos se encontraban ya en declive y se sustentaban tan solo de la respiración asistida que le prestaban aquellos más interesados en que siguieran presentes, sino cuando eran verdades incuestionables y sujetas a castigo de no respetarse, ya que sus guardianes ostentaban el poder y lo ejercían sin complejos. Había que tener una determinación poco común para sostener, en un medio liderado por un Conde, una narrativa que cuestionaba semanalmente los mitos inabordables, que no se molestaba en conciliar posturas con el gusto de gobiernos centrales o autonómicos y que resultaba tremendamente incómoda. Y sus lectores sabíamos que la suya era una voz diferente y que, como la de otros que ya no están, valía la pena seguirla semana tras semana.
En entornos polarizados como los de la política o los medios españoles, hacer la crítica hacia un lado te encasillaba directamente en el opuesto, pero Morán era inclasificable y muy ajeno al compadreo. Su carácter, sus preferencias y su lúcida visión de la clase política determinaron los términos en que se manifestó siempre. Lo hacía, además, de forma implacable, un adjetivo que frecuentemente utilizó para referirse a otros. Su escritura sin concesiones, a menudo vehemente, tenía como resultado generar diferentes formas de rechazo, tanto de los que criticaba directamente -que fueron muchos y de todo signo-, como de los que tampoco compartían su exigente patrón.
El oficio de periodista y la pasión por la escritura pueden llevar mucho más allá de artículos y columnas, y Morán fue un claro ejemplo de ello. En su diversidad de obras publicadas, destacan tres ejes temáticos: Adolfo Suárez y la Transición, el Partido Comunista de España y el conflicto vasco. Del primero nació la obra que lo encumbró, la biografía no autorizada dedicada a Adolfo Suárez, Adolfo Suárez: historia de una ambición de 1979, reformulada y republicada después, en 2009, bajo el título de Adolfo Suárez: Ambición y destino. Una obra magna que retrata al todavía presidente del Gobierno como nadie antes y pocos después, situando bajo los focos al principal gestor de la transición. En ella exhibe buena parte de las inconsistencias y zonas oscuras de esa etapa, que profundizará después en sus artículos y otras obras (por ejemplo, en El precio de la transición).
Sobre el Partido Comunista de España hay un único trabajo, pero vale por mil: Miseria y grandeza del Partido Comunista de España 1939-1985. Una narrativa inclemente sobre la evolución de la formación durante el franquismo, con el foco puesto, sobre todo, en otro de los grandes protagonistas de la transición, Santiago Carrillo, pero sin renunciar a recordar a personas que, sin este libro, habrían caído hace mucho en el olvido y a describir con detalle la vida en una clandestinidad en la que se jugaban literalmente la vida.
Y el tercer eje tiene como referencia otro trabajo a tener en cuenta: Los españoles que dejaron de serlo: Euskadi, 1937-1981, un libro que en su versión original o en su versión reformulada en 2003 (Los españoles que dejaron de serlo: cómo y por qué Euskadi se ha convertido en la gran herida histórica de España) debe leerse sin perder de vista el momento originario de su publicación.
Su obra va algo más allá, con otros libros relevantes como El cura y los mandarines, publicado finalmente en 2014 tras muchas vicisitudes y que dedicó a la vida cultural en el franquismo y a sus adalides. También merece mencionarse Felipe González. El jugador de billar (2023), su último trabajo, donde aun encontramos a un Morán que habla de su época de plenitud y su habilidosa narrativa, pero que se encuentra lejos en cuanto contenidos, densidad, poder desmitificador y contrapuntos de sus principales trabajos.
Tras pasar los últimos años establecido en un plano periodístico secundario (Vozpopuli), donde los análisis ya no eran tan agudos y en el que el paso del tiempo manifestaba su huella, tanto en su perspectiva política como en su nivel literario, Morán fallecía súbitamente por las complicaciones derivadas de un aneurisma. Nos dejaba así, casi en silencio, un autor que supo ser incómodo sin ser banal y crítico sin cálculo oportunista. Los elogios a su trabajo, la evocación de su carácter -calificado de indomable e inclasificable- y el recuerdo de sus polémicas no han estado ausentes tras su fallecimiento. Pero lo importante, lo imprescindible, es decir con claridad que su obra deja pocas dudas de que fue uno de los grandes cronistas de su tiempo y uno de los que mejores puentes trazó entre periodismo y literatura. Y lo logró a su manera. Siempre a su manera.