Frans van den Broek
Entre la novela de caballerías y la novela de vaqueros media, como diría Foucault, una episteme o más de una, para ser exactos. Ya el Quijote atestigua el cambio desde una visión ideal y platónica a una visión llena de polvo, absurdo e ironía, que es lo que pasa cuando la mirada se vuelca del cielo al humus existencial del ser humano. Varias revoluciones más tarde, cuando Los Estados Unidos de América tienen que hacerse de una identidad y de una justificación -que son a menudo lo mismo- la novela de vaqueros aparece como uno de los medios expresivos más aptos para reflejar el tenor íntimo e ilusorio de la colonización y la independencia -de los blancos con relación a otros blancos, pues los indios jamás la conocieron-, la contraparte narrativa de los padres fundadores y el Mayflower. Si éstos se amparan en la gracia divina y el puritanismo, los vaqueros apelan a la sustancia más cruda del individualismo, allende el imperio de las leyes y los resquemores de la conciencia, aunque aureolados en trazas de heroísmo secular. A lo largo de su historia, no obstante, el género se ha nutrido, sabiéndolo o no, de sus orígenes y ha vuelto la mirada a los arquetipos y las ideas, bien en forma o en contenido, como exploración ética o fábula metafísica, y la novela que comentaré a continuación pertenece en cierta medida a este tipo, si bien de una manera peculiar.