De pistoleros sin causa

Frans van den Broek

Entre la novela de caballerías y la novela de vaqueros media, como diría Foucault, una episteme o más de una, para ser exactos. Ya el Quijote atestigua el cambio desde una visión ideal y platónica a una visión llena de polvo, absurdo e ironía, que es lo que pasa cuando la mirada se vuelca del cielo al humus existencial del ser humano. Varias revoluciones más tarde, cuando Los Estados Unidos de América tienen que hacerse de una identidad y de una justificación -que son a menudo lo mismo- la novela de vaqueros aparece como uno de los medios expresivos más aptos para reflejar el tenor íntimo e ilusorio de la colonización y la independencia -de los blancos con relación a otros blancos, pues los indios jamás la conocieron-, la contraparte narrativa de los padres fundadores y el Mayflower. Si éstos se amparan en la gracia divina y el puritanismo, los vaqueros apelan a la sustancia más cruda del individualismo, allende el imperio de las leyes y los resquemores de la conciencia, aunque aureolados en trazas de heroísmo secular. A lo largo de su historia, no obstante, el género se ha nutrido, sabiéndolo o no, de sus orígenes y ha vuelto la mirada a los arquetipos y las ideas, bien en forma o en contenido, como exploración ética o fábula metafísica, y la novela que comentaré a continuación pertenece en cierta medida a este tipo, si bien de una manera peculiar.

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De la humildad y otros vicios

Frans van den Broek 

¿Desde cuándo se convirtió la humildad en un defecto y la vanidad en requerimiento esencial de buena vida? ¿Es una consecuencia de la secularización, de la cultura de las celebridades, del largo período de prosperidad que han experimentado las sociedades que influyen con más aplomo en nuestras costumbres modernas? ¿De todo lo anterior más muchas otras cosas que o desconocemos o sería largo mencionar? Francamente, no lo sé. Sospecho, no obstante, que nuestra sociedad pierde mucho al relegar a la humildad al cajón de los trastos en desuso. Y más aun al colocar a la vanidad en el pedestal sagrado que parecemos haberle designado.

 Es fácil, sin embargo, malinterpretar estos términos -humildad, vanidad- y atribuirles significados dispares y contradictorios, lo cual es parte del problema. Con justificada satisfacción nos hemos deshecho de aquella interpretación de la humildad que la ponía al servicio de los intereses de patrones e iglesias, como obediencia ciega y actitud humillada. Cada quien tendrá su propia experiencia de este sentido debilitante de la humildad, pero a mí me tocó verlo expresado de la manera más tangible en el comportamiento que se esperaba de los indios en el Perú en que tuve que crecer para mi bien y para mi mal. La humildad no significaba entonces sólo reconocer la primacía de un ser absoluto, sino humillarse ante los retentores del poder, seglares o clericales, casi siempre de raza blanca. Esta humildad -y otros sentidos de la misma, quepa decirlo- los retrató de modo magistral José María Arguedas en sus novelas y cuentos, para denunciarlo y exorcizarlo, describiendo la situación feudal de la provincia peruana expoliada y olvidada. Ante esta situación, ¿cómo no agradecer las páginas de Nietzsche que hacen del cristianismo una religión de esclavos que sustrae a la vida su sustancia más íntima, la afirmación de la corporalidad, la necesidad de creación y de autonomía? ¿Cómo no ponderar necesarias las páginas de Marx o de Mariátegui, las diatribas de Cioran, los insultos de la vanguardia? Si la moralidad convencional hacía de la humildad una actitud de borregos, bien se hizo al rechazarla y rescatar la afirmación individual y la auto-estima.

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Palabras que se cuelan

Frans van den Broek

De cuando en cuando el lenguaje científico le da oportunidad al lego de ampliar su vocabulario y, con suerte, de parecer inteligente o al menos informado, en un proceso que involucra a los medios de comunicación en no poca medida, pero también al propio mundo académico y al estamento intelectual en su conjunto. Este fenómeno es natural y no tiene por qué lamentarse, si no fuera porque suele también resultar en degeneraciones semánticas (¿nota el lector a lo que me refiero? Hasta llegado el siglo veinte a nadie se le hubiera ocurrido utilizar la palabra “semántico” de manera tan comodona) o en simples caricaturas que más confunden que aclaran. Que una palabra se añada a nuestro acerbo léxico tiene que agradecerse, si es que contribuye a una mejor precisión expresiva y conceptual, pero lo contrario es más bien el caso. Veamos un par de ejemplos de ello, convocados más o menos al azar. Debo indicar que no me circunscribo a la lengua castellana tan solo, pues si este fenómeno está presente en nuestro idioma, lo está de manera aún más curiosa en el de la pérfida Albión. A fin de cuentas, no es que los pueblos hispanohablantes se hayan distinguido demasiado por sus contribuciones científicas.

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Cada loco con su tema

Frans van den Broek 

En este mismo momento, mientras usted lee estas líneas, es probable que en la misma habitación se encuentre un psicópata. No muy probable, es cierto, algo así como uno por ciento de probabilidad, según la psiquiatría al uso, pero si tiene la televisión encendida y están dando las noticias, la probabilidad es mucho mayor, pues resulta que los psicópatas tienen la mala costumbre de colarse en posiciones de poder en todos los ámbitos y hasta de dirigir naciones y enrolarnos a todos en sus locuras, sin que los demás podamos hacer mucho al respecto, pues los psicópatas son, además de chalados, simpatiquísimos y carismáticos, y están en posesión de algunas características que los hacen particularmente adecuados para las funciones directivas y poseen una energía imbatible que pocos pueden emular. De manera que la humanidad está condenada a enrumbar una y otra vez hacia el desastre, a menos que tomemos más en serio la lista elaborada por el psiquiatra Bob Hare, conocida como la PCL-R chekclist, y la usemos para reconocer a los psicópatas y enjaularlos a tiempo.  Sigue leyendo

Memoria que perdura

Frans van den Broek

Alguna vez dijo Octavio Paz que los pueblos de América (México y Perú, en especial, en cuanto países donde florecieron civilizaciones de gran extensión), eran pueblos antiguos, con una larga y compleja historia que aún continuaba. Si esto es cierto de los pueblos americanos, cuanto más lo será de un pueblo como el chino, cuya historia se remonta a miles de años atrás, durante muchos de los cuales fue el país más avanzado de la tierra. Es un pueblo, en todo caso, con un agudo sentido histórico, que no se detiene en los tumultuosos años de la revolución cultural o la Gran Marcha, sino que se extiende hasta los primeros emperadores y, sobre todo, no olvida los años aciagos en que tuvo que doblegarse ante otras potencias imperiales. Dicha conciencia histórica le sirve para consolidar una identidad nacional que ha encontrado una nueve fuente de orgullo, el crecimiento económico y el enriquecimiento, pero también puede deslizarse hacia el resentimiento y el deseo de venganza en determinadas circunstancias.

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«Last man in tower» de Aravind Adiga

Frans van den Broek 

Por alguna razón que desconozco, pero que tal vez sea tan simple como la codicia, el mundo de la construcción está lleno de mafiosos y criminales. No me refiero al albañil o al peón de obra, que muy a menudo trabaja a destajo y mal pagado, sino a todos los demás, desde las mafias pseudo-sindicales que exigen pagos extra y el contrato de sus asociados, so pena de represalias que no escatiman violencia o amenazas, hasta los empresarios y funcionarios encargados de la adjudicación de obras, sin olvidar a los políticos que trafican influencias o se dejan sobornar sin remilgos. Si la historia de la civilización está plagada de barbarie, la de casi cada edificación que habitamos está llena de abuso o fraude, cuando no de sangre. 

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Negra navidad

Frans van den Broek 

A cuatrocientos kilómetros al norte de Helsinki, donde me encuentro, no se divisa ni un gramo de nieve. Solo lluvia leve y empecinada, que humedece más el ánimo que la tierra, y afloja las raíces de los árboles, de modo que pueden soportar mal los vientos y hasta se caen, como ha ocurrido al frente de la casa donde me hospedo. Por estos días la tierra debiera estar congelada y cubierta de muchos centímetros o hasta metros de nieve, debiera ser posible caminar por las aguas del mar, no al estilo del milagroso Jesús, sino al de cualquier habitante ordinario de estos lares, acostumbrado a un universo blanco y silencioso durante todos los meses del invierno. En cambio, parece marzo, pero con menos horas de luz. Y si algo compensa la oscuridad invernal con su hermosura omnipresente, es la nieve, y es el frío también, vigorizante a menos diez, pero molesto y mediocre a cinco o siete grados. Auguro depresiones más severas y divorcios más amargos este invierno en Finlandia, pues casi todo el sur, desde donde me encuentro hasta las costas del mar Báltico, parece Francia, no Finlandia, pero sin los vinos y los ajos. Ni un gramo de nieve a la vista.

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La Gran Transformación

Frans van den Broek

El problema con las grandes transformaciones es que casi nunca se sabe qué dirección van a tomar. No es difícil recordar la ingeniería social del finado Stalin: transformó a sus súbditos en monstruos, imbéciles o amedrentados, cuando no en prisioneros o exiliados. Al resto les asignó un par de metros de tierra para su eterno reposo, y todo esto en un país poseído en aquel entonces por un espíritu idealista que hubiera hecho mucho más fácil una verdadera alquimia política hacia la piedra filosofal de una sociedad un tanto más justa y equitativa. Es cierto, algo se logró, como industrializar a un país agrícola y atrasado, extender la alfabetización, salud accesible, eliminación (literal, muchas veces) de la miseria. Pero a un costo casi inimaginable para un habitante actual de occidente.

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De vuelta al jardín de infancia

Frans van den Broek

¿Ha tenido alguno de los lectores la oportunidad de participar en un entrenamiento laboral? No me refiero a sesiones de actualización técnica o de intercambio de información o de preparación para actividades concretas, como proyectos o conferencias. Me refiero a ejercicios de construcción de espíritu de equipo, por ejemplo, o a cursos relámpago de comunicación intercultural o a cómo entresacar el líder que uno tiene dentro de las profundidades de inanidad en que está sumergido y utilizarlo para mejor efectividad y crecimiento de la empresa. Si uno no ha tenido el placer de participar en un curso de estos, le aconsejo que nunca lo haga, si puede evitarlo: el cuerpo tiene una capacidad limitada de sofocación y tedio y tanta pusilanimidad puede ser dañina para la mente.

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Los peligros del mito: “Sobre los acantilados de mármol” de Ernst Jünger

Frans van den Broek

Hay algunos libros cuya lectura posponemos bajo la ingenua suposición de que iremos a leerlos alguna vez de todas formas. Pero los días se hacen semanas, luego meses y llegan los años y el olvido o la desidia concurren a su negligencia. En el caso en cuestión, me tomó más de dos décadas reinstaurar el libro de Jünger entre mis prioridades de lectura y esto solo por casualidad. Andaba en busca de un libro para regalar de un autor cuyo nombre comenzaba con H (la escritora Hustvedt para más señas, esposa del afamado Paul Auster) y he allí que el libro del alemán me sonreía irónicamente desde un lugar equivocado. ¿Qué hacía en ese anaquel alborotando los designios del alfabeto? Si debo atender a su contenido, es probable que alguna fuerza misteriosa lo hubiera llevado hasta dicha letra y dicha librería para incitar mi conciencia; si atiendo a mi sentido común, me inclino por algún comprador desatento o un empleado ineficiente. Como fuera, lo compré, pues hacía tanto tiempo que tal autor se había esfumado de mi universo intelectual que no pude evitar tomar el incidente como un signo de los hados y, además, mi sólida educación cristiana me indujo la culpa que nos producen las promesas no cumplidas y vaya uno a saber cuándo volvería a tener la oportunidad. Tal vez tuviera que vérmelas con el mismísimo Jünger una vez descartado este frágil envoltorio corporal y reunidas las almas en el jardín de los bienaventurados, y si algo he aprendido en este valle de lágrimas es a no contrariar a un alemán. Y si no me creen, pregúntenle a la Merkel.

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