El arte, el artista y sus celebraciones

Frans van den Broek

En la cuestión que sigue es probable que, como en el cuento de Nasrudin, todos tengan la razón porque todos están equivocados, en una medida u otra. Me refiero a la polémica que ha generado la controvertida decisión del ministerio francés de cultura de eliminar de la lista de celebraciones para este año el nombre de Celine, en razón de su afiebrado antisemitismo. El asunto ha concitado el interés general y ha hecho tomar la pluma a los intelectuales más destacados de Francia, bien para deplorar el hecho o para justificarlo. Entre nosotros ha sido objeto de algunos comentarios, como el de Vargas Llosa en su columna de opinión “Piedra de toque”, en el que lamenta la decisión ministerial, y con seguridad dará qué hablar por algún tiempo en el mundo intelectual internacional. Si no por otra, por la sencilla razón de que es un tema casi eterno, cuya solución, a mi parecer, es imposible, si por solución se entiende la obtención de alguna respuesta definitiva, ya que desde que el mundo es mundo y el arte, arte, se ha discutido hasta qué punto es razonable o decente considerar que el arte y la vida de un artista deban ser juzgados aparte y tomados como ámbitos distintos de ejercicio moral.

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La lírica del rostro

Frans van den Broek

Hace poco falleció el actor británico Pete Postlethwaite, conocido por su actuación en películas intensas y memorables como “Distant voices, still lives”, “In the name of the father”, “The constant gardener” o, últimamente, “Inception”. Su trayectoria podrá leerla cualquiera que use internet, y ha sido mencionada en los periódicos en su momento, pero lo que quisiera comentar a propósito de su muerte es el poder irremisible que puede tener un rostro, su capacidad para contarnos una vida con sólo ponerse enfrente de una cámara o un público. Alguna vez concibió Borges el verbo historiar, también a propósito de un rostro, cuando dice de un personaje que su cara estaba “historiada por una cicatriz”. El rostro de Postlethwaite historiaba aunque no lo quisiera, por lo que su expresividad artística, que era mucha, venía como lanzada por la energía de unos rasgos y unos gestos que parecían haberse creado para emocionar, para apelar a la conciencia de algún modo.

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El pilar derruido

Frans van den Broek

A comienzos de la década pasada, cuando trabajaba para una organización de ayuda a extranjeros en Holanda, tuve oportunidad de preguntarme por primera vez de manera profesional cuál era la mejor manera de ayudar a la integración de los habitantes procedentes de otras culturas. Con anterioridad había experimentado el problema de modo personal, como simple extranjero tratando de encontrar un lugar en la sociedad que me acogía. Después de haber vivido en España unos años, esto resultaba una novedad para mí, pues aunque España no era mi país, la integración para un sudamericano era entonces relativamente fácil, y aún no se publicaban aquellos anuncios de oferta de pisos en los que se especifica: “sudamericanos abstenerse”. Ni había tantos extranjeros, por supuesto (hablo de la segunda mitad de los ochenta). Y aunque el acento delata, el idioma es común, lo que ayuda mucho. Al contrario, siempre me sentí muy bien acogido en España, y si de algo debo quejarme, es de mi estupidez para no haber hecho mejor uso de dicha hospitalidad y haberla agradecido lo suficiente.

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La identidad europea y sus descuentos

Frans van den Broek 

Como casi todas las navidades de los últimos diez años, pasé las últimas en Finlandia, visitando a mi hija, quien es ciudadana de este país, aunque nació en Holanda (cuya lengua ha olvidado por completo). En este mismo lugar comenté que nuestra lengua de comunicación ha sido hasta ahora el fiñol, la peculiar mezcla de finlandés y español que nos ha servido para, mal que bien, tratar de comunicarnos. Si bien contarle el Quijote estaba lejos de mis posibilidades, pude comprobar que la comunicación es, como suele decirse, en buena medida no verbal, hecho que nunca agradeceré lo suficiente. Pero hecha ya una adolescente, mi hija sí que requeriría que le explicara el Quijote alguna vez, por lo que nuestro fiñol ha llegado a su límite expansivo y debo comunicar en este medio que el fiñol se ha unido a las miles de lenguas en peligro de extinción en nuestro planeta globalizado. Aparte de sus limitaciones, que bien podrían haberse solventado con un poco de esfuerzo, el fiñol se ha mostrado incapaz de competir con la pérfida Albión, esto es, con su lengua, ya que mi hija ha empezado a usar el

inglés cuando encuentra huecos comunicativos, por lo que el fiñol se va convirtiendo rápidamente en finglañol, esto es, fiñol más inglés, en dosis más o menos iguales, aunque cada vez con más presencia de este último idioma. De modo que no es raro el uso de frases como: ¿»haluatko sinä comer Chinese?», o sea, ¿quieres comer chino? A decir verdad, nuestros idiomas se mezclan constantemente, de tal manera que lo que una vez se dijo en finlandés bien puede aparecer la próxima en castellano o en inglés, pero la tendencia es a usar las palabras que se han hecho comunes entre nosotros. Proceso que siempre me ha fascinado, pues es quizá un ejemplo contemporáneo de cómo se hicieron las lenguas antiguamente cuando pueblos distintos se encontraban. Me imagino que la guerra  y la conquista obligaban a muchos pueblos a hacerse con la lengua del vencedor, pero también el comercio o las alianzas de poder podían incitar una mezcla de las lenguas. Como no soy lingüista ni nada que se le parezca, el proceso tiene para mí sobre todo un interés filosófico, en la medida en que me ha estimulado a pensar sobre la naturaleza del lenguaje y de la comunicación. Pero también sobre otros aspectos menos evidentes, como el de la identidad individual o nacional, y también el de la identidad europea, que es a lo que esta larga digresión personal se dirigía.

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De la ansiedad del estatus

Frans van den Broek

De varios de los libros de Alain de Botton puede decirse que son de difícil categorización, pero lo son no por haberse hecho posmodernos o deliberadamente excéntricos. Todo lo contrario, están escritos con claridad y mesura, incitados por el ánimo de explicitar, no de impresionar. Su peculiaridad procede de la combinación de géneros que realiza y de la elección de sus temas. Se trata de ensayos, pero se inspiran también en los libros de autoayuda y en la vieja tradición de libros que pretenden dilucidar qué es aquello del saber vivir bien. Tienen contenido filosófico, pero están lejos del lenguaje abstruso de los académicos y varios contienen imágenes, tanto artísticas como informativas. Uno de sus libros más famosos se llama Cómo puede Proust cambiar su vida, y en él se vale de la obra del escritor francés para buscar consejos que sean aplicables a la vida moderna. No otra cosa hace en el que me ocupa en estas líneas, Status Anxiety, uno de los temas que, en estos tiempos de penuria económica, es más relevante de lo que se pudiera creer o aceptar.

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El reino de la pusilanimidad: “Freedom” de Jonathan Franzen

Frans van den Broek

Desde que apareciera su novela “The Corrections” en  2001, por la que ganó el National Book Award y enorme aclamación crítica, Jonathan Franzen se ha convertido en algo así como la voz novelística de la América del siglo veintiuno. Aunque había escrito un par de novelas anteriores, este libro le trajo fama y reconocimiento internacional. Tuvo incluso el dudoso privilegio de ser elegido por Oprah Winfrey como uno de los libros de su club de lectores, algo que recibió con sentimientos encontrados, pues afirmó en alguna parte que le preocupaba que esta elección disuadiera a los potenciales lectores masculinos de su novela, si bien le aseguraba una venta masiva, sobre todo, para qué negarlo, entre los lectores de sexo femenino. Oprah Winfrey tomó nota de su incomodidad y no siguió adelante con la entrevista que tenía planeada con él. Este hecho atrajo la atención de los medios de comunicación, como no podía ser menos en América, y antes que restarle lectores, creo que tiene que habérselos asegurado aún más. Un hecho baladí, tal vez, pero significativo en el panorama actual de las letras norteamericanas, al menos hasta cierto punto.

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A propósito de “El sueño del Celta” de M. Vargas Llosa

Frans van den Broek

La primera obligación de un escritor de novelas de contenido histórico, con personajes reales, cuya existencia es conocida y ha adquirido un estatus simbólico, como es el caso de la novela en cuestión, es convencernos de que no ha cometido una apropiación indebida. En este mismo blog se ha discutido el asunto, instigados por la preocupación moral –legítima, a mi parecer- de Ricardo Parellada sobre la pertinencia de utilizar caracteres históricos para forjar historias en las que su vida interior, sus más íntimas motivaciones y deseos, constituyen el meollo de la trama. Las opiniones estuvieron divididas, como no podía ser menos, pero si algo quedó en claro es que la literatura, mediante el artilugio de la libertad creativa, no podía eximirse de la responsabilidad ética que supone poner en la boca y la mente  de dichos personajes palabras, pensamientos y emociones cuya realidad iría a compulsarse en términos de verosimilitud retórica, antes que de correspondencia epistemológica. Un escritor puede escribir lo que le dé la gana, por supuesto, pero al hacerlo sobre seres que han vivido realmente, tiene que hacerlo por buenas razones, algunas de las cuales exceden las premisas de una buena narrativa y se extienden al más fangoso terreno de la verdad y sus consecuencias. Este es el principal problema, creo, de “El sueño del Celta”, y es en su ambigüedad al respecto que residen sus virtudes y sus defectos.

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“El Molinero Aullador” de Arto Paasilinna

Frans van den Broek

La literatura finlandesa no es muy conocida en el mundo hispanohablante, por varias razones, entre las que su endiablada lengua no será una de las menos importantes, además de otras de orden editorial, pero a pesar de ser un país de población pequeña (se encuentra alrededor de los cinco millones de habitantes en un territorio enorme en el contexto europeo-occidental), ha producido obras de estupenda calidad. Acaba de salir en nueva traducción una versión completa y versificada del “Kalevala”, por ejemplo, aquella obra seminal de la literatura y el nacionalismo finlandeses. Las obras de Mika Waltari, muy popular en su momento, se han traducido a los principales idiomas europeos. Pero el autor más popular de Finlandia, y acaso el más conocido fuera de sus fronteras –muy querido en Francia- es Arto Paasilinna, nacido en 1942 y todavía activo, responsable de la novela que quiero comentar en estas líneas.

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“La palabra del mudo” de Julio Ramón Ribeyro

Frans van den Broek

No hace mucho ha aparecido en España, por fin en un volumen, la colección de los cuentos completos de Julio Ramón Ribeyro. Para muchos será, me imagino, la primera oportunidad de leer a este autor peruano (1929 – 1994), al cual ya me he referido en varias ocasiones en este lugar, ya que su obra, a diferencia de la de otros compatriotas, como Bryce Echenique o Vargas Llosa, no ha tenido un lugar prominente en las estanterías de las librerías o en los currícula de las universidades o institutos. En Perú, sin embargo, es uno de los autores más queridos del siglo pasado y me atrevería a decir que más leído que el mismo Vargas Llosa o hasta que el propio Arguedas. Las razones son varias, pero una de ellas ha de ser el hecho de que se distinguió sobre todo en el género del cuento, mucho más accesible que las voluminosas novelas de algunos de sus contemporáneos. Pero también porque su prosa es límpida y desprovista de toda retórica, y sus cuentos tratan de temas que cualquier peruano puede reconocer al instante, y hacerlo a la vez con desapego y compasión, uno de los signos del genio literario. Cada peruano, según su experiencia propia, su procedencia, su clase o raza, se sentirá más o menos atraído por alguno de los cuentos de Ribeyro. Estoy seguro, sin embargo, que todo peruano se encontrará reflejado en alguno de ellos, pues su rango temático es muy amplio, y comprende distintas zonas del país, distintas culturas y clases, y persigue, a su modo, el utópico ideal de las novelas totales, esto es, reflejar toda una sociedad, iluminar la historia de un país.

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De módulos y modos: cómo asegurarse diversión hasta en tiempos de penuria

Frans van den Broek

Es el destino de casi toda teoría el convertirse en su propia caricatura una vez popularizado su uso. De esta fatalidad no están libres ni siquiera las teorías de la ciencia natural, si recordamos el uso que ha hecho el posmodernismo, por ejemplo, de los avances de la física, como el principio de incertidumbre o la teoría de la relatividad, más en apoyo de su propia (y no pocas veces arrogante) incertidumbre que de una legítima expansión del conocimiento natural. Los mismos científicos naturales han hecho a veces de sus teorías un dogma inmune a la crítica y de sus partidarios una secta –cualquier historia detallada del avance de la ciencia lo demuestra, incluso a escalas minúsculas: partidarios y enemigos de un protón o dos durante el proceso de oxidación metabólica, me viene a la memoria-, pero son sobre todo la psicología y las ciencias sociales las que han estado sujetas a este proceso de degeneración intelectual de manera más extendida, quizá por su cercanía al predicamento humano y la menor complejidad de sus fórmulas y argumentos. Este fenómeno es connatural a la formación de todo grupo en torno a un sistema de ideas, sin embargo, y es explicable en términos de condicionamiento y presiones sociales (aunque ya me veo cayendo en el mismo al usar estos términos), por lo que no debiera sorprender a nadie. El caso es que no sólo no sorprende a nadie, sino que lo olvidamos con frecuencia y somos presa del mismo una y otra vez. Y ni la inteligencia ni la erudición son suficiente salvaguarda, sino al contrario: un burro cargado de libros camina más lento que uno sin carga, y no es infrecuente que una mente entrenada y educada tenga más prejuicios y preconcepciones que una mente prístina de toda polución educativa. ¿Qué hacer entonces para evitar esta tendencia?

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