Juanjo Cáceres
Estados Unidos siempre será un país peculiar a ojos de los europeos. Para aquellos que emigraron allí décadas o siglos atrás, no fue fácil adaptarse. La recordada serie “Los Soprano” aludía al hecho de que, aun hoy en día, a los estadounidenses de ascendencia italiana se les seguía percibiendo, principalmente, como asociados a actividades mafiosas, lo cual en una historia de gánsteres podía resultar casi gracioso, pero en la realidad del que lo vive no tiene gracia alguna.
Hablando de “Los Soprano”, se trata de una serie recordada por muchas cosas, pero sobre todo por su capítulo final, que desemboca en una extensa escena bajo la música de Don’t Stop Believin’. Al final de esta, Tony Soprano empieza a saborear unos aros de cebolla y tras levantar levemente la vista en dirección a la puerta por la que debería estar a punto de entrar su hija y mostrar una mirada indiferente, la pantalla queda en negro y aparecen los títulos de créditos. A ese final abierto le siguieron años de tinta y de discusiones sobre el sentido que tenía aquello y lo que había pasado realmente, que con el paso del tiempo fueron relativamente zanjadas por su creador. ¿Se pudo elegir un mejor desenlace? Sin duda alguna sí. Aquella fue una mala conclusión para una serie que, aunque a ratos tenía su atractivo, estaba y está tremendamente sobrevalorada.
Decir que “Los Soprano” es una serie sobrevalorada, como decir, por ejemplo, que también lo está “The Wire”, es un anatema, aunque baste mirarla durante un rato para que salten a la vista sus evidentes deficiencias de factura, argumentales y de calidad de las interpretaciones. “Los Soprano”, además, lo subrayó de forma muy clara ese decepcionante final, pero ni por esas deja de ser pecaminoso poner en duda este referente de la época del gran despegue de las series televisivas, y eso sucede por tres motivos: porque a veces nos pierde el lenguaje, porque también nos pierde la fe y porque su origen es estadounidense. Sigue leyendo