Arthur Mulligan
A finales de los noventa se puso de moda entre los animadores de los cursos de formación profesional un mensaje letal: la competencia en los mercados exigía que cada trabajador, dentro de su área de responsabilidad, debía hacer todo lo posible para salir fuera de su zona de confort. Estar cómodo era una deslealtad hacia la empresa, hacia los compañeros de trabajo y, por supuesto, hacia los clientes. Los nuevos héroes eran los vendedores ambulantes, los viajantes de puerta fría y más tarde, los intrusivos teléfonos móviles. Por fin se llegó a la saturación esperable: todos gozábamos sin saberlo de la incomodidad ambiente y los mensajes se reducían a la vez que el tiempo disponible de emisión. Entonces estalló el populismo y las personas se convirtieron en “la gente” para la que se escribían unidades básicas de argumentarios inspirados en el Libro Rojo de Mao Tse Tung que más tarde dio lugar al actual Tic Toc. Por el camino se redujo la enseñanza de la Historia, Filosofía y Literatura en favor del tweet. Hasta el PSOE de Machado y Cernuda pasó con armas y bagajes a los melodramas de escalera de Almudena Grandes y el universo todo devino en una amenaza del sintagma de la derecha y la ultraderecha mientras esperaba cínicamente la llegada de la derecha civilizada, una raza de gentes rubias que habitan una región entre fiordos y lagos inmensos, disfrutando de una paz y tranquilidad que paradójicamente hace sus vidas más cómodas.
A pesar de ese extraño movimiento político religioso, en el Centro de las ciudades se vive muy bien porque reúne en sus límites las principales plazas, parques y amplias avenidas, además de edificios con carácter, historia y modernidad. Por lo general las manifestaciones culturales se agrupan cerca y bajo la superficie circulan rápidos transportes que extienden las vías radiales del kilómetro cero uniendo universidades, academias, ministerios y hospitales, facilitando la administración del todo, la transmisión del conocimiento y el cuidado de almas y cuerpos. Sigue leyendo