Juanjo Cáceres
Dentro de algo menos de 18 meses se cumplirán 25 años de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. Unos atentados que conmocionaron al mundo y cuyas consecuencias fueron múltiples y severas, hasta el punto de cuestionar la calidad democrática de los Estados Unidos y de poner patas arriba el orden global mediante la denominada “guerra contra el terror”.
En el plano interno, la mejor expresión del clima de persecución al que siguieron los atentados fue la Patriot Act, proclamada el 26 de octubre de 2001 y que incluso el propio Obama renovó en mayo de 2011. Entre sus aportaciones a la convivencia se encontraban las plenas facultades que adquiría el gobierno de invadir la esfera privada, de espiar cualquier tipo de comunicación y sobre todo el dar cobertura a lo acontecido en lugares como Guantánamo, Abu Grahib y cualquier lugar del mundo que la CIA convirtiese en un lugar de reclusión. Hay que señalar que bajo su manto se producían detenciones sin cargos, sin periodos establecidos, sin defensa legal, y que, naturalmente, durante esos periodos de reclusión se produjeron todo tipo de torturas y vejaciones, en un clima de total impunidad y de suspensión de las disposiciones de la Convención de Ginebra sobre el trato a prisioneros.
El ataque en suelo estadounidense convirtió a la primera potencia militar del mundo en un Estado con muchos rasgos totalitarios, pero todo ello también tuvo una clara expresión militar, en la medida en que en, menos de un mes, ponía en marcha la campaña sobre Afganistán, un Estado del cual no ostentaba la nacionalidad ninguno de los autores de los atentados. Los Estados Unidos pusieron en fuga al régimen de los talibanes a base de bombardeos, bajo la premisa de liberar el país, si bien no pasarían demasiados años para que los Estados Unidos dejasen de nuevo el país a su suerte. En su momento se estimó que dichos bombardeos causaron 4.000 bajas civiles. Sigue leyendo