Verónica Ugarte
El único país que solo permite pernoctar hombres en sus terrenos no puede permitirse de nuevo la dolorosa imagen de un Papa perdiendo la voz, la fuerza delante de miles de peregrinos en la Plaza de San Pedro.
Es por ello que todas las alarmas se han encendido hace meses, desde los primeros gestos de enfermedad de Francisco, jesuita, argentino y liberal. No solo las de marketing, sino también las de todas las posiciones dentro de la iglesia católica. La silla de Pedro no está en juego. Están en juego los diversos poderes grises, los cardenales y obispos que mueven hilos, secretos, desenfrenos. Los que son partidarios del retroceso hacia los planteamientos del Juan Pablo II, y quienes están a favor de que la Iglesia evolucione en sus posturas.
Agoniza Jorge Mario Bergoglio, quien en todos estos años llevando el anillo del pescador quiso ser una persona cercana, poniendo un poco de chispa, que posiblemente llevó al hospital a más de uno de su grupo de escoltas por nervios o úlceras: tomar un mate que le ofrecía la multitud en su natal Argentina. Detener el coche cuando vio una camilla con un chaval en ella, rodeado por su familia, para bajar y dar una bendición. O simplemente darse cuenta de que las gafas ya no le ayudaban, saliendo tranquilamente de su despacho y perderse en Roma a la búsqueda de una óptica donde le recetaran unas nuevas. Todo ello sin avisar a nadie y poniendo contra las cuerdas a los equipos de seguridad. Sigue leyendo