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Resulta complicado escribir sobre lo que ocurrirá en Cataluña esta semana mientras arde Galicia y miles de personas huyen del fuego. Esperemos que las víctimas mortales se queden en tres y que para cuando se lean estas líneas, la sempiterna lluvia galega haya empezado a amansar los múltiples frentes de fuego, que por otro lado demuestran que la tragedia ha sido provocada deliberadamente. Como lo ha sido también la gravísima crisis a la que se enfrenta Cataluña. Todo parece indicar que el todavía President Puigdemont va a resistir la presión de sus más fervientes aliados y evitará confirmar su rebeldía institucional. Pero no cabe duda de que no renunciará a los postulados enunciados y escenificados en el Parlament la semana pasada. Por tanto, es más que previsible que el Gobierno le responda recordándole la exigencia de restablecer plenamente la normalidad constitucional antes del próximo jueves, mientras se dirige en paralelo al Senado para que, en caso de que la Generalitat no se avenga a razones, valide la intervención de la Autonomía catalana en virtud del tan cacareado artículo 155 de la Constitución. La suspensión del auto-gobierno catalán podrá ser total o parcial, dependiendo de cómo evolucione la situación pero será en todo caso un gran fracaso colectivo, de consecuencias impredecibles. Es previsible que Galicia deje de arder pronto. En Cataluña no sabemos cuándo amainará la tormenta ni los daños que se sumarán a los ya causados, pero si sabemos que cuando lo haga, Cataluña seguirá formando parte de la España constitucional. Esterilidad que refuerza lo absurdo de esta crisis. Sigue leyendo