Juanjo Cáceres
“Existe la posibilidad de que todo quede en nada”, se dice a sí mismo Pedro mientras revisa la prensa matinal en el bar Cortinas, un lugar inmejorable para desayunar y no inferior a una biblioteca como punto de acceso y consulta de las principales cabeceras de la tan añorada prensa en papel.
Tras revisar los titulares y algunos artículos de los apartados nacionales de “El País”, apura su café con leche y sale a la calle a la búsqueda de un taxi, que no tarda mucho en detenerse frente a él. “Al Congreso de los Diputados”, indica al taxista, que dos segundos después pone en marcha su taxímetro, a fin de conseguir el mayor ingreso posible de esta carrera.
Llegado a su destino, accede a un viejo edificio situado a poco más de 50 metros de donde le ha dejado el vehículo y abre una puerta situada en la tercera planta, a la que ha accedido tras subir, sin esfuerzo alguno, por una estrecha escalera. Nada más entrar comprueba que tres personas trabajan incesantemente en la preparación de la sesión de hoy: Félix, colaborador, amigo y confidente; Carlos, de profesión economista, y Óscar, colega y compañero de fatigas.
- Empecemos – sugiere Pedro nada más entrar. – A ver cómo se nos da hoy esta partida de mus.
- ¡Yo voy con Pedro! – señala Félix situándose frente a él.
Carlos y Óscar forman así la otra pareja. Antes de sentarse, Félix enciende el televisor, desde donde empieza a oírse la tertulia de “Al rojo vivo”. Una tertulia que en ese momento profundiza, reitera y, sobre todo, da vueltas en círculos a los hechos conocidos la semana anterior sobre la investigación del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero y sobre el registro de la sede del PSOE por la UDEF.
- ¡No sé si el Perro se va a librar de esta! – asegura Pedro mientras escucha a Ferreras hacer como que se echa las manos a la cabeza ante todo lo acontecido.
- Yo creo que el Perro tendría que dar la batalla – confirma Óscar, mientras lanza una seña cerrando los ojos.
- Mus – dice Pedro.
- El problema no es él, sino el PSOE. También soy mus – afirma Óscar.
- ¡Mus! – añade Félix.
- Pues yo corto el mus y envido a grande – afirma con vehemencia Carlos. – Es sorprendente todo esto, teniendo en cuenta el buen estado de nuestra economía y los buenos datos de nuestra recaudación tributaria, que ha reducido nuestra deuda soberana a la mínima expresión. Órdago a grande.
Sin que ningún otro de los jugadores ejerza el turno de réplica, Carlos domina todos los lances y sitúa a su equipo por delante con un buen botín de puntos.
- Has estado algo frío en esta ronda, Pedro – señala Félix, con gesto de cierta preocupación. – Te noto demasiado pensativo.
- La reflexión de Carlos se ha quedado dando vueltas en mi cabeza, Félix, por lo paradójico que es vivir en el mejor de los tiempos y a la vez en el peor de los tiempos. Las palabras de Dickens vienen una y otra vez a mí, atrapado como me siento en una época en la que seguimos allí, pero que tal vez ya no es la nuestra.
- Todos hemos pensado eso alguna vez pero queda mucha tela que cortar todavía y mucho que repartir – asegura Óscar. – Por cierto, ¿repartes, Carlos?
- ¡Voy! – responde.
Y las cartas caen de nuevo sobre ese viejo tapete que tantas veces les ha unido anteriormente, estableciendo entre ellos un vínculo estrecho y solidario.
- ¡Gracias, Carlos! – contesta Óscar mientras las recoge con rapidez. – Ahora era yo el que pensaba en tus palabras y la verdad es que creo que hemos perdido un poco el rumbo. Entre pantallas, engaños, medias verdades y dar vueltas a las cosas sin parar, acabamos haciendo un drama de todo, nos perdemos en hechos que no han sido probados y, entretanto, olvidamos lo bien que estamos. Yo creo que justamente es eso lo que muchos quieren. ¡Hay que saber reaccionar! ¡Hay que ser más valiente! ¡Hay que salir ahí y decir de una vez las cosas por su nombre y contestar a tanta desvergüenza! De momento soy mus.
- Yo tengo compañero – manifiesta Félix. – Y estoy de acuerdo contigo, Óscar, en que, si además de que la prensa te pone fino, ofreces la otra mejilla, lo más probable es que acabes con la cara como un tomate. Pero si devuelves el golpe, todo deriva en una reyerta interminable y nos convertimos en espectadores permanentes de una pelea infinita.
- ¡Mus! – anuncia Carlos.
- Pues yo voy a envidar a grande – adelanta Pedro – y te voy a decir, Félix, que creo que tu conclusión es muy pertinente. Al final el escenario que se acaba dibujando no solo construye lo que vemos, sino también lo que pensamos y como percibimos la realidad.
- Una realidad económica magnífica, marcada por el superávit, pero completamente relegada a un tercer plano – insiste Carlos. – Las veo y 15 más.
- ¡Madre mía, pues no voy a ir, Carlos! – responde Pedro. – Entre las cartas que llevo y el mal cuerpo que se me está poniendo entre la lectura de la mañana y las voces de los tertulianos, me entran ganas de tirar la toalla.
- ¡No te rindas, Pedro! – exclama Félix.
- ¡La rendición siempre es una debilidad! – sentencia Óscar.
- La vida es como la economía, Pedro. Aunque vayas perdiendo, siempre hay un indicador sobre el que impulsarte de nuevo – expone Carlos.
Los tres observan con atención a Pedro, quien se mantiene con la cabeza baja y la mirada concentrada en las cartas.
- ¿Sabéis que os digo? Que tenéis razón, así que se acabó. ¡Órdago a chica! – grita Pedro.
- ¡Lo veo! ¡Lo veo! – responde Carlos. A continuación dobla su mano para mostrar tres ases. – ¡Cómo te he pillado, Pedro!
- No amigo, has caído tú —revela Pedro sorprendentemente. Y con una leve sonrisa y una lentitud exasperante deja deslizarse una a una sus cartas sobre la mesa, exhibiendo así nada menos que cuatro ases.
- ¡En fin! ¡Como habéis caído! Siempre os pasa igual. ¡Hago como que flojeo un poco y ya pensáis que me tenéis, cuando en realidad mi única duda era si ganaros a Chica o a Pares!
- Vaya liante. ¡Eres el mejor, Pedro! – celebra Félix.
- ¡Cómo has picado, Carlos! ¡Así va el país! ¡Y luego dices que todo va bien! – lamenta Óscar.
- Pues mira, Óscar, el caso es que sí, que la partida es como el país – responde Carlos. – Un mal dato o movimiento no justifica necesariamente cuestionar el estado general de la misma.
- ¡Pero si vamos perdiendo con claridad! – grita Óscar.
Es entonces cuando Pedro decide intervenir de nuevo, sin poner esfuerzo alguno en disimular su enorme satisfacción.
- El mus nos enseña, Óscar, que a veces cuando vas ganando, parece que vas perdiendo, y cuando vas perdiendo, parece que vas ganando. Lo importante es que resistir en medio de la vorágine no se convierta en un acto desesperado, sino en un acto verdaderamente identitario. Hay que hacer de la resistencia una característica propia y también hay que esperar el momento más adecuado para hacer de la fuerza que nace de ese espíritu de resistencia un auténtico ariete. Es por ello por lo que absolutamente todo el mundo, antes de que llegue su final, puede acabar encontrando su gran oportunidad. ¡Venga! ¡Reparte Félix, que seguro que todos esos que están en el edificio de aquí al lado dando voces no se lo pasan tan bien como nosotros!
Y una enorme carcajada resuena por toda la estancia.