Mossos en las escuelas y el giro securitario del sistema educativo 

Dávid Rodríguez Albert

El Departament d’Educació de la Generalitat de Catalunya acaba de implantar un programa piloto de acompañamiento a la convivencia, consistente en la introducción de agentes de los Mossos d’Esquadra en ciertos institutos públicos. La medida ha provocado un gran revuelo, y más teniendo en cuenta que la comunidad educativa está en pleno proceso de movilizaciones para reivindicar la reversión de los recortes que se han producido durante los últimos años.

El anuncio se ha producido en un marco de opacidad difícilmente justificable. No existe un desarrollo normativo claro ni documentación suficiente sobre objetivos, límites o despliegue. La información ha llegado de forma fragmentada, mediante circulares o filtraciones, sin debate público ni participación real de la comunidad educativa. No es un detalle menor, sino un síntoma del modo en que se toman las decisiones sobre educación.

Esta forma de proceder entra en tensión con el marco normativo vigente en Catalunya, que insiste en la centralidad de la convivencia, la cultura de paz y la gestión pedagógica de los conflictos. La escuela no se concibe como un dispositivo disciplinario, sino como un espacio donde el conflicto se trabaja y se transforma en aprendizaje. La introducción de actores policiales desplaza esta lógica hacia una gestión del orden.

Pero el debate no es sólo normativo. La comunidad educativa viene señalando una acumulación de tensiones estructurales que ya no pueden ignorarse, como por ejemplo el aumento de la diversidad del alumnado, el incremento de las necesidades educativas específicas, la sobrecarga burocrática del profesorado o la precariedad de los apoyos recibidos. Es imprescindible más personal de educación social, psicopedagogía, enfermería escolar y mediación, como figuras ampliamente reclamadas y sistemáticamente insuficientes. La respuesta institucional, en cambio, no refuerza este entramado, sino que introduce un dispositivo externo ajeno al campo educativo y vinculado a la lógica securitaria.

Este desplazamiento no es neutro. Supone un giro en la manera de entender la convivencia, que se inserta en una visión neoliberal y reaccionaria del modo de gestionar lo público. En este contexto, la entrada de la policía en los institutos representa un síntoma más de la degradación en la forma de entender los aspectos sociales. Cuando el sistema se tensiona por falta de recursos, la respuesta de la Generalitat no consiste en reforzar lo educativo, sino en introducir mecanismos de contención. 

A ello se suma el terrible efecto simbólico de la medida. En algunos casos los centros afectados concentran alta diversidad social o alumnado en situación de importante vulnerabilidad. Esto introduce un riesgo de estigmatización, al asociar determinados perfiles con la necesidad de vigilancia. Una vez más, se desvía el centro de la educación y se desplaza hacia la seguridad. En una sociedad en la que las desigualdades van en aumento, se culpabiliza a la víctima en lugar de resolver el problema de fondo con políticas sociales coherentes.

El sistema educativo concentra hoy tensiones derivadas de procesos sociales más amplios, que incluyen la precariedad laboral, la desigualdad en la distribución de la riqueza, la crisis aguda en el acceso a una vivienda digna, los problemas crecientes de salud mental, la fragilidad de las redes comunitarias o las trayectorias migratorias complejas. Todos estos factores convergen en la escuela, que funciona como un espacio de absorción de conflictos no resueltos en otros niveles. 

Frente a ello, una parte significativa del mundo educativo insiste en la idea de que la convivencia no mejora con un incremento de la vigilancia, la disciplina y el control, sino con más recursos, estabilidad de equipos y refuerzo de los apoyos profesionales. Las reivindicaciones del personal educativo están sobre la mesa con más fuerza que nunca, con la demanda de reducción de ratios, estabilización de plantillas, ampliación de equipos psicopedagógicos y sociales, y políticas de inclusión. No es una demanda corporativa, sino una condición clave para mejorar la educación y el conjunto de la sociedad.

En última instancia, lo que está en juego no es la presencia policial en los institutos, sino el modelo de escuela pública en un contexto de cambio social. Una escuela democrática requiere confianza en lo educativo, no su sustitución por lógicas de control. Cuando la respuesta a los conflictos estructurales se desplaza hacia la securitización del espacio escolar, lo que se modifica no es solo una política concreta, sino el horizonte mismo de la educación pública.

En momentos de apremio

Juanjo Cáceres

Ariadna observa desde su cuenta de Instagram a Salvador, un hombre con relevancia institucional al que se ha acostumbrado a ver en televisión transportando siempre una mochila y que ahora se dispone a explicar la importancia y el contenido de un kit de emergencia.

“…Recomiendo una mochila que tengas por casa y dentro de la mochila todo preparado… Una botella de agua, una radio a pilas, un kit que tenga los documentos oficiales, medicación, pilas, linterna, comida en lata…”

Siguiendo fielmente las instrucciones de su Presidente, examina las mochilas de las que dispone en su hogar. No son muchas y son bastante viejas. El piso compartido donde reside es limitado en espacio, tanto para almacenar objetos como para vivir dignamente. Un logo de Decathlon en una de ellas le recuerda que, cuando tenía 21 años, vivía con más comodidades y era más feliz. Las mochilas salían a menudo de viaje y no languidecían en un canapé. Hoy, a sus 42 años y con lo justo para pasar el mes, casi le parece que ese objeto colgante perteneció a otra persona.

 «Esta vieja compañera tendrá que servir», concluye, y procede a buscar los objetos indicados por Salvador. La botella de agua, marca Bronchales. La linterna y la radio, adquiridas hace algunos meses en un establecimiento abierto 24 horas. Las pilas, conseguidas a muy buen precio en el supermercado Aldi. Un pack de tres latas de atún de fácil abertura y una cuchara de postre. Dos billetes de cincuenta euros, que celosamente conservaba con el fin de cubrir algún gasto extra inesperado. Y un surtido de medicinas entre las que se cuentan principalmente fármacos para trastornos leves prescritos con receta médica, o bien a ella, o bien a algún familiar que amablemente se los entrega. La comida de animal de compañía no ha sido necesaria incluirla porque el contrato de alquiler del inmueble donde reside excluye expresamente esa posibilidad. En cuanto a la documentación oficial, prefiere seguir llevándola encima.

Con todo a punto, cierra la mochila mientras se pregunta qué tipo de emergencia podría sorprenderla. «¿Otro apagón? No parece necesario, en ese caso, tener las cosas guardadas en una mochila”. «¿Un terremoto? No sé si me permitiría alcanzar la mochila». «¿Un tsunami? Hace mucho que abandoné mis sueños de vivir cerca del mar o siquiera de pasar allí unos breves periodos del año». “¿Una crisis económica? De poco serviría todo esto que hay ahí dentro”. “¿Un ataque terrorista? No sé si los elementos aquí presentes garantizarían mi supervivencia”. “¿Un desplazamiento forzoso a causa del ataque de un ejército enemigo? Estoy segura de que no llegaría demasiado lejos con estos objetos”.

Su mente sigue meditando sobre la infinidad de situaciones imprevistas que puede verse obligada a afrontar y por mucho que se esfuerza, no logra entender qué utilidad puede tener esa mochila vieja, llena de elementos precarios que evocan con extraña exactitud su propia precariedad vital. Es entonces cuando se da cuenta de que quizás sea ese el objetivo: que nos sintamos inseguros o que nos sintamos frágiles.

O tal vez se trate de una idea que alguien tuvo y de un papel que alguien representó, que ahora es sistemáticamente imitado, como si de una moda se tratase. No porque resulte especialmente relevante, sino por esa pulsión propia de aquellos que se consideran importantes de ejercer permanentemente de creadores de contenidos.

“Me vendrían bien otro tipo de ayudas y otro tipo de consejos”, piensa, mientras guarda la mochila en uno de sus dos armarios. Al cerrar la puerta, siente por un momento que también ella ha quedado atrapada por su cremallera y que no es más que otro objeto del que nadie se acordará.

Eso no es Madrid

Carlos Hidalgo

Una de las cosas en las que el PP es experto es en tratar de usar sus siglas como seña de identidad de las regiones en las que gobierna. La imagen de lo que debe ser un gallego se encargó de definirla Fraga en su larga presidencia de la comunidad de Galicia, el PP castellanoleonés se ha encargado de dejar clara la imagen de que la población de su comunidad es como ellos: arrogante, adusta, antipática e inevitable. En Valencia hicieron grandes esfuerzos por absorber el llamado “blaverismo”, una ideología que define la valencialidad como opuesta a todo lo catalán. En Navarra ya sabemos: carlismo españolista, Opus Dei y oposición a todo lo vasco. Y así podríamos seguir comunidad por comunidad, en las que han implantado una identidad regional hecha a medida de ellos y que tacha de menos auténticos a quienes (con todo el derecho) no simpatizan con el Partido Popular.

Desde los tiempos de Esperanza Aguirre y ahora, con Isabel Díaz Ayuso, se ha hecho algo parecido en Madrid. Se impone una forma de ser madrileño basada en el comportamiento del PP de la Comunidad: macarra, forzadamente castizo, caradura, aprovechado, con evidente desprecio a lo común y confundiendo interesadamente la maldad con la inteligencia.

El madrileño ideal del PP tira los papeles al suelo, arma ruido en las terrazas con evidente desprecio a los vecinos, trapichea para no pagar impuestos, es insolidario, aprovechado, servil con los adinerados y arrogante con el servicio. Es “canalla” vestido de Barbour y no va las misas por compartir los ideales cristianos, ni a los toros por el arte descrito en el Cossío, sino porque eso fastidia a sus vecinos, a los que se les priva de la condición de madrileños por no hacer el borrego estruendosamente con una caña de Mahou en la mano.

Esto no solo pasa a nivel de Comunidad. También pasa a nivel del Ayuntamiento, donde el nefasto Martínez-Almeida Navascués nos quiere hacer creer que vivir en Madrid ha de ser sudor, esfuerzo, incomodidad, polución, una jungla sucia y llena de obras absurdas en las que los más fuertes se mueven como peces en el agua a bordo de sus SUV de combustión.

Plantearse que tal vez vivir en la ciudad no ha de ser un infierno, que los servicios públicos han de hacer mejor la vida a la ciudadanía, que acudir al hospital La Paz no ha de parecerse a una escena bélica, sino acudir a una sanidad fiable, pública y universal, les rechina demasiado.

Madrid, para ellos, ha de ser una combinación de escenarios dignos de aparecer en Instagram con eventos idiotas en los que se cobre entrada, como la feria de la hamburguesa, la feria de las tartas de queso (cheesecake, dirán para que suene más cool), meninas clónicas de fibra de vidrio pintadas con motivos vulgares y, en el colmo de los colmos de la idiotez, hasta la propia feria de Abril de Madrid, llamada “Madridlucía” que, gracias a los hados, ha tenido que ser cancelada porque la capacidad de gestión de los “populares” madrileños es inversamente proporcional a su gusto por las horteradas. Pero nos queda la Fórmula 1, uno de los deportes más corruptos que existen, cuyos campeonatos en España siempre han sido ruinosos para lo público, molestos para la población en general y muy rentables para unos pocos, empezando por la FIA. A los madrileños se les ha prometido que la F1 no les costará un duro, pero a quien seguro que no les va a costar nada va a ser a los prebostes de la FIA, que se llevarán unos cuantos millones que, directa o indirectamente, saldrán de las arcas públicas.

Nada de eso es ser madrileño y, sinceramente, como elemento constructor de una identidad regional, produce más vergüenza que orgullo. Además, la vergüenza de tener a Ayuso como máxima representante de la región solo está sirviendo para que el resto de España perciba a la gente de Madrid como unos arrogantes catetos, que se pasean por el resto de España exigiendo que les atiendan primero en todas partes.

Además de votar, además de protestar contra la incompetencia del PP madrileño, hay que plantearse también la reivindicación de que uno es madrileño como le da gana. Y enfrentar ese falso sentido de la libertad y de la identidad basados en venerar a marcas de cerveza, con las maneras de vivir y convivir en las que uno busque lo mejor de sí mismo y de los demás. Y la reivindicación de que la región, la autonomía, el ayuntamiento, están para servir a los ciudadanos y no al revés.

Feliz 2 de mayo.

Línea de tres

Julio Embid

Los aficionados al baloncesto estamos de enhorabuena. La WNBA vive un momento de crecimiento sin precedentes tras la firma de su nuevo convenio colectivo, que ha disparado salarios e ingresos televisivos. Durante años se repitió aquellos comentarios cuñados de “que las mujeres ganen lo que generen”. Pues bien: ahora generan, y mucho. Los pabellones se llenan y las televisiones compiten por emitir sus partidos.

En España, con la cuota básica de Amazon Prime ya se pueden ver partidos de la WNBA. El nuevo acuerdo televisivo, que ronda los 200 millones de dólares por temporada, ha cambiado las reglas del juego. Y es que como dijo una de las jugadoras más mediáticas, la alero de Indiana Fever Caitlin Clark: “No tiene ningún tipo sentido que gane 70.000 dólares de nómina de mi equipo y 15 millones en patrocinadores de publicidad”, anunciando todo tipo de cosas, desde bebidas, cereales, zapatillas o cromos de Panini.

El año pasado las jugadoras, hartas de que los clubes les tomasen el pelo (ingresan 200 millones sólo de la tele e insisto, los campos están llenos) y que les pagasen 1,5 millones de límite salarial para toda la plantilla de 12+2 jugadoras por equipo, amenazaron con ir a la huelga. Los clubes se asustaron y tras una eterna negociación entre abogados se cambió el convenio colectivo. El límite salarial subió a 7 millones por equipo, con un máximo de 1,2 para una sola jugadora, que para repartir entre 12 jugadoras, ya ofrece salarios de en torno al medio millón de dólares por temporada de media. Este beneficio resulta matador para las ligas europeas donde van a ver como las mejores jugadoras se van a ir a Estados Unidos a jugar para cobrar diez veces más.

En España, el baloncesto femenino está en auge gracias a la televisión. Que Teledeporte y las televisiones autonómicas emitan los partidos, con buenos índices de audiencia, ayuda y mucho. Sin embargo se siguen viendo algunos casos de campos desangelados donde no hay ni mil personas. No es el caso de mi ciudad, Zaragoza, donde de media en el Pabellón Príncipe Felipe, asisten casi 6.000 personas a ver los partidos. En el caso de la Final Six de la Euroliga Femenina se superaron los 10.800 espectadores todos los días. Sin embargo, tengo serias dudas, de si este fenómeno (el auge del baloncesto) sólo se produce por los malos resultados del equipo de fútbol local.

Lo que está claro es que, en un mundo donde la NBA y el baloncesto masculino han ido evolucionando a otro tipo de juego, más centrado en el tiro exterior y en posesiones cortas, el baloncesto femenino le puede competir de igual a igual en todos los aspectos técnicos. Hay muchas jugadoras profesionales con porcentajes de tiro de 3 o de tiro libre superiores a sus equivalentes masculinos. La alero japonesa del Casademont Zaragoza, Stephanie Mawuli, tiene un porcentaje de acierto en tiro de 3 del 45,9% y la base sueca del Spar Girona, Klara Holm, tiene un porcentaje de acierto en tiros libres del 86,9%. No sé si son conscientes de la barbaridad que es eso.

Estoy seguro que, además, el baloncesto femenino tiene un público muy transversal. Entre los 6.000 y pico que vamos a ver todos los partidos al Príncipe Felipe, hay personas de izquierdas, personas de derechas, de centro y medio pensionistas. No creo que exista un boicot antiwoke trumpista en un deporte que simplemente es divertido de ver. Sin embargo y aquí va mi queja final, en la vida, en el deporte y en el trabajo, si quieres que te tomen en serio, hay que ser serios. El desbarajuste del calendario va a trastocar la competición. Las ligas europeas siguen todas el modelo del curso escolar: se empieza en septiembre y se acaba a mediados de junio. La WNBA, por el contrario, empieza el 1 de mayo y acaba en octubre (menos este año que por el mundial, acabará en noviembre) y las buenas jugadoras quieren jugar en ambas. ¿Cómo se compatibiliza esto? Pues vemos como las buenas jugadoras poco profesionales abandonan sus equipos en Europa un mes antes de acabar, en abril, para presentarse en EEUU lo antes posible para la pre-temporada (donde compiten 20 pre-seleccionadas para formar una plantilla definitiva de 12). Y esto hace que la competición se adultere.

¿Cómo se resolvería esto? Fácil, si la WNBA empieza el 1 de mayo, las ligas europeas y todas sus competiciones continentales tienen que acabar antes del 20 de abril. No hay más misterio. Hasta entonces, les invito a hacer una cosa sencilla: ver menos fútbol y más baloncesto. A ser posible, en directo. Porque, como decía el gran Andrés Montes, la vida puede ser maravillosa.